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G-20: ¿Quién manda ahora en la economía mundial?

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“La declaración final de la Cumbre del G-20 en Pittsburgh, el viernes 25 de septiembre, parece irreal”, comentó Fidel Castro al día siguiente. Sin embargo, no pocos en el mundo se ilusionaron como resultado de la fanfarria mediática que sobredimensionaba con loco optimismo los resultados de ese evento.

Dar la imagen de que un gobierno mundial multipolar se ha conseguido es quizás una de las pretensiones más caras detrás de la proclamación y exaltación del G-20 como “el foro principal de cooperación económica internacional”, pero es una ilusión muy pasajera si se tienen en cuenta, la composición del flamante grupo, los resultados del evento y los postulados y propósitos enunciados en la declaración final.

En lo adelante, como “patitos feos” anidan en el G-20 los siete países capitalistas más industrializados y ricos del mundo, aquel G-7 que supuestamente se jubila, compuesto por Estados Unidos, Canadá, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia y Japón, países cuyo peso político, económico y militar es tan relevante que resulta difícil creer que traspasen sin más sus poderes para coordinar la marcha del sistema económico y político mundial que han construido y disfrutan, y al fin al cabo van a seguir liderando naturalmente mientras no se cambien radicalmente las reglas del juego.

Luego de la reunión de Pittsburgh, el jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Khan, declaró a la revista Emerging Markets que el G-7 “camina hacia su extinción”. “Pero no está muerto”, advirtió también, como curándose en salud.

Por otra parte, durante un encuentro en el marco de la reunión anual del FMI y del Banco Mundial en Estambul, el 3 de octubre, los ministros de Finanzas de las siete naciones más ricas reiteraron su voluntad de “seguir vigilando estrechamente los mercados y cooperar cuando sea el momento adecuado” para defender un sistema financiero internacional “fuerte y estable”.

Además, allí en Estambul se aseguraba que los ministros estaban analizando también formar un bloque menor, el G-4, conformado sólo por Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y China.

Pero eso puede ser puro anecdotario, en realidad, como demostró la actuación unilateral nada disimulada de Barack Obama en la conducción de La Cumbre, lo que busca mantener Estados Unidos es el G-1.

En muchos de sus puntos La Declaración Final le impuso a los europeos los
criterios de Washington, notoriamente en lo que se refiere a la instrumentación de regulaciones a ciertas prácticas de la actividad financiera global, algo que La Cumbre manifestó crípticamente (Queremos crecimiento sin ciclos extremos (booms y crash) y mercados que fomenten la responsabilidad, no la temeridad), pero sin medidas concretas inmediatas.

En tanto, los países del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) cuyo potencial económico es tal que pueden convertirse en las cuatro economías dominantes hacia el año 2050, tienen que haberse sentido un tanto fuera de lugar porque el G-20 no expresó apenas una mínima voluntad de rectificar las causas de una crisis de la que ellos, los del BRIC, no han sido responsables.

Por otra parte es en el BRIC donde pudiera estar concentrada en mayor medida la expectativa de reformas que no sólo atenúen las consecuencias de la crisis, sino que también contribuyan a desatar cuanto antes sus potencialidades de desarrollo económico y la necesidad concomitante de participación en un poder mundial multipolar.

Desde luego que para enfrentar la grave crisis internacional, y todavía más si se pensara en reformas profundas para evitar desenlaces catastróficos en el futuro de un mundo agobiado y amenazado gravemente por varias crisis simultáneas, hace falta una participación verdadera de la comunidad internacional (el llamado G-192).

Pero, como se ha dicho, al autoproclamarse el árbitro planetario en materia económica, el reducido grupo de veinte países parece actuar como si las demás naciones, las víctimas notorias del status quo, no tuvieran siquiera derecho a la palabra.

Los más optimistas consideran el acuerdo de que el Fondo Monetario Internacional (FMI) transfiera un 5 % de la cuota de poder desde los países más poderosos hacia los “infra-representados”, como un paso de avance hacia la multipolaridad .

Piensan que con esa transferencia la Cumbre de Pittsburg certifica la promesa de un nuevo rol del FMI que conduzca a un análisis balanceado de la política económica y conceda más voz a las potencias emergentes. Pero, ese aumento de la capacidad de voto no parece suficiente para alterar el desequilibro de poder que ha prevalecido en la institución.

Los Estados Unidos, con su 17 por ciento de acciones, podría seguir vetando cualquier decisión que no le agrade. En ese sentido, no hay que olvidar que en el FMI los gobiernos europeos durante más de medio siglo han votado, como regla, a favor de los Estados Unidos y nada hace indicar que se encaminan a revertir esa tendencia en los próximos años.

Los alabarderos de este plan cosmético han declarado que el G-20 tenía que brindar el liderazgo político que había faltado para reducir los desequilibrios económicos, pero la profesión de fe a favor de la “apertura y la libertad de los mercados”que se hace en la declaración final de la Cumbre del G-20 no da margen a esa posibilidad:

Es otra ilusión, porque la existencia del G-20 deja inmaculada la ideología neoliberal y sus principios. Por ese camino prevalecerá el reducido papel decisorio que sobre la economía tienen los políticos (el Estado) y poco podrán hacer en el futuro los gobiernos (los políticos), frente a la fuerza descomunal, soberbia y corruptora del poder financiero.

Allá por los años de la posguerra se acuñó un dicho que sintetizaba la visión del mundo que prevalecía entonces: “lo que es bueno para General Motors, es bueno para Estados Unidos”.

En las últimas décadas de neoliberalismo desenfrenado y aun estando en el vórtice mismo de la crisis provocada por la financierización incontrolada de la economía, no es General Motors, sino Wall Street quien dice lo que es bueno para Estados Unidos.

En resumen, la proclamación del G-20 como el foro “principal de nuestra cooperación económica internacional” no significa mucho más que un intento por enfrentar la crisis económica sin alterar en su esencia el poder del capitalismo financierizado, con Estados Unidos como país centralizador.

Ese intento de salir de la crisis con la hegemonía estadounidense más fortalecida puede fracasar si se prolongara la recesión mundial hasta convertirse en depresión. Entonces quizás se acercaría la hora del G-192.

Al final es cierto que no habrá salida hasta que la inestabilidad y la crisis no pasen de la economía a la política, hasta que se haga imposible la gobernabilidad y el control político sobre los que sufren en su carne las consecuencias de un sistema económico y financiero irremediablemente depredador y antidemocrático.

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Renato Recio

Renato Recio

Periodista cubano, colaborador de Cubadebate y uno de los fundadores del programa de la televisión “Mesa Redonda”.

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