En este mismo mes de febrero acaba de tener lugar lo inevitable. Después de la alharaca de Nashville, de donde emergió un pomposo Tea Party Movement, reunido bajo un mar de banderitas patrióticas y los bellos ojos de esa mediocre Barbie del conservatismo bronco que es Sarah Palin, una "amplia coalición de líderes conservadores, representantes de sus ramas fiscal, cultural, social y relacionada con los asuntos de la seguridad nacional", o sea, del conservatismo de salón, se reunió el pasado día 17 bajo la ceñuda mirada de Edwin J. Feulner, Presidente de Heritage Foundation, para endilgarle a la nación, y al mundo, una "Declaración de Mount Vernon".
En el segundo mes de un año de elecciones de medio término, donde se juegan escaños congresionales y gobernaciones de estados; a mitad de la carrera final por las elecciones presidenciales del 2012, el movimiento conservador norteamericano, y especialmente el insumergible clan neoconservador, su punta de lanza, acaban de cerrar la jugada, dejando listo para usar este potro particular de la tortura, con el que esperan descuartizar políticamente a Obama y a todo lo que él, a conciencia o con repugnancia, representa.
La tenaza política del dolor conservador ha quedado de esta manera ejemplarmente armada. Esta vez no se han ocultado en las sombras, ámbito natural del establishment, sus creadores intelectuales, sus financiadores bajo cuerda tampoco sus voceros en los grandes medios: sus brazos letales, el popular y el elitista, el vocinglero y el filosófico, el barriotero y el elegante lobbysta en Washington, se han articulado de manera sincronizada, con apenas unos días de diferencia, como obedeciendo a una consigna secreta. El aparato queda listo y a tiempo, y sin duda alguna, está diseñado para causar daño y dolor en cualquier escenario donde se siga desarrollando la más implacable campaña de descrédito y desgaste contra un gobierno electo de que se tenga memoria en la política norteamericana. Y está pensado para aniquilar, para que no haya escapatoria ni vía de repliegue, o lo que es lo mismo para aterrorizar y escarmentar a un nación que osó rebelarse contra sus pastores elegidos por la gracia divina, precisamente cuando pensaron que tras el 11 de septiembre del 2001, esa misma nación había caído definitivamente en brazos del neoconservatismo imperial, y que había llegado el largamente esperado milenio del capitalismo triunfante a escala global.
Porque, es evidente, que escarmentados tras la debacle de las elecciones del 2008, los neoconservadores ahora si van a por todo. No les bastará lograr la presidencia del país, ni siquiera por dos mandatos. Tampoco se contentarán con alcanzar la mayoría en ambas cámaras, ni con legislar cómodamente con el secreto objetivo de seguir desmontando los contrapesos institucionales y legales con los que esa misma nación ha escapado hasta el momento, a veces por un pelo, de caer en las garras de un fascismo acaramelado con letanías democráticas y filmes de Hollywood. Se trata, como ha dicho alguno de los editorialistas de Townhall.com, que pertenece también a Heritage Foundation,¡ oh, qué casualidad!, que ya no se discuten leyes, sino la imperiosa necesidad de cambiar todo el sistema.
Pero, claro, no es muy convincente que los más elegantes paladines del conservatismo y el inmovilismo reaccionario se disfracen de incendiarios, ni que los inclaudicables defensores de la contrarrevolución, a escala planetaria, se muestren bajo ropajes "revolucionarios". Para eso está esa morralla del Tea Party Movement, el populismo derechista de los plomeros blancos, los granjeros armados, los cristianos renacidos que hablan a diario con Dios y las amas de casa desesperadas, reunido en Nashville para suspirar por las glorias del esclavismo sureño y la Confederación de Jefferson Davis. Para estos atildados caballeros, para estos adoradores de Edmund Burke y Leo Strauss recién reunidos en Heritage Foundation, no es tolerable, ni por asomo, ni jugando, ni por sus propios intereses, esos disfraces impostados de sans culottes, esas poses de enrages de la burguesía imperial postmoderna que caracteriza al populacho de Sarah Palin. Y precisamente para ocupar el flanco elegante, el espacio académico de las ideas, el pedestal político de salón, que siempre proporcionan los fondos con que financiar ese otro brazo callejero, es que acaban de tener a bien la elaboración y proclamación de la flamante "Declaración de Mount Vernon", expresión de lo que llaman "Conservatismo Constitucional", quizás para desmarcarse en público, no sin cierta repugnancia, de ese otro engendro de las barricadas.
"A la luz de los cambios que enfrenta el país y la necesidad de claridad-declaran estos prohombres del conservatismo-hemos considerado necesario elaborar una declaración que recoja los principios y valores que defendemos".
Los principios y valores que se evocan, en su opinión, fueron ya establecidos en la Declaración de Independencia y en la Constitución, y son la fuente de... "nuestra prosperidad nacional-afirman-que no tiene parangón en el mundo, y que sirve de faro luminoso a todos los que buscan la libertad, y de advertencia a los tiranos y déspotas de todo el mundo". Lo que desvela a estos santos varones es que "cada una de estas ideas fundacionales, se encuentra hoy sometida a un sostenido ataque". Y para que no quede dudas de que se trata de una operación conservadora radical y no coyuntural, de alcance estratégico, y no solo circunscrita a remover a Obama y los liberales del poder, se ubica el origen del mal presente en décadas pasadas, quizás mencionando, sin decirlo, aquellos años tumultuosos de los 60 y los 70, donde la nación se vio convulsionada por luchas sociales y por los derechos civiles, sin precedentes, y donde se acuñó una contracultura resistente y contestataria, anti-burguesa y multiculturalista, especialmente odiada por los neoconservadores.
"En décadas recientes- se dice -los principios estadounidenses han sido minados y redefinidos en nuestra cultura, nuestras universidades y nuestra política. Las verdades evidentes de 1776 han sido suplantadas por la noción de que tales verdades no existen. (Y para colmo) el actual gobierno federal ignora los límites trazados por la Constitución, siendo desechados e ignorados por obsoletos e irrelevantes".
Servida así la mesa, y hecha esta ineludible referencia histórica que da visos estratégicos a las tareas a acometer por los conservadores del país, los redactores de la "Declaración de Mount Vernon" no dudaron en pisar el acelerador y llamar las cosas por su nombre. Es a esta altura del documento que se personalizan todas las acusaciones del pasado en la figura del actual mandatario y en sus llamados el cambio:
"Algunos insisten en que Estados Unidos debe cambiar, desechar lo viejo y abrazar lo nuevo. Pero, preguntamos, ¿a dónde nos llevará dicho cambio: adelante, atrás, arriba o abajo?¿ No es acaso, esa misma promesa de cambio, una promesa vacua, incluso, un peligroso engaño?"
"El cambio de que estamos urgidos-concluyen esta parte del documento sus redactores-es un cambio en correspondencia con el ideal norteamericano; no es un movimiento que nos aparte, sino que nos vuelva a situar en la senda que conduce hacia delante, a partir de nuestros principios fundacionales. En este momento decisivo, necesitamos volver a proclamar el Conservatismo Constitucional..."
Y en rigor,¿ en qué consiste, en opinión de estos mesiánicos salvadores de la nación, esta fórmula milagrosa, capaz de proyectar a Estados Unidos hacia el futuro del Siglo XXI, no solo intacto, sino también creciente y poderoso, salvándolo de su actual decadencia?
(Continuará)