Fotos: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez
"Hablamos cantando y qué."
"Prohibido pescar sin tomar."
Graffiti callejeros de Santiago de Cuba

Santiago de Cuba de noche. Foto: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez.
Acabo de volver de Santiago de Cuba, la ciudad rebelde, la sacudida por un sol implacable incluso en estos días de febrero, la altiva, la que no olvida su condición de capital primigenia y que lo refleja en un sordo despecho por todo lo que venga de La Habana.
Hacía cerca de cinco años que no visitaba Santiago, y los recuerdos de aquella madrugada en que caminé junto a algunos amigos por las calles santiagueras se enredaban en la distancia. En esta ocasión permanecí más de cuatro días, disfrutando de sus calles irregulares y empinadas, perfecto complemento urbano de las montañas que la rodean.
Encasillar Santiago de Cuba es tarea imposible, pero la palabra contraste es lo más cercano a una definición que pudiera hacerse de ella. Contraste entre la actitud indiferente de un transeúnte y la amabilidad inesperada del que le sigue a un par de pasos, contraste entre la majestuosidad de la tumba de Tomás Estrada Palma y los nichos humildísmos de Guillermón Moncada y Flor Crombet, contraste entre el trato humillante de los trabajadores de una pizzería estatal y la generosidad (¡tomen nota colegas habaneros!) de una trabajadora por cuenta propia, contraste entre los precios exorbitantes de cierto camionero y la sencilla esplendidez de un humilde carretonero; contrastes que me exasperan y seducen, inaprensible encanto de esta ciudad ambigua.
Cada mañana salíamos a recorrer los lugares importantes, los turísticos, los obligados, los imposible perderse si vas a Santiago. Pero fueron los humildes y casuales andares en pequeño grupo, esos que irremisiblemente morían en el delicioso parque Céspedes, los que convirtieron este viaje en una verdadera fiesta.
Uno de estos paseos nos llevó hasta Cayo Granma -espoleados por las imágenes del documental "Breton es un bebé" de Arturo Soto- para conocer de primera mano esta pequeña porción de tierra medio irreal en plena bahía santiaguera. Mezcla de vergüenza y desencanto, descubrimos que no había ningún entierro y decidimos explorar el pequeño pueblo de pescadores, tan parecido a otros, con esa arquitectura propia de las sencillas casas de mar.
Subyugados por el calmo espíritu del lugar, Cayo Granma se nos reveló como un hermoso y pequeño poblado con una calle principal empedrada que lo rodea, de la que parten como rayos concéntricos numerosas escaleras que sirven de calles secundarias. Subiendo los escalones de la empinada cuesta que es el cayo se desperdigan las casas, apuntando hacia la cima en la que se enseñorea la iglesia del pueblo, cerrada siempre hasta la próxima misa. Allí, desde lo alto, se divisa todo el pequeño caserío, su gente, sus casas de madera, sus botes, sus rústicos embarcaderos, su vida.
Mientras esperábamos el ferry que nos regresaría a tierra firme, observamos unos niños jugar al futbol. Alegres vocingleros, trocaron el uniforme escolar en casaca deportiva y entre un par de botes que recibían mantenimiento armaron su cancha. Todos pequeñitos, todos muy humildes, todos muy felices. Mucha razón tiene un amigo cuando dice que una casa y un bote en Cayo Granma debieran ser suficientes.
Las noches: del parque Céspedes hacia Santiago
Nuestros paseos nocturnos terminaban invariablemente en el parque Céspedes, donde armados de una guitarra, rones pendencieros y veneración por los padres de la trova arrancábamos canciones de toda laya hasta pasada la medianoche. La primera vez que fui a Santiago de Cuba, me negaron el paso a la Casa de la Trova por no tener los 5 CUC que costaba la entrada. En esta ocasión ni siquiera lo intenté, sin embargo en estas noches del parque Céspedes me sentí en perfecta comunión con Pepe Sánchez, con Sindo Garay, con Miguel Matamoros, con el alma de la trova muerta de hambre y de corazón infinito que jamás hubiera podido contar con 5 CUC para franquear la entrada de un establecimiento dizque trovero.
En uno de esos repetidos vagares fuimos tocados por el sortilegio que flota sobre toda ciudad que se precie de tal, y guiados por una estudiante y un poco de buen azar nos sumergimos en la noche santiaguera, como en uno de esos cuentos que la astuta Scheherezada contaba hace siglos, en los que un portento sucede a otro sin apenas transición.
Gretchen, que ese era el nombre de nuestra cicerone, nos llevó del parque Céspedes más allá de las calles Garzón y Enramada - por razones estratégicas eran nuestras vías habituales-, y así rodamos por un montón de calles largas, cortas, anchas, estrechas, comunes, históricas; memorable paseo que nos llevó de la sabrosa Casa de las Tradiciones a las escaleras de Padre Pico, hermoso mirador natural de la ciudad.
Desandábamos una calle cualquiera cuando, al pasar frente a la maqueta local, alguien tocó los cristales repetidas veces desde el interior para atraer nuestra atención. Nos acercamos y entablamos con un custodio -esos protagonistas de más de una leyenda urbana- una conversación que versó sobre deseos de ver la ciudad toda, sanciones laborales y ambientes etílicos. Gracias al oportuno cambio de dueño de nuestra "caneca" de ron Arecha, aquella plática terminó con nosotros disfrutando surrealistamente de una visita a la maqueta de Santiago de Cuba cercanas las diez de la noche.
Ya comienzan a pasar los días, y la otra magia cotidiana de La Habana comienza a absorbernos. Nos fuimos de Santiago, con un montón de alegrías y alguna que otra pequeña tristeza, perdurables momentos que, tal como me enseñara Fina García Marruz, se (con)funden en mi memoria como sucede con las cosas realmente inolvidables.

Las montañas que rodean Santiago. Foto: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez.

Bahía de Santiago de Cuba. Foto: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez.

Santiago. Foto: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez.

Escaleras de Padre Pico. Foto: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez.

Santiago de Cuba de noche. Foto: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez.

Callejuela nocturna santiaguera. Foto: Luis Antonio (Tony) Gómez Pérez.