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Bajo la lupa: Uso y abuso del toque

toque

Los dudosos provechos del toque de bola, para algunos, y sus riquezas tácticas, para otros, han derivado en toda suerte de aspavientos, tormentas y debates en el país, una vez que la selección nacional dejó de ganar como lo hacía antaño.

En la roca sobre el Caribe que es este archipiélago, presentar el bate para apenas colocar la pelota en la grama -en lugar de esgrimirlo con fuerza- no seduce, no llena los sentidos ni de los jugadores ni de los técnicos, y muchos menos de la afición.

Transcurrieron muchos años de bate de aluminio y pelotas vivas; sucedieron muchos juegos de Series Nacionales definidos por los jonrones de Miguel Cuevas y Armando Capiró, Pedro José Rodríguez, Luis Giraldo Casanova o Pedro Medina, Lázaro Junco y Orestes Kindelán, Romelio Martínez, Omar Linares, Ermidelio Urrutia y Gabriel Pierre, Daniel Lazo, Antonio Pacheco, Julio Germán Fernández, Michel Abreu o José Julio Ruiz...; se conquistaron decenas de títulos internacionales a base de bambinazos de Marquetti, Antonio Muñoz, Lourdes Gourriel, Miguel Caldés...

Y con esa estridencia soporífera para el lanzador, gloriosa para el bateador, apasionante para el público, muchos, muchísimo jonrones borraron el toque de bola de la memoria colectiva y, peor, de los diamantes del país y de las prácticas de niños y jóvenes.  

En otro tiempo no fue así. Siempre hubo fuerza en la pelota cubana, pero tocar, como robar base, esconder la pelota o aplicar la jugada de hit and run, identificaron la picardía, el modo de entender y jugar el juego en nuestra geografía.

Aquellos otros tiempos, al parecer, han vuelto a instalarse en el béisbol y el debate de este país, de una fecha a esta parte, aunque -y esta es mi opinión- sin la gracia y el criterio de entonces, cuando era una opción, una estrategia, si se quiere pequeña, sigilosa y hasta comedida, pero importante, vital, apreciada en su total magnitud y, sobre todo, exquisitamente ejecutada.

Porque se ordena demasiado o sin criterio, porque muchas veces la incapacidad de avanzar un corredor o "mover" a un lanzador dominante ha cercenado más de una posibilidad de triunfo allende los mares, y sobre todo porque la mayoría de los peloteros no dominan la técnica para ejecutarlo, el toque de bola se ha colocado, para mal, en el vórtice de la atención, por sobre otros pormenores más trascendentes.

Ha llegado a este punto porque ahora mismo el béisbol cubano está colmado de desvaríos técnicos y estructurales, esos daños colaterales de las derrotas de la selección nacional entre 2008 y 2012, aproximadamente.

Regresó el toque de bola a nuestro béisbol para ejecutarlo ora en un primer capítulo, ora contra un lanzador recién llegado del bullpen, a veces sin outs y con hombres en posición de anotar, para ejecutarlo igual con el segundo que con el quinto bate...

Regresó insípido, desabrido, automático, irreflexivo, estéril. Regresó, pero solo al escenario de juego, no a las prácticas o al arsenal de los jugadores, porque se falla una, dos, trillones de veces. Regresó para lastrar, no para socorrer, no para allanar el camino a más anotaciones.

Regresó para mal, creo yo. Y a juzgar por una tesis de Benigno Daquinta, más que un compilador o estadístico, un estudioso del béisbol, no me falta razón.
En la Serie 51, dicen los numeritos de Daquinta, se realizaron 848 sacrificios en 814 juegos de pelota. Y si, como se sabe, esa es solo la cifra que va a los libros (se considera que los cubanos tocan bien el 50 por ciento de los intentos), y no se registran los fouls, los convertidos en ponches y los que terminan en meros lances para outs, pues puede decirse que en el último calendario regular se intentaron más de 1 650 toques de bolas.

Para colmo, no hubo una relación equilibrada entre la capacidad ofensiva de los equipos y sus sacrificios (no cuentan en estas líneas los intentos para llegar safe a primera). Por ejemplo, Las Tunas, el de mayor promedio ofensivo (.304) se sacrificó en 51 oportunidades, más del doble que las 22 de Industriales (.296), único por debajo de 33 en un campeonato con 4.35 de efectividad colectiva desde el box.

Lo llamativo es que, además de ejecutarlo demasiado y rematadamente mal, no podemos decir que se hace al más clásico estilo asiático porque, sencillamente, en Cuba se toca más, mucho más que en Japón y Sudcorea, las dos potencias de aquel continente, monarcas del Clásico Mundial y los Juegos Olímpicos'08, respectivamente.  

El análisis de referencia no admite réplica. Se compilaron en la Serie 48 hasta 724 toques en 720 juegos de pelota; en la 49, 703 en 716; en la Serie de Oro, 655 en 719; y, como ya referí, 848 en 814 partidos la campaña anterior. La media fue, por tanto, de 1.01, 0.98, 0.91 y 1.04, por ese orden, según la fuente.

¿Cómo se comportó esta situación en Japón y Corea del Sur en 2011? Bien, en 1 064 juegos disputados en el campeonato coreano, se registraron 733 toques de bola, es decir 0.69 por juego. Y en 1 728 partidos dirimidos en el torneo nipón, se anotaron 1 495, a razón de 0.87 por partido. Las estadísticas están signadas, además, por otro dato: se considera que se toca con un acierto del 75 porciento en las ligas profesionales de Japón y Corea. Así, como lo leen.

Hay en el campeonato cubano, como es de esperar, variopintas opiniones acerca del toque de bola, aunque la mayoría no muestra mucha simpatía por una jugada que, en virtud de que no se domina técnicamente, puede frustrar las mejores intenciones.

Para Esteban Lombillo, que ha dirigido equipos juveniles y se coronó en la Serie Nacional 48 con La Habana -uno de los campeones cubanos de menor ofensiva-, el toque de bola es un recurso que se esgrime solo para empatar o ganar, o para lo uno y lo otro, en los finales de los juegos.

En conversación informal dijo a quien escribe que el toque, sobre todo antes del último tercio del juego, puede quitarle confianza a la ofensiva, beneficiar al pitcher en un momento crítico y facilitar el trabajo de la defensa contraria.

Decía el actual DT de Artemisa que el toque -una jugada inofensiva por antonomasia, digo yo- es un recurso que debe ir por detrás de otros más desestabilizadores como el robo de base y el corrido y bateo, no sin reconocer que los cubanos tenían -tienen- muchas dificultades para poner en práctica esas jugadas.

Su equipo, cuajado de jugadores novatos, inexpertos y sin dinamita ofensiva, el que menos bateó (.257) y menos anotó (357) en la pasada temporada, se sacrificó 50 veces. Y no puede decirse que su récord (36-60) obedece a la escasa propensión al sacrificio, porque es sabido el paupérrimo trabajo de un staff de lanzadores que ancló en el antepenúltimo lugar de efectividad (4.95), solo delante de Mayabeque y Metropolitanos.   

Por su parte, Víctor Mesa, actual DT de la selección nacional y devoto del modo de jugar de los japoneses, suele tocar con bastante frecuencia y en cualquier entrada, al parecer guiado por el conocimiento exacto de los momentos clave del partido o por el estado deportivo puntual de los lanzadores y bateadores.

En camino a llevar a Matanzas hasta el tercer puesto en la temporada pasada, con .300 de promedio ofensivo, Víctor ordenó más de 120 toques en los 96 juegos de su novena y 61 fructificaron, la tercera mayor cantidad del campeonato, detrás de Holguín (78) y Mayabeque (73).

Lázaro Vargas, DT debutante con Industriales en la Serie 51, es reacio a tocar. Para el ex tercera base, es un recurso extremo para jugadores de casi nulas posibilidades de hacer daño con otra acción, y ese criterio lo hizo valer en su estreno. Con el cuarto OBP (porciento de embasamiento), los azules de Vargas fueron el equipo que menos tocó, lo cual no le impidió ser el tercero que más impulsó y el cuarto que más anotó.

Miguel Cuevas, uno de los principales jonroneros en el inicio de las Series Nacionales, camagüeyano reconocido como un estudioso de los rivales y de sus propias debilidades, lo comentó una vez: "Debí aprender a tocar y toqué en varios juegos... Era la disciplina y no todo se puede lograr a batazo limpio".

No es que tocar sea una mala práctica, es que al hacerlo con reiteración, se está limitando la capacidad ofensiva de un line up con bateador designado, en un campeonato sin muchas virtudes desde la loma de los martirios.  

Earl Weaver, legendario jugador y manager de los Orioles de Baltimore, miembro del Salón de la Fama de Grandes Ligas, lo ve de esta manera, y así lo cita Daquinta: "Cuando juegas para una carrera, solo eso conseguirás". Weaver recelaba del toque porque pensaba, como yo, que 27 outs son muy pocos para regalar alguno.

Más remiso aún a tocar fue Norm Cash, jugador de los Chicago White Sox, Cleveland Indians y Detroit Tigres, que llegó a vanagloriarse de este modo: "Si promedio 500 turnos al bate por año, significa que por lo menos durante dos años de los 14 que jugué en Grandes Ligas no toqué la pelota para nada".

Hubo en Estados Unidos, sin embargo, mucha simpatía por el toque de bola. Causó furor en los tiempos en que el pintoresco Billy Martin, director de cinco equipos en el béisbol profesional, se hizo famoso por emplear casi hasta la saciedad el doble robo, el hit and run y el toque de bola, con las cuales, según explicó siempre, buscaba desequilibrar las defensas y abrir el camino para anotar muchas carreras.

Mas el juego de Martin no contradice mi posición. Su modo de buscar el sendero a las victorias era peculiar, pero no era ni por asomo el signo de la Liga. De modo que tras cada lectura o conversación con técnicos y atletas acerca del toque de bola, no hago más que reforzar mi criterio: se toca demasiado y mal en nuestra pelota.  

Lo curioso es que, justo cuando menos tocan en Japón, desde la dirección del equipo Cuba llega el aviso de que se debe jugar como los japoneses para tener mejores resultados en eventos internacionales, más puntualmente en el próximo Clásico Mundial.

Cuando Víctor Mesa lo dijo, consideré y escribí que intentaba hacer reflexionar a sus jugadores acerca del enfoque, la disciplina táctica, la rutina de juego de cada pelotero de ese país en el box, la defensa o el cajón de bateo.

Pero ver a Yulexis La Rosa intentar tocar la bola y terminar por regalar un out con un ponche, en el segundo partido del tope ante Japón, me arrebató los argumentos. Tocar la pelota a ultranza, o con un out, como lo hicieron los propios japoneses en ese juego, no es lo que yo defendí.

Japón elevó su nivel porque miró a los grandes del mundo y se adaptó, no porque jugó a ser otro o porque toca la pelota mejor que el resto. La escuadra nipona toca la pelota con la misma disciplina con que realiza un doble play o batea por detrás del corredor. Ni más ni menos. Y lo hace con niveles de excelencia. Pero Japón no es mejor que antes por eso, sino porque ahora tiene más poder, jardineros con mayor potencia en el brazo y, sobre todo, porque ha hecho de la defensa y el pitcheo, un arte.

(En el I Clásico Mundial, este fue el equipo con más extrabases y jonrones, el de mayor average y más bases robadas, una combinación ofensiva mortífera. Y así apoyaron a un pitcheo que solo regaló 11 bases por bolas y recetó 62 ponches en 68 entradas. Bateó, corrió y lanzó, tan sencillo como eso).

Daniel de Malas, otro estudioso del béisbol cubano, recuerda en uno de sus estudios el partido semifinal de los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, al reseñar la importancia del toque de bola.

Los norteamericanos, comenta, tocaron bola con el partido 5x0 a su favor en el tercer inning y la jugada tuvo muchas críticas. No se tuvo en cuenta, agrego yo, que la intención era sacar de juego al equipo Cuba, porque se sospechaba que su ofensiva podía borrar esa diferencia.

En esa entrada, prosigue Daniel, los cubanos vieron cómo sus rivales pisaban par de veces el plato gracias en gran parte al toque de bola, en un juego con marcador final de 12x10 favorable a Estados Unidos. Y nos dice, de otro modo, lo que ya hemos escuchado: que el "béisbol es el único lugar del mundo en el que el sacrificio es realmente apreciado".

En fin, otra baza a favor de mi observación: en juegos de vida o muerte, en situaciones exactas, con criterio, para empatar o ganar, se puede y debe usar el toque de bola. Pero debe hacerse con mucha, muchísima información a mano (habilidad del bateador, repertorio, movimientos y control del lanzador, situación del juego, porcientos de impulsadas del bateador en turno, velocidades del bateador y el jugador o los jugadores en base, estado del césped y la arcilla del estadio, cualidades defensivas de los contrarios...).   

Pero aquí, en nuestra pelota, hace ya mucho que se usa sin tener en cuenta casi ninguno de esos criterios. Se usa... y también se abusa.