La reciente decisión del gobierno norteamericano de incluir a Cuba en una nueva lista de supuestos países patrocinadores del terrorismo ratifica que Washington pretende mantener sus garras imperiales sobre la isla caribeña, a la cual impone desde hace más de 50 años una ilegal y frustrada política de guerra.
Para quienes ilusamente aún hablan de un cambio de conducta de Estados Unidos hacia Cuba no queda ahora argumento alguno para defender esa descabellada idea, luego que un portavoz del Departamento de Estado norteamericano ratificó, sin más ni menos, que la mayor de las Antillas "se ha ganado" estar en otra lista elaborada por un régimen que se erige juez internacional, siendo el principal patrocinador de la violencia y el crimen en el mundo.
Tal determinación de la administración del presidente Barack Obama fue incluso criticada este miércoles por el influyente periódico The Washington Post, el cual en unas de sus columnas principales la calificó de ridícula, y subrayó que ello evidencia la necesidad de que la Casa Blanca debe transformar de una vez por todas su política hacia la isla caribeña.
Pero la más reciente agresión contra Cuba, cuyos ciudadanos en lo adelante deberán someterse a una revisión extra de sus equipales y cacheos exhaustivos antes de viajar con destino a Estados Unidos, no sorprende a nadie, tomando en cuenta la vieja y continuada postura hostil de Washington con respecto a la pequeña nación latinoamericana.
A pesar de que Obama, tras su llegada al poder, transmitió la imagen de que tenía intención de variar la política norteamericana hacia Cuba, nada de ello ha ocurrido en la práctica, y por el contrario se incluye a la mayor de las Antillas en la nueva lista de supuestos países patrocinadores del terrorismo.
A la vez, el actual presidente norteamericano no ha dado un solo paso dirigido a levantar el bloqueo económico, financiero y comercial que los sucesivos regímenes de Washington han impuesto a la Isla a lo largo de medio siglo.
Igual, poco o nada ha variado el accionar belicoso y el lenguaje altanero, no sólo hacia Cuba sino internacionalmente, de una administración que vendió una imagen aparentemente conciliadora y reformadora, pero que la realidad no ha demostrado diferenciarse de sus predecesoras.
La efigie montada del "Obama bueno" evidentemente ya se ha desmoronado.