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Strike 3: Añoranza por la recta

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Pedro Luis Lazo

Puedo contar con los dedos de las manos la cantidad de pitchers de poder que lanzan hoy en nuestra Serie Nacional. No exagero: desconozco el número exacto, pero seguro estoy de que es muy bajo.

Cuando hablo de pitchers de poder, ya lo sabrán muchos lectores, me refiero a monticulistas que basan su trabajo en una recta supersónica, y son capaces de rubricar un gran número de ponches por cada nueve entradas de actuación.

Pero -oh, misterio- poco a poco nos están escaseando los lanzadores cuya recta promedia velocidades superiores a las noventa millas por hora. La relación es preocupantemente breve: Pedroso, Miguel Alfredo, Entenza, Odrisamer y pocos más.

No quiere esto decir que si usted no dispone de un cañón en el brazo, fracase necesariamente en la pelota. Por nuestros diamantes han pasado numerosos pitchers que, limitados de velocidad, ganaban una y otra vez a fuerza de argucia y de control. Por ejemplo, el legendario Conrado Marrero. Pero no nos dejemos engañar: son casos de excepción.

Si no me cree, apele a la memoria o al archivo. Busque los grandes exponentes del difícil arte de lanzar en la riquísima historia del béisbol nacional, y verá que a la mayoría la pelota les "llegaba temprano".

Por supuesto, no todos tenían la "piedra" de un Lazo, un Rogelio, un Vinent, un Valle, un Pérez Pérez o un Jiquí Moreno, pero casi ninguno -insisto, casi ninguno- dependía de una recta de 83 u 84 millas.

Y eso lo estamos viendo con frecuencia. Alguien nos habla entusiasmado de un prospecto con aquello de "hay que seguirlo, tiene tremendas condiciones", y resulta que el veinteañero realiza envíos más lentos que los trenes lecheros.

Increíble. Hemos ido olvidando que la materia prima fundamental es la velocidad, que la recta -el lanzamiento más fácil de dominar y menos propenso a provocar lesiones- es el arma de exterminio masivo del béisbol. El non plus. El rey de reyes.

Todo pitcher debe aprender a tirar donde más duele al bateador, y a dominar recursos adicionales, ya se llamen slider, curva, cambio, tenedor, screwball, split finger, knuckleball... Pero sin una buena recta, su camino a la inmortalidad beisbolera será tan riguroso como la tarea del desdichado Sísifo.

En materia de pelota, nada resulta más indescifrable que un rectazo de humo. La física enseñó que un envío sobre noventa millas tarda apenas cuatro décimas de segundo en arribar a home, de las cuales el bateador perderá una en ver salir la bola y otra más en activar sus músculos. Así, apenas dispondrá de dos décimas para decidir si hace swing y ejecutar el movimiento. Casi nada.

Siempre he oído decir que "la velocidad no lo es todo", y concuerdo. Sin embargo, le agrego una lapidaria coletilla: "no lo es todo, pero sí la mayor parte".

¿Lo demás? Lo demás se consigue con esfuerzo.