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Strike 3: El bateo, oficio para estudiosos

Don Miguel analizó como pocos a los lanzadores adversarios.

Don Miguel analizó como pocos a los lanzadores adversarios.

Que batear es lo más difícil del béisbol, lo saben hasta los neófitos. Tanto, que los buenos bateadores fallan cerca de siete veces por cada tres que aciertan con sus conexiones. Es un trabajo arduo. Enmarañado como las matemáticas.

De manera que para lucir en el home plate, no basta con venir al mundo lleno de facultades físicas. Hay un por ciento enorme de la batalla contra el pitcher que se gana en la mente de ese hombre que (samurai moderno) empuña una katana de madera.

Por enésima vez, acabo de corroborarlo. En mis manos cayó una edición de la revista norteamericana Athlon Sports Baseball, que publica una charla entre el periodista Dave Sheinin y el estelar tercera base Chipper Jones, ambidextro de 16 campañas con un puesto futuro casi asegurado en el Salón de la Fama de las Grandes Ligas.

De Jones siempre se ha dicho que gran parte de su éxito ofensivo se lo debe al riguroso estudio que hace de los pitchers. Más que observarlos, el veterano parece someterlos a un análisis de microscopio.

Su diálogo con Sheinin gira en torno al enfrentamiento sostenido por Jones el 28 de junio pasado contra el fenómeno derecho Stephen Strasburg, dueño de una recta supersónica y un descomunal cambio de bola. El antesalista jamás había encarado a Strasburg: así pues, del terreno salió hacia la computadora -viejo hábito suyo-  para analizar sus tres comparecencias al cajón en el encuentro.

Las revelaciones que Jones hace a Sheinin -envío por envío de cada una de esas tres veces al bate- son realmente exquisitas. He aquí algunos pasajes...

Primer turno:

Después de anotarse dos strikes (recta a 97 millas por hora y cambio a 90), Strasburg lanza una curva a 82 que cae en zona mala. Jones piensa entonces: "Ok, me ha tirado dos envíos 'lentos' seguidos. Ahora no puedo fallar con la velocidad. (...) Mi ventaja es que he visto bien pronto sus tres clases de lanzamiento. Y yo voy haciéndome un plan de trabajo, preparando condiciones para la próxima oportunidad al bate, cuando tal vez tenga que conectar con compañeros en circulación".

El cuarto pitcheo de Strasburg es recta a 98, y Jones eleva al jardín izquierdo hasta las inmediaciones de la zona de seguridad. "Bien, choqué fuerte con su bola rápida. He logrado lo que quería lograr. Él va a recordarse de eso".

Segundo turno:

En conteo de dos bolas y un strike, Jones hace swing al aire con un cambio a 90. "Ese sí que fue bueno. Pero yo conozco bien al receptor (el puertorriqueño Iván Rodríguez). Ahora tengo que pensar no solo en lo que hará el lanzador, sino también en la influencia que ejerza sobre él Rodríguez".

El quinto envío es curva. Foul. Y después Jones pega hit al left field sobre un rectazo de 99. "Su bola rápida es muy dura, y le gusta buscar la esquina de afuera. De modo que me preparé para empujarla. Si te paras en home a tratar de halar rectas muy veloces, quedas demasiado vulnerable a los otros lanzamientos".

Tercer turno:

Desde que se acerca el pentágono, Jones advierte que a Strasburg "se le nota cansado. Su camiseta estaba muy sudada, tenía un color diferente al pantalón. Es un novato que pitchea por primera vez en las condiciones de alta humedad de la ciudad de Atlanta, y ya ha trabajado bastante". A seguidas, Strasburg pierde el home con cuatro envíos sucesivos: cambio, recta de cuatro costuras, y dos sinkers. Jones es transferido a la inicial, y poco después se rompe el empate a cero en el score.

Al final de la charla, Jones asegura al periodista: "Lo que más me empeñé en hacer fue demostrarle que no me preocupaba cuán duro tirara, que en ningún momento podía sentirse cómodo al tratar de dominarme con pitcheos rápidos".

Lo anterior es tan solo un extracto de lo publicado en la revista. Sin embargo, resulta suficiente para evidenciar la tremenda importancia de ejercitar el pensamiento en el momento de batear.

Jones, es verdad, analiza a los pitchers en un cuarto de vídeo, con todas las posibilidades innegables que eso aporta. Pero la computadora no es imprescindible para ello, y la pelota nacional lo sabe bien, porque nuestros diamantes han conocido a personajes que, empleando otros medios, también colocaban bajo lupa al pitcher adversario.

El ejemplo mejor es Miguel Cuevas. El slugger insigne de las primeras Series anotaba en una libreta cada pormenor de su actuación en el juego, especialmente de su desempeño con el barquillo en ristre: allí daba cuenta de los lanzamientos que le había hecho cada serpentinero, con cuál lo habían dominado y con cuál él había conseguido batear eficazmente.

Así, la próxima vez que se enfrentaban, Don Miguel "ya había visto la película" en su humilde libreta mágica de apuntes.