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Strike 3: Altar a oscuras

Hace mucho que no disfrutamos de un juego nocturno en el Coloso del Cerro.

Hace mucho que no disfrutamos de un juego nocturno en el Coloso del Cerro.

Hace unos cuantos años jugué por primera y única vez en el Latino. Era un juego amistoso, pero la intrascendencia del encuentro no evitó que mis piernas temblaran de emoción al pararme en el home plate.

No me dio pena. Total, lo que estaban pisando mis spikes era la historia, y la historia posee la facultad de estremecernos. Ah, el Latino...

Como mismo New York tiene su Yankee Stadium y Cataluña su Camp Nou, La Habana tiene su Latino, un estadio tan símbolo de la ciudad como el faro del Morro, el muro del Malecón, los baches y las sábanas colgadas.

El Latino es mucho más que un monstruo de concreto, hierba y tierra. Es terreno sagrado, y lo respetan por igual capitalinos y orientales, más allá de sus pugnas eternas y sabrosas.

Allí cambió la biografía de la Liga Profesional Cubana. Allí poncharon Pedro Ramos y Camilo Pascual, y brilló Tony Taylor, y fildeó Willy Miranda, y corrió Orestes Miñoso. Allí salieron a defender su orgullo los Leones de rojo contra los Alacranes celestes, y hasta los señoritos "de buena familia" enronquecieron de gritar como tarzanes.

Ah, el Latino... El Gran Stadium vibró con José Antonio y sus muchachos, y esa complicidad le prodigó tal vez un expediente en los cruentos archivos del BRAC. El Latino aplaudió los puñetazos de Joe Louis, y después -mucho tiempo después- celebró febrilmente la guitarra de Silvio. El Latino coreó los escobazos de Armandito. El Latino... el Latino... el Latino...

En el viejo teatro del Cerro se han tejido millares de sueños. Ha sido el ojo del ciclón para triunfos tremendos del team Cuba, para la inolvidable visita de Albert Belle y sus Orioles, para el jonrón más infartante del béisbol insular (Don Marquetti que estás en la tierra, santificado sea tu nombre...).
Pero he aquí que, algún día del que los almanaques prefieren no acordarse, el Latino se nos quedó en tinieblas. Desde entonces, la muerte lo visita cada noche. La otrora casa de la fiesta es hoy velorio.

"Más luz", fue lo último que, cuentan, dijo Goethe en su lecho de poeta agonizante. "Devuélvanme mi luz", clama el Latino.