
¿Lionel Messi castigará al Real Madrid en su territorio una vez más?
A pesar de rebajar la crispación del año pasado, José Mourinho sigue muy cómodo cuando los focos apuntan a su persona. Como si su presencia mediática redujera la magnitud de un Madrid-Barça a un momento intrascendente, espaciado entre sus dos conferencias de prensa.
El de Setúbal envía señales a Cristiano (alaba su perfil gregario en Mallorca), marca su territorio a la prensa ("vamos a tener un problema si queréis tocar a Cristiano") y esboza sus dudas razonables ("aún no tengo claro el equipo"). Pero sobre todas esas cuestiones, Mou parte de un mensaje con dos premisas que cree innegociables: el crédito del equipo y el suyo propio.
El portugués considera que su equipo debe interpretar el partido no como una obsesión (para no alimentar el trauma psicológico ante el Barça) sino como un reto que, a pesar de ser importante, no es definitivo en el saldo final de la temporada. Lectura inteligente para despresurizar a sus jugadores. Y segundo, Mou se enfrenta a sus fiscales ("si pongo a Benzema me critican por no sacar a Higuaín y si hago lo contrario, me critican por lo contrario") para ser juez y parte de su causa. Intuye que siempre está expuesto a juicios paralelos, deporte nacional de este país, y entiende que su trayectoria le confiere inmunidad diplomática ante cualquier derrota.
Guardiola maneja esa clave, pero dispone de más margen de error. Trece títulos de los últimos dieciséis es un aval de peso. Condenado al papel de perseguidor en vez de al rol de líder del campeonato y pudiendo ser eliminado de la Copa, Pep entiende que el compromiso y la idea de sus jugadores está por encima de posibles discursos fatalistas. Sea cual sea el resultado, la reputación de Mourinho y Guardiola está a salvo de juicios paralelos. Ahora bien. Ambos se juegan su prestigio. La cita no es definitiva, pero la pregunta es directa: ¿perpetuará su hegemonía el Barça o frenará la hemorragia el Madrid?
La reflexión desemboca en las piezas del tablero y en el desempeño que sus herramientas, los jugadores, sean capaces de desarrollar ante un equipo que suele desquiciarles porque maneja siempre la pelota y lleva la iniciativa. Después de explotar diferentes variantes tácticas con resultados poco alentadores para el madridismo, excepción hecha de la Copa, Mourinho se devana los sesos para encontrar la fórmula que consiga detener la riada de fútbol del Barça. La opción Pepe incrustado en el centro del campo comporta riesgos evidentes (si entra en cortocircuito el equipo se verá de nuevo perjudicado), el lateral diestro es un problema para el que hay que encontrar una solución convincente (Coentrao no cuajó y Lass parece lo más fiable) y la baja de Di María, el cuchillo que Mou prefería para apuñalarla espalda de la zaga del Barça, conlleva la duda razonable de dar galones a Özil o apostar por la electricidad de Callejón. Sin embargo, el caballo de batalla del partido está en el centro del campo. Unida a esa labor de bata blanca que Mourinho tiene que hacer con sus jugadores para reforzar su moral, el luso podría muscular al equipo y conformar un Madrid vigoréxico en la medular. El Barça es superior en el concepto del juego de posición, en la circulación de balón y en administrar la pelota hasta encontrar el hueco preciso. Ahí resulta letal.
El plan de choque de Guardiola, con pequeñas modificaciones en transición defensa-ataque, será conceder manos libres al GPS de Xavi, escalonar a Busquets y forzar las combinaciones de Iniesta. En ataque, Alexis barrerá todo el frente, con vértigo, como complemento a la formidable sociedad que forman Cesc Fàbregas (reinventado como falso nueve) y Leo Messi (el mejor jugador del mundo, el marciano que nació en Rosario pero parece del Planeta Rojo). Si impone otra vez su libro de estilo (la pelota) y logra imponer el protagonismo de su paciencia (aceleración, desaceleración), Guardiola tendrá encarrilado el signo del choque.
Mou maneja una certeza: está obligado a minar el centro del campo y elevar una intensidad máxima que posibilite robos cerca del área. El Madrid, todo pegada, es Tyson en el área. El Barça, orfebrería en el centro del campo. Probados diferentes estilos, propuestas y planes, dominar el centro del campo es la asignatura pendiente del Real Madrid en el tablero de ajedrez que significa la geometría culé. Es la única conquista que se le ha negado a un Madrid que apostó unas veces por el riesgo y otras, por las precauciones. En ninguna dominó el centro del campo. La historia reciente aporta una sensación generalizada: el Bernabéu no celebra enroques y Messi los castiga.
(Tomado de EuroSport)