
Vos (a la izquierda), embalada camino de la gloria.
En un día típicamente londinense -cielo plomizo y lluvia pertinaz-, Marianne Vos asiste a un punto sublime de su carrera. No digo el más sublime porque la ciclista holandesa ya se había colgado en Beijing 2008, con apenas 21 años, un oro en la carrera por puntos. Cuatros años después, coronó la ruta con un sprint intachable y un pedaleo de alcurnia, casi endemoniado.La historia, sin embargo, comienza antes. Hay, al principio, algún que otro intento de fuga; luego, varias caídas; pero en conjunto la carrera transcurre por cauces tan apacibles como el Támesis. Más tarde se escapan tres corredoras -al igual que ayer entre los hombres- y esas tres corredoras resultan a la larga inalcanzables.
El pelotón -en el cual flotó hasta reventar la cubana Yumari González, afectada tal vez por el clima otoñal de Inglaterra- parece resignarse, y si en algún momento intenta dar caza a la estela huidiza de las escapadas, su esfuerzo resulta imperceptible y no recibe la menor recompensa.
En tres horas, 35 minutos y 29 segundos se detienen los relojes. La plata es para la británica Elizabeth Armitstead -quien al igual que Vos proviene del velódromo- y el bronce para la rusa Olga Zabelinskaya. Tres mujeres que fraternizan como compañeras inseparables durante decenas de kilómetros, y que luego, con la tranquilidad del mundo en los doscientos metros finales, se comportan como en lo que en definitiva son: enemigas acérrimas. Bella imagen esa la del ciclismo, con leyes éticas muy particulares.
Entonces, 140 kilómetros se hacen suficientes para que Marianne Vos alce los brazos, cruce bajo la lluvia la línea de meta, y el Palacio de Buckingham se rinda ante sus pies, pues la chica menuda de los Países Bajos ya es una auténtica duquesa de las bielas y el pedal.