Para los que vimos jugar a Rey Vicente Anglada, es más famoso el doble play que facturó con un fly al cuadro o el doblete que se apuntó luego de un toque de bola, que sus 197 bases robadas en diez Series Nacionales. La estatura de Luis Giraldo Casanova o Ermidelio Urrutia se mide siempre por sus potencialidades ofensivas, y nunca porque la velocidad de sus piernas les ayudó a estafar 120 y 180 bases en sus respectivas carreras.
Quienes, pasados los años, recordaron la Serie Mundial de 1926, se deshicieron en elogios para Grover Cleveland Alexander, ganador de 373 juegos durante 20 temporadas en Grandes Ligas. Todos hablan del lanzador de los Cardenales de San Luis que enfrentó y venció tres veces a los Yankees de Nueva York de Babe Ruth y Lou Gehrig, dos veces con aperturas de nueve entradas y la tercera con un relevo de dos y un tercio, sumido en la resaca después de una monumental borrachera el día anterior. Lo que no recuerda casi nadie es que Ruth, con dos outs en el final del noveno, recibió boleto y luego fue capturado en intento de robo de segunda, para finiquitar aquel Clásico de Otoño.
Mostrar destreza para avanzar una base con impunidad y colocar a su equipo en condición de hacer una carrera, es una de las prácticas más eficaces y desequilibrantes del juego. Y, sin embargo, el arte de estafar bases casi no pesa en las muchas anécdotas célebres, ni aparece con cifras doradas en las credenciales de muchas individualidades importantes.
Robar bases no solo exige velocidad y suerte, sino también capacidad para discriminar lanzamientos y negociar boletos, y mecánica ofensiva por encima de la media para acreditarse imparables. Además, capacidad de estudio de los contrarios, sobre todo de los jugadores del cuadro interior; entendimiento de las características e importancias de los juegos y turnos ofensivos del equipo; y confianza para intentarlo en las situaciones más adversas.
Hay, incluso en tiempos de crisis ofensiva, incomprensión del alcance real de una base robada. En primer término, creo yo, porque existe una especie de culto a la fortaleza física puesta en servicio de batear. No se advierte el valor destructivo de las bases robadas, ni la calidad deportiva de un hombre que antes de intentar robar, logró el importantísimo objetivo de embasarse.
Un ejemplo bien claro de la importancia del robo de bases acaeció en reciente duelo Matanzas-Pinar del Río dirimido en el estadio Capitán San Luis...
La única victoria de los Cocodrilos de Víctor Mesa se concretó con marcador de 1x0 y la carrera, anotada en la misma primera entrada del primer desafío, fue obra de la velocidad de Guillermo Heredia, que tras conectar un sencillo, se robó segunda y anotó por imparable del cuarto madero. Así, el magnífico duelo de pitcheo entre Vladimir Baños y Joel Suárez se resolvió con el (lamentablemente subestimado) recurso del robo de bases.
Sin embargo, llama la atención que el equipo dirigido por Víctor, con jugadores rápidos en casi cada uno de sus turnos ofensivos, no tenga al menos un intento de robo por encuentro. Pero es una tendencia generalizada: fíjese que en 169 juegos de pelota, pese a que apenas se promedia .262 de manera colectiva, solo se han intentado 282 robos (144 bases robadas-138 cogidos robando).
Y, de la XLVI a la L temporada, según estadísticas del compilador y estudioso Yirsandy A. Rodríguez, la tendencia es la misma.
SN BR CR TIR BR% BR/J EMB BR/EMB TIR/EMB
46 653 577 1 230 53% 0,91 19 769 30,3 16,1
47 611 554 1 165 52% 0,85 21 234 34,8 18,2
48 579 502 1 081 54% 0,80 21 828 37,7 20,2
49 546 547 1 093 50% 0,76 20 995 38,5 19,2
50 578 524 1 102 52% 0,80 21 147 36,5 19,1
BR: Bases robadas/CR: Cogidos robando/TIR: Intentos de robo/BR %: Por ciento de bases robadas/BR/J: Bases robadas por juego/EMB: Corredores embasados/BR/EMB: Bases robadas por corredores embasados/TIR/EMB: Intentos de robo por corredores embasados
Es esta, a no dudarlo, otra falencia de la pelota cubana, la cual ha incidido en los resultados recientes de los team Cuba, que no se han destacado por robar muchas bases, pero tampoco por conectar jonrones con frecuencia.
Para establecer una analogía, revisé la ofensiva de Grandes Ligas en las temporadas de 2008 a 2012, primero que todo porque ese béisbol es considerado el más ofensivo de cuantos se juegan en el planeta Tierra. Y vean ustedes, en la última campaña, compiladas las dos Ligas, cada equipo, como promedio, intentó 146 robos. (En 2011 fueron 151, 137 en 2010 y 2009, y 128 en 2008).
Igual que aquí, allá el robo de base es una especie en peligro de extinción. Solo que a nuestro béisbol, donde los sluggers no abundan, le hace más daño.
El robo resulta en extremo difícil, tan es así que en Series Nacionales solo tres veces se han logrado más de 50 estafas: Juan Díaz Olmos, 52 en 1968; y Enrique Díaz, 55 en 1993 y 53 en 1994.
Es más: en Grandes Ligas, solo 13 jugadores acumularon en sus carreras más de 600 bases y más de 2000 hits, y ninguno está activo (por cierto, entre ellos aparece el cubano Bert Campaneris: 2 249 hit/649 bases robadas).
A mi modo de ver, donde quiera que se juega béisbol la afición gusta de la velocidad pero delira con los jonrones, lo cual ha llevado a los dueños en el béisbol profesional -y a los técnicos en otros niveles- a preferir y potenciar las muñecas poderosas sobre las piernas veloces.
Aquí, y no es de ahora, hay una tendencia a robar bases en el inicio de las carreras deportivas, para demostrar que se cuenta con las armas para llegar a la selección nacional. Pero una vez en el equipo Cuba, los jugadores dejan de robar bases por temor a lesiones y, de este modo, perderse el calendario internacional.
Poco jugadores, una vez que llegan al estrellato (Víctor Mesa fue una de las excepciones), continúan explotando sus cualidades como robadores. Y para muestra, ahí está el caso de Yulieski Gourriel, que con potencial para estafar más de 20 almohadillas en 90 juegos de pelota, en la Serie 51 solo se robó 14 bases (pongo al espirituano como ejemplo porque lo considero el mejor pelotero de Cuba, y porque tuvo una efectividad increíble en 18 intentos).
En fin, que al robo de bases no se le concede la importancia que tiene en el béisbol, toda vez que los hits decisivos y los jonrones lapidarios se han robado el corazón de los aficionados, embotado las virtudes de los peloteros y obnubilado la inteligencia de los técnicos.
Lo verdaderamente nocivo es que la escasez de robadores no es justo medidor del calibre de nuestros catchers para capturar hombres entre las almohadillas, pues no es secreto que en la Cuba de hoy abundan los receptores con efectividades de otra galaxia (un tema que alguna vez estará Bajo la Lupa).
Lo verdaderamente nocivo es que no se comprenda lo que puede hacer un eficiente ladrón de bases, ahora que hay muchos duelos cerrados en la Serie 52, y ahora que el team Cuba no fabrica carreras con la facilidad que lo hizo entre 1980 y 1998.
Lo verdaderamente nocivo es que con menos robos de base se vuelve más monótono un juego que, dijo una vez un crítico, no es más que seis minutos de acción en un drama de dos horas y media.
