Copa del Rey, partido de Fútbol entre Barça y Real Madrid, 25 de enero, en Camp Nou, Barcelona: 2-2
El miércoles en la noche, en el campo del equipo de fútbol más brillante de este mundo, Joseíto Fernández puso a más de noventa mil gargantas en función de su Guantanamera. Este cronista estaba allí, y no pudo evitar una expresión de ingenuo asombro. Por fortuna, las moscas no hacen vida en el Camp Nou.
Sucedió que, repletas hasta la bandera, las tribunas la emprendieron con el técnico del Real Madrid, un portugués que se ha ganado la animadversión de tirios y troyanos a fuerza de solemnes lecciones de arrogancia. El partido marchaba favorable a los blaugranas, pero el Míster rival -enemigo público números uno y dos en Cataluña- seguía escondido en su caseta. Entonces la multitud entonó un coro formidable que parodió el tema inmortal de Joseíto:
"Sal del banquillo,
Mourinho sal del banquillo,
sal del banquiiillo,
Mourinho sal del banquiiillo".
Fue a la altura del último verso cuando pude sumarme a la mofa colectiva. Antes de eso, reitero, la sorpresa me tuvo anonadado (o 'sentado en el agua', para decirlo a la manera de Behmaras). "Sal del banquiiillo", canté finalmente, y miré a mi entusiasta vecino de butaca. "¿De dónde salió eso?". "Pues hombre, eso es un himno anti-Mourinho, y sale de una canción cubana. ¿No conoces La Guantanamera?". "Más o menos", atiné a responder, intentando contener la carcajada.
De más está afirmar que en adelante me sentí más a gusto -si es que era posible sentirse más a gusto- en el Camp Nou, ese trozo de hierba legendario que dio fama y abrigo al flaco Cruyff, y a Romario, y a Stoitchkov, al gran Zubizarreta y al irreverente Ronaldinho. Y eso que, por primera vez en largo tiempo, los culés acabaron pidiendo la hora ante el Madrid.
Juro que yo lo presentía. Como quiera que habían cedido en el choque de ida, los merengues estaban forzados a quemar las naves: luego, en esta ocasión Mourinho no podría apelar a ese miedo inconfesado pero evidente que padece cada vez que ve enfrente el letrerito de la Qatar Foundation (antes sufría lo mismo cuando leía UNICEF).
De veras, el sentido común me susurraba que anoche comparecería en el terreno el Real, y no el Falso Madrid ideado por un técnico medroso. Y el Real -que lo fue, como antaño- remontó heroicamente una pizarra adversa ante la silbatina de una fanaticada adversa, y tiró de un orgullo colérico que parecía perdido en Valdebebas.
Sí, he de admitirlo: este miércoles, el Mou Team fue superior a los maravillosos Pep Show Boys. Los Cristiano, Özil y compañía, por fin, levantaron la voz ante un Barcelona que no pudo ejercer su hegemonía en la medular, descabezado allí a golpes de pressing y asperezas. El Madrid, no se partió por la mitad, y cada recuperación, valor mediante, la transformó en avance vertical sobre la portería (mal) defendida por el impredecible Pinto.
A la postre, el peor Barça consiguió empatar a dos con el mejor Madrid. O sea, que el esfuerzo del grupo merengue se tradujo en fracaso, porque tal resultado lo condenó a quitarse del camino en la Copa del Rey.
Cosas que tiene el fútbol. Solo eso. No hay que buscar explicaciones más allá, como las que enarbola hoy el madridismo en la prensa española. Se trata, como es de esperar, de la misma justificación facilista y cobarde, la de siempre, esa que apunta hacia los árbitros y no hacia las entrañas del equipo.
El victimismo arbitral es recurrente en el Madrid. Lo desconcentra y mina. Que si nunca debieron expulsar a Ramos, que si el referee se tragó un par de penalties, que si esto y lo otro. Pero es hora de que Mourinho y sus muchachos dejen de ver la viga en el ojo del prójimo. Es hora de que se convenzan, ante todo, de que esta eliminatoria la perdieron hace poco más de una semana en el propio Santiago Bernabéu, por obra y gracia de un planteamiento rácano que el Barcelona sepultó con fútbol en el más natural de sus estados.
Sé de sobra que este Madrid tiene una potencialidad inmensurable. Sin embargo, para hacerse un lugar en la historia requiere de manos más flexibles en la conducción, y de un liderazgo que habitualmente no lo asiste en situaciones límite.
El Barça, en cambio, dispone de Guardiola y Messi. Uno suelta las riendas; el otro atiza con el látigo. Debidamente reforzado por Iniesta, Xavi, Busquets, Alves..., ese tándem ha ganado todo cuanto puede ganarse en los terrenos, y parece que el hambre todavía lo acompaña.
Verdad, algo ha cambiado, y no precisamente para bien. Tal vez ahora se apuesta más al pelotazo, en busca de las internadas de Alexis. O será que hay algunos elementos que acusan, más que la edad, los demasiados años en el máximo nivel. O acaso sea que ya no hay tantos blaugranas por delante del balón en funciones de ataque.
Cualquiera de esas, u otra más, puede ser la razón de por qué el Barcelona no ha vuelto a erigirse en la máquina asesina que imitaba las artes de la relojería suiza. Poco importa. En definitivas cuentas, todo en la vida tiene un fin, inclusive este Barça de Guardiola.
Lo que ocurre es que para entonces, cuando el ciclo victorioso comience a tocar fondo y cualquiera consiga inquietar la línea de flotabilidad de la nave azulgrana, ya se habrá hecho tarde para críticas y decepciones. Llegado ese momento, lo único que estaremos facultados para hacer -los culés y también los no culés- será quitarnos el sombrero y dar las gracias. Nada más.