
El santiaguero Bell, uno de mis preferidos.
Cada vez que menciono a Industriales en un comentario, algún que otro lector me tilda de aficionado azul. Me lo dice sin tono acusatorio, pero a fin de cuentas, me lo dice. Sin embargo, cuando hablo de Santiago, Pinar o Villa Clara, nadie "ataca".
Acaso la situación tenga su origen en la histórica creencia de que los periodistas y narradores son capitalinos. Falsa suposición: muchos de nuestros profesionales de la prensa escrita, la radio y la televisión, no nacieron -ni siquiera crecieron- en La Habana.
Aclarado esto, confieso que de niño era yo un aficionado -¿qué digo aficionado?, fanático- a Industriales. Cosa lógica, porque me crié en un hogar de aficionados -¿qué digo aficionados?- a Industriales.
Pero pasó el tiempo, pasó un águila por el mar, y aquel niño estudió periodismo, se graduó, y en el ejercicio de su profesión debió privilegiar el cerebro sobre el corazón. Esto es, se le "enfrió" la sangre, y así de modo paulatino fue muriendo el fanático que había alimentado y protegido.
Por ese camino, ahora mismo mis peloteros favoritos son Yulieski Gourriel, Alexei Bell y Joan Carlos Pedroso -ninguno de ellos es azul-, y en el rincón de mis afectos tengo, al mismo nivel que Vargas y Valle, a Casanova, Lazo, Rogelio, Víctor y Kindelán. Y más que con el inolvidable bambinazo que Marquetti disparó en mi adolescencia, me emocioné con la victoria sobre Dominicana en el estreno de los Clásicos Mundiales.
¿Que si soy imparcial? Ante todo habría que ver qué entendemos por imparcialidad. Generalmente se le concibe como un criterio de justicia que deriva en decisiones tomadas sobre bases objetivas, sin la perniciosa influencia del prejuicio.
Ahora bien, sucede que la objetividad pura es cuestión de las ciencias exactas, pero representa un desafío imposible a la hora de emitir algún criterio. De manera que insto a lanzar la primera piedra al que se considere -absoluta y legítimamente- objetivo.
Un filósofo como Sartre enseñó que "hasta cuando se elige una corbata, se está tomando partido". Luego, ¿cómo podremos evaluar, por ejemplo, la gestión de un funcionario, sin caer aunque sea de modo elemental en el plano de nuestra subjetividad?
No me gustan las poses, ni las frases para caer en gracia: hoy por hoy, como mismo aplaudo un metrallazo de Malleta, celebro un hit de Céspedes, una estrategia de Lombillo, o un fildeo de Olivera.
No creo en la imparcialidad, aunque sí en mi compromiso profesional de perseguir a esa señora, la justicia. Es mi trabajo. Es mi deber. Y creo que lo cumplo.