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Ecos del mundial: Robles talado

South Korea Athletics Worlds

Cuando supe que habían descalificado a Dayron Robles, en la final de los 110 metros con vallas, me pareció que aquello -desde un punto de vista histórico, y si nos atenemos a las relaciones bilaterales- tendría alguna lógica si David Oliver hubiese sido el culpable de la suspensión.

Pero lo cierto es que el americano se portó a su altura (mide 1.88m), y que incluso se expresó a favor del actual campeón olímpico, y lo cierto es también que el deporte no tiene nada que ver ni con la historia ni con la diplomacia, y que el único culpable, a mi modo de ver, era Liu Xiang, o su entrenador, o Mao Zedong si se prefiere.

Si el hombre, me preguntaba, no iba a conseguir el título, entonces para qué la protesta. Ni el reglamento ni lo establecido explicaban el absoluto derecho del chino a callarse la boca.

Algo andaba mal. O las inamovibles reglas de la IAAF, que no entienden de circunstancias, o mis absurdas preguntas, que no entienden de reglamentos, sino de excepciones.

Pero luego, al repasar minuciosamente el video de la carrera, quedé absolutamente desconcertado. Y con la sangre fría para reconocer que Dayron Robles mereció ser descalificado.

Uno duda si en verdad el cubano pudo agarrar a Liu Xiang. Uno lo duda por física elemental. O al menos por lo que uno entiende como física elemental. Parece difícil que a esa velocidad, en cuestión de segundos, mientras se salta una valla, alguien cuente con la fuerza suficiente para trabar a otro y aún así no perder el equilibrio, ni mostrar la más leve inseguridad. Porque Dayron Robles nunca extravía la secuencia de sus pasos, ni aminora el ritmo en los metros finales. Al contrario, lo aumenta.

Pero eso es una cosa. Y otra bien distinta es la intención. El cubano, todo lo indica, va por la mano de Xiang, incluso desde la antepenúltima valla, solo que el roce, el encontronazo fuerte, llega en el último salto, justo antes de que Xiang pierda el rumbo y parezca un velero a la deriva. Situación, debemos reconocerlo, bastante insólita, pues el chino tiene tanta estabilidad y tanto remate como el cubano.

Yo me imagino lo que (en el peor de los casos) sucedió. Robles perdió la compostura. Sintió a su lado la implacable aceleración de su rival y vislumbró la pérdida de su cuarto mundial consecutivo. Idea esta, segundos antes, poco menos que inconcebible. Primero porque es el único gran título que se le resiste. Y segundo porque era el gran duelo, con los tres corredores más rápidos de la historia en competencia.

Robles, de lejos, es el deportista cubano más mediatizado. Acapara portadas, roba titulares, seduce a Europa y aldeas aledañas. Quizás, ahora mismo, en flashes y micrófonos y entrevistas, solo esté por detrás de Usain Bolt.

Pero yo creo, quizás por la misma razón, que Dayron Robles es un deportista sobredimensionado. En Cuba, quiero decir. Son varias las actitudes nuestras que le insuflan presión, una responsabilidad innecesaria al vallista insular.

En un tiempo no muy lejano, se le promocionó como un atleta de dotes reflexivas. Le otorgaron cierto aire meditabundo, de sujeto pensativo. El hombre, introvertido y tímido (ya sabemos que Robles es cualquier cosa menos introvertido y tímido, y que le encantan las cámaras y las conferencias, lo cual, por demás, no es algo digno de reproche), leía y oía música a solas.

Hicieron de aquello una noticia. El Zenón del atletismo. Uno lo imaginaba, minutos previos a cualquier competencia, digiriendo El canon occidental, deleitándose con el Concierto de Brandemburgo.

¡Y qué bien que lea y escuche música!, pero menos mal que esas poses, fabricadas para el muchacho, quedaron atrás, porque Robles -y esto en nada lo disminuye- lo único que tiene de intelectual son los espejuelos. Y porque a la larga aquello no fue más que una soberana ridiculez. Como si dijéramos, por ejemplo, que Alejo Carpentier, además de ser un destacado novelista, podía correr los cien metros en diez flat.

Cualquier mérito posible -eso más o menos todo el mundo lo infiere-, no depende del oficio, o de supuestos divertimentos extras, sino de la persona, de la persona y de su fuero interno, nada más.

Pero no solo eso, si fuera solo eso no tendría la menor importancia. Algunos medios nacionales han afirmado, con soberana petulancia, que Robles es "el mejor vallista de todos los tiempos". Quiero creer que la frustración los ha cegado, que estamos ante una afirmación que nace del dolor, no del análisis. Del pecho, y no del cerebro.

Qué justifica una idea así. ¿El record del mundo? El de Robles, ciertamente, sin dejar de ser excepcional, no parece un record sobrehumano, legendario, o infalible. Es un record reciente y a la mano. Un record meritorio, pero ajustado. El cubano no rebajó en diez centésimas la plusmarca anterior, sino en una, ¡solo en una!, y tampoco lleva quince o veinte años en la cúspide de su especialidad.

Es decir, este es un record que, hasta ahora, no le asegurará por sí mismo la trascendencia. Un record bien lejos de Sotomayor, o de Bubka, o de Bolt. Mañana alguien corre 12.86 y se acabó. Pero si mañana alguien salta 6.15 en la pértiga, Bubka seguirá siendo Bubka. Para poner un ejemplo: Osleydis Menéndez y Asafa Powell fueron recordistas del mundo. Sotomayor y Bolt fueron, son, y serán.

El título olímpico tampoco parece un argumento definitivo. Yumisleidis Cumbá fue campeona olímpica. Ana Fidelia Quirot, no.

El gran problema de Robles es que tiene potencial para ser el mejor de forma indiscutible, pero de ahí a serlo va un trecho. Roger Kingdom -deficiente técnicamente- dominó toda la década del ochenta, fue doble campeón olímpico y recordista del orbe. La cota universal de Colin Jackson se mantuvo imbatible durante trece años. Allen Johnson (para mí, el mejor, o al menos el mejor de los que he visto), el estelarísimo Allen Johnson, con marca personal de 12.92, ganó cuatro mundiales y una olimpiada.

A Dayron Robles, pues, le falta un océano. De ida y vuelta. Si decimos, desde ya, que es el mejor de todos los tiempos, entonces no puede, y, lo peor, no necesita ganar un mundial. Ni un panamericano. Ni un Barrientos. Ni nada. Por suerte, no parece que el cubano se crea un consagrado. Daegu lo confirma.

Robles fue a buscar su título. Pero se apresuró. Mentalmente. Y pagó la novatada, si así pudiéramos llamarle.

En definitiva, un poco más un poco menos, Xiang y él marchaban parejos. Aún podía batirse en los metros finales. Pero perdió la cabeza, o el control de la mano. Eso pasa. A todos nos ha pasado.

Ni un título olímpico, ni un record del mundo, ni la suma ordinaria de ambos, garantizan la historia. Robles sabe que no ha ganado la gran competencia (Beijing no lo fue) ante los grandes rivales, estampando la gran marca.

Tuvo la oportunidad y la dejó ir. Perdió el oro. Alguien pudiera decir que no importa. Pero eso es un consuelo, o una estupidez. No hay nada como una medalla de oro. Como una medalla sin roces, limpia hasta el metro ciento quince.

Robles tampoco ganó la carrera. Ni Richardson, que ganó el título, pero no la carrera. Xiang fue el ganador, pues demostró ser más consistente, con mucha más historia y más consistente.

Aunque quizás Robles no hizo nada con malicia. Quizás todo -debemos creer- fue cuestión de azar, porque por más que queramos deducir, la intención va por dentro, y nadie sabe a ciencia cierta lo que pensaba el cubano. Cualquier sentencia, peca por especulativa.

Recién he visto unas declaraciones donde Robles se disculpa y Xiang lo acepta. Solo ellos, se deduce, conocen los detalles. Y la cuestión no parece que vaya a mayores.

Yo pensé, tras el triunfo, que el cubano no había celebrado por la pobreza del tiempo, un 13.14, o por la palidez de la carrera, se dejó reducir luego de tomar diferencia. Después pensé, tras repasar el video de la final, que Robles no había celebrado, y que se había limitado a abrazar a Xiang, porque intuía -haya sido consciente o no- su exuberante desliz.

Pero ahora sé, y todos deberían saberlo, que el cubano no celebraba porque entre la víctima y el villano, entre el héroe y el canalla, hay un espacio para el mejor Robles, un vallista aún oculto (quizás, eso nadie lo sabe, el más grande de todas las épocas), un verdadero monstruo que si no lo expulsa a tiempo terminará por consumirlo.

Londres, como Beijing y Ostrava, parece un sitio idóneo. Ciudad con demasiada historia, capaz de borrar, con solo un plumazo, o un triunfo, la mala puesta que fue Daegu.

En Westminster se coronan o, en su defecto, se entierran los monarcas. Allí se pulverizan tiempos, se abre paso en lo desconocido. Siempre de manera cómoda, increíblemente fácil, de manera que no deja lugar a las dudas, pero solo -y esto Robles debe haberlo imaginado- a los indiscutibles entre los mejores les está permitido, solo las bellas figuras y los recordistas del mundo lo saben hacer.