"Revolución es sentido del momento histórico " Fidel Castro
La lucha revolucionaria no puede depender de oportunidades fortuitas ni subordinar sus objetivos estratégicos a coyunturas más o menos circunstanciales, aunque debe ser suficientemente flexible como para percibir el momento en que determinadas tendencias objetivas se estabilizan, indicando la conveniencia de maniobrar. Empecinarse y no ser consecuente con esos fenómenos puede conducir al estancamiento y lo que es peor, a la derrota.
En la década de los sesenta, cuando el imperio reaccionó con toda su fuerza y su furia contra la Revolución Cubana y su ejemplo y, en el entorno tercer mundista, especialmente latinoamericano, usó todo su poderío económico, político y militar, su capacidad para el sabotaje y el terrorismo y movilizó sus infinitas posibilidades para corromper y manipular, la lucha revolucionaria por vías electorales, en América Latina era esencialmente inviable.
En aquella época, auspiciada por la experiencia cubana y la certeza de que otros caminos estaban cerrados, la lucha armada ofreció una opción. Entonces, al interior de la izquierda latinoamericana se abrió un debate en torno a la viabilidad de uno u otro método de lucha.
Aquella coyuntura histórica coincidió con un momento de vigencia del dogmatismo promovido desde la Unión Soviética, que entonces ejercía una influencia hegemónica en el movimiento comunista internacional, era reciente la denuncia al stalinismo comenzada en 1956 que alimentó el conflicto chino soviético, fenómenos que en su conjunto y asociados al predominio de la ideología liberal, contribuyeron a la división de la izquierda internacional, que se reflejó muy negativamente sobre el movimiento de Liberación Nacional en América Latina.
Entonces el imperialismo norteamericano acudió a todas sus armas para derrotar a Cuba de cualquier manera y a cualquier precio, trató de neutralizar el auge revolucionario en América Latina mediante la Alianza para el Progreso y, cerró filas con la oligarquía vernácula, llamando a la escena a sus reservas más confiables: los militares tradicionales convertidos en los dictadores que tomaron el mando en el Cono Sur.
A pesar de reveces circunstanciales y excepto en la Nicaragua sandinista, los resultados de la lucha armada no se concretaron de modo directo, el debate político y los diferentes esfuerzos contribuyeron a la maduración de las fuerzas progresistas, evidenciada entre otros, en los procesos políticos desplegados por los gobiernos de Velasco Alvarado en Perú, Omar Torrijos en Panamá, Jaime Roldós en Ecuador, Juan José Torres en Bolivia, Maurice Bischop en Granada, Michael Manley en Jamaica y otros que ejemplifican el sentido progresista de los cambios políticos.
El ejemplo limpio y legítimo del triunfo de Salvador Allende permitió otra mirada al panorama latinoamericano, así como la forma brutal como el fascismo y el imperio, con la complicidad de la reacción internacional, alertaron de su capacidad para complotarse con las oligarquías locales para frenar a las fuerzas progresista, aunque para ello tuvieran que acudir a métodos hitlerianos, implementados en nombre de la democracia por Kissinger y Nixon y tolerados por Europa que miró para otro lado.
La represión de cada una de las dictaduras sudamericanas y el plan Cóndor rectoreado por la CIA y los Estados Unidos que globalizó la reacción a escala regional, no sólo costaron la vida a decenas de miles de patriotas, revolucionarios y hombres y mujeres progresistas del continente, sino que suprimieron físicamente a toda una generación revolucionaria.
No obstante, el imperio no logró su objetivo y, aunque pagando un precio enorme, Cuba no fue aplastada y las tendencias más avanzadas del pensamiento y la práctica revolucionarias no sólo sobrevivieron sino que se consolidaron.
Para los más jóvenes, es prudente recordar que la Revolución Bolivariana, los procesos políticos que llevaron al poder al Partido del Trabajo en Brasil, el retroceso del fascismo en Chile, el magnifico triunfo popular en Bolivia, los avances de las fuerzas progresistas en Ecuador, los adelantos frente al neoliberalismo en Argentina, el éxito de la izquierda unida en Uruguay, los pasos progresos en Paraguay, el retorno del Sandinismo al poder en Nicaragua y las perpesctivas de las fuerzas progresistas en Centroamérica, son parte de un proceso integral.
Hay mucha tela por donde cortar y muchísimas razones para afirmar que el magnifico, aunque complejo panorama de hoy en cada país, es en parte un proceso conjunto, una obra de todos que todos deberíamos cuidar, proteger y hacer avanzar, sobre todo cuando se trata de criaturas que han nacido y comenzado su andadura histórica.
Cuando la nueva y magnifica hornada de líderes latinoamericanos del momento, con matices y emociones personales aparte, reconocen en Fidel Castro, Che Guevara y la Revolución Cubana un antecedente, un estimulo, un magisterio y un motivo de inspiración, no sólo expresan merecidas simpatías hacía un líder y un proceso, sino que reflejan los contornos de una etapa histórica. Ahora se acaba el espacio. Mañana les cuento más.