
Por Nyliam Vázquez García
Aquella voz atravesó la sala a media luz y solo entonces supe que era cierto.
“Ya ves, a veces me canso de ser hombre y también
me agota escuchar que todo va bien,
y ver tristes hombres mirando al sur,
y no existir si no me miras tú.”
Esa fue la primera canción de Ismael Serrano en La Habana. Aquellas lámparas, un piano estrellado y un pianista simpático, un hombre y sus dos guitarras, eso era todo, y no hacía falta más. Fueron más de tres horas de esa música entrañable, poesía urgente para sacar las fuerzas,para abrir puertas y ventanas y creer en la propuesta del bardo español: “Hay que luchar por los sueños por más imposibles que parezcan…”
En ese tiempo yo no era yo, sino una mujer y sus historias, rodeada, pero en verdad solo acompañada por unos pocos. ¿Cuántas veces esa música salvo mis días? Cuántas veces éramos Ismael y yo tratando de arreglar el mundo, construyendo castillos, soñando futuros sin que él pudiera imaginarlo?
Estaba allí. Lo logré y fue el pequeño gran triunfo de otro día de lluvia en La Habana. Toda estremecida, con tantos recuerdos, con tantas ganas de llenarme de cada molécula de ese tiempo y una necesidad obsesiva por compartirlo, apenas pude estar quieta. Ismael cantó, dialogó, nos hizo reír con sus relatos, nos invitó a escribir los propios, a detenernos en la épica de lo cotidiano, a llenarnos de esperanzas en tiempos de crisis…
Ismael dejó de ser la voz acompañante de algunos pasajes de mi mundo, la voz de ciertos días, para convertirse en un hombre de carne y huesos, y sueños e incertidumbres, y dudas y ganas de hacer canciones. Ya no será más la foto de la portada de un disco descargado de Internet, ni su perfil de facebook, ni el rostro de su página oficial. El trovador se parece me más a él del modo íntimo en que irrumpió en ese teatro a media luz y declaró la primavera en el auditorio.
Como mi amigo Kaloian, en aquel primer concierto en Buenos Aires, tampoco podía creerlo. Salí plena, feliz, arropada, con el brillo de los grandes acontecimientos, con ganas de ti.
Vine del norte fue la última canción. El recuerdo de Amanda planeó por las certezas y, aunque no cantó Pequeña Criatura, mi canción favorita, no hizo falta.
“Hasta siempre Habana”, dijo con el último acorde y se fue. Sobre el escenario quedaron impasibles las lámparas, el piano estrellado sin pianista, las dos guitarras, el estrépito de la ovación.
Aquella voz atravesó la sala a media luz, se hizo eco en la memoria de la noche habanera, y tú estabas allí.
(Tomado del blog Ojos a la N)