- Cubadebate - http://www.cubadebate.cu -

Bajo la Lupa: Un partido mancillado

Este año, el Huelga podría ser la sede.

Este año, el Huelga podría ser la sede.

“El cinco veces integrante del Juego de Estrellas Andruw Jones”... Así comienzan en los recientes años la mayoría de las noticias acerca del ex jardinero natural de Curazao, que bateó 434 jonrones e impulsó 1 289 carreras en Grandes Ligas.

Al lado de sus 11 guantes de oro y con idénticas letras, Omar Vizquel, considerado por muchos el mejor campocorto defensivo en los Estados Unidos, tiene registrado en su expediente las tres veces que fue elegido al clásico de mitad de temporada.

Por azares del calendario interligas en el Big Show, los Bravos de Atlanta no habían jugado en el Kauffman Stadium, de Kansas City, por lo que los fanáticos al béisbol allí nunca habían visto jugar a Chipper Jones. Pero en 2012, durante su último Juego de Estrellas, se produjo la presentación allí del emblemático tercera base, que además de conectar un hit para el equipo de la Liga Nacional, recibió una sonora ovación de reconocimiento a su carrera.

Ichiro Suzuki, que no pudo llegar nunca a la Serie Mundial con los Marineros de Seattle y a punto está de terminar su carrera, quedó en la historia como el jardinero Novato del Año y MVP (siglas en inglés de Jugador Más Valioso) en 2000. Pero, entre sus muchas hazañas —incluyendo sus títulos en los dos primeros Clásicos Mundiales—, destaca que fue elegido el MVP del Juego de las Estrellas de 2007.

Llueven los ejemplos, las anécdotas acerca del Juego de Estrellas en las Grandes Ligas, que año tras años suscita expectativas, provoca polémicas y origina más y más historias, a pesar de que se dividen las opiniones respecto a si debe ser un desafío competitivo, el premio al rendimiento en la primera parte de la temporada o apenas una exhibición, un show de jugadores excepcionales.

Así ocurre, con la misma atención mediática, en las ligas de béisbol más importantes del mundo. Esto, además de que hay otras confrontaciones parecidas. Son los casos del Juego de Estrellas que enfrenta a los mejores jugadores de las ligas de Venezuela y República Dominicana, y de Puerto Rico contra los quisqueyanos, a partir de 2003; y las series estrellas que los grandesligas han disputado contra sus pares de la Liga Profesional de Japón.

Es, en cualquier liga que se organiza, el partido de la afición porque el fanático tiene posibilidad de escoger las novenas y determinar a qué peloteros ver, a despecho del cariz notorio de las preferencias y, por tanto, la posibilidad de cometer una injusticia que ello implica.

Es así en cualquier liga del mundo, menos en la Serie Nacional, el principal torneo de Cuba, líder del ranking mundial de la IBAF y dueño de una historia y palmarés en torneos y ligas internacionales, aún sin parangón.

¿Y QUÉ SUCEDE EN CUBA?

Como la estructura misma del torneo doméstico, el Juego de Estrellas ha tenido un devenir veleidoso, desordenado y hasta antojadizo o caprichoso. Igual que se ha disputado porque sí, han desaparecido porque no, sin que medien u oficien criterios deportivos —o de otra naturaleza— coherentes.

Cuatro apuntes lo ejemplifican con claridad.

Uno: en la LI Serie Nacional, ¡al cabo de 51 campeonatos!, apenas se disputó el XXV Juego de las Estrellas.

Dos: alguien de la Dirección Nacional de Béisbol —su nombre es mejor no saberlo—, tuvo la feliz idea de celebrarlo al final de la temporada 2009-2010 y, por supuesto, finalmente no se efectuó.

Tres: el sitio de la pelota cubana, beisbolcubano.cu, no tiene referencia estadística de los juegos de las estrellas (y sí, por ejemplo, los números de esa insípida lid denominada Súper Liga, que contó con apenas cuatro ediciones).

Cuatro: en la década del 70 no hubo un solo Juego de Estrellas.

Podemos seguir nombrando argumentos que dicen, sin dobleces, que el Juego de las Estrellas, el partido de la afición cubana, ha sido, lo menos, subvalorado.

Y es lo que haré a continuación, con apenas una comparación.

Ya se conoce la sede y fecha de los Juegos de Estrellas de Grandes Ligas en 2013 (Citi Field, New York Mets), 2014 (Target Field, Minnesota Twins) y 2015 (Great American Ball Park, Rojos de Cincinnati).

Por el contrario, los cubanos tenemos apenas una fecha tentativa (una semana después del regreso de Cuba del III Clásico Mundial de Béisbol) y desconocemos la sede, que al parecer será uno entre los estadios José Antonio Huelga, de Sancti Spíritus, y el Cristóbal Labra, de Isla de la Juventud.

Eso dijo, o dejó entrever Higinio Vélez, comisionado nacional, en una comparecencia ante la televisión cubana.

Y si bien, en cualquier análisis, debemos apuntar los vaivenes económicos del país que han impedido la realización de algunos Juegos de Estrellas; si bien ahora mismo el tema no compite con las expectaciones en rededor del III Clásico Mundial; si bien pueden esgrimirse cuantos argumentos se consideren, es lícito tratar el asunto porque es evidente que el Juego de Estrellas no es prioridad, no ha sido prioridad en la gestión de las administraciones del béisbol.

¿Acaso porque no se aprecia la importancia del Juego de las Estrellas?

Además de espectáculo, algo a lo que nunca debe renunciar la pelota, además de pasarela, sí, ¿por qué no?, para noveles y consagrados, el Juego de Estrellas está en la perspectiva del jugador de los equipos con dinámica perdedora, porque ahí tiene una oportunidad de reconocimiento popular a su esfuerzo, talento y rendimiento individual; una oportunidad de saber su ascendencia en el juego y en la apreciación de los aficionados.

Para el aficionado, es la ocasión de ver en unas tres horas, a los mejores entre los mejores, enfrentados entre sí de manera frontal, a la luz pública. Y es, puede ser para el niño, una vez aviste las mejores maneras de jugar el béisbol y a los más calificados peloteros, una ilusión, el comienzo de un sueño.

¿Son estas razones para justipreciar el Juego de las Estrellas? Sí, claro que sí.

Atribuirle la importancia, empero, pasa por, cuando se resuma la carrera de un atleta en Cuba, incluir en su palmarés su participación en esos juegos, con lo cual se ilustraría, mejor, su dimensión.

¿No dice más de la grandeza de Omar Linares sus nominaciones y elecciones al Juego de Estrellas? Las crónicas acerca de su desempeño, el número de eventos internacionales en los que participó y los números que acumuló, hablan por sí solos. Pero su expediente será más brillante si aparece el número de veces que fue elegido —por el público o por el director de turno— al Juego de Estrellas. Ese reconocimiento, incluso, muchas veces los jugadores lo estiman más que un liderazgo defensivo.

URGE ESTABILIZAR Y MEJORAR EL JUEGO DE ESTRELLAS

Pasa, digo, por lustrarlo, esto es estabilizar y perfeccionar el método de selección, establecer de una vez y por siempre un método más justo, democrático y popular para seleccionar los jugadores.

Pasa por determinar la sede y fecha con antelación (puede ser en el estadio del campeón anterior o en geografías alternas, una vez en occidente, otra en oriente). Pasa por, y creo que es pertinente, estimular al equipo ganador con un evento internacional, si fuera posible, y así evitar que se convierta, en el peor de los casos, en una simulación.

Pasa por publicar los registros de aspirantes en todos los medios nacionales, impresos y digitales, también en los periódicos provinciales y en publicaciones destinadas a grupos sociales importantes al estilo de Bohemia, Somos Jóvenes, Alma Máter, Muchacha o La Calle.

Pasa porque los directores y peloteros, tanto como el público, tengan opción (una, dos, no sé) de voto, como aficionados que son, como conocedores del deporte que son, como actores protagónicos de la pelota doméstica que son. ¿Quiénes mejores que los DTs y los jugadores pueden valorar la ascendencia en el juego de sus iguales?

Pasa por disputar el Juego de las Estrellas (con sus pruebas de habilidades y partido entre veteranos) justo a mitad de la temporada, por diseñar un logotipo para identificarlo y promocionarlo. Pasa por premiar al Jugador Más Valioso, en el estadio, justo al término del desafío.

Pasa por uniformar a los equipos con casacas identificadas en el dorso y, en el pecho, grabados las nombres Estrellas Occidentales y Estrellas Orientales, que ayudarían al espectáculo con la uniformidad y serían una especie de premio para los participantes.

Pasa por hacer una selección pública de los árbitros, sustentada con criterios técnicos y también en la popularidad (algunos prefieren ver en home plate a Omar Lucero que a Luis César Valdés), lo cual sería un reconocimiento a su labor en el torneo.

Es necesario, urge establecerlo a la par que pulirlo. Así se respeta su casta e importancia. Así se evitan improvisaciones. Es necesario, urge, porque el fanático cubano quiere su partido, y el béisbol, aquí, es patrimonio nacional.