Publicado en The Washington Post, el 16 de junio de 2006
Traducción: Cubadebate
Recién llegado de su triunfante visita a Bagdad - un lugar tan peligroso que tuvo que visitarlo furtivamente sin siquiera informárselo al primer ministro iraquí -- George W. Bush se encuentra pletórico de nueva determinación para mantener el rumbo de su inacabable "guerra global contra el terror". Ello nos deja al resto de nosotros preguntándonos, llenos de tristeza y frustración, cuál será dicho rumbo y adónde diablos podrá conducir.
Este es el tipo de "guerra" en la que tres hombres detenidos durante años sin el debido proceso en la prisión de la bahía de Guantánamo se suicidan ahorcándose y sus carceleros están tan nerviosos y centrados en sí mismos que ven dichos suicidios como un ataque. El egocéntrico lamento del contralmirante Harry Harris, que expresó: "Creo que esto no fue un acto de desesperación, sino una guerra asimétrica que se libra contra nosotros" - es digno de haberse dicho en el sofá del programa televisivo de Oprah.
Bush planteó en su conferencia de prensa del otro día que a él "le gustaría cerrar Guantánamo" si solo la gente que está detenida allí no fuera tan "condenadamente peligrosa". En otras palabras, estas malas personas lo están obligando a mantenerlos encarcelados indefinidamente en condiciones que burlan las normas internacionales. Pero si los reclusos en realidad ya no pueden redimirse, ¿por qué no se les deja morir de hambre? ¿Por qué sus carceleros se inquietan cuando tres de los malhechores se ahorcan? ¿Por qué no reparten sogas y les dicen al resto que hagan lo mismo?
Esta es una "guerra" en la que Estados Unidos deja caer dos bombas de 500 libras cada una con la intención expresa de asesinar a Abu Musab al-Zarqawi, el líder de al-Qaeda en Irak, un grupo que no existiría si a Bush no se le hubiera ocurrido invadir. Pero cuando el mundo se entera de que Zarqawi brevemente sobrevivió el bombardeo, y circulan rumores de que las fuerzas estadounidenses lo mataron a tiros, los funcionarios se apresuran a emitir un informe de autopsia que demuestra que ese carnicero, para cuya captura había una recompensa de $25 millones, había muerto de las heridas recibidas a consecuencia de la explosión. Se nos dice que un paramédico estadounidense estaba a punto de administrarle los primeros auxilios cuando Zarqawi masculló algo ininteligible y expiró.
¿Para qué esforzarte en matar a un líder enemigo - un hombre malo, lo peor de lo peor - y después tratar de revivirlo? ¿No lo querías muerto?
En esta amorfa e inacabable "guerra" que nos cuesta preciosas vidas y miles de millones de dólares librar, las reglas del combate parecen ser dispara primero y discúlpate después.
Lamentamos que los infantes de marina estadounidenses hayan masacrado a 24 civiles en Haditha. Sentimos un mayor pesar que después de que personal militar estadounidense torturara y humillara a aquellos prisioneros en Abu Ghraib. El incondicional aliado de Bush, el primer ministro británico Tony Blair, lamenta que la policía londinense, al llevar a cabo un asalto antiterrorista este mes, haya herido de balas a un hombre inocente cuyo único "delito" consistió en descender a la planta baja de su casa en paños menores para ver quién irrumpía en ella. Pero no lo lamenta tanto como cuando, después del bombardeo del metro de Londres, unos comandos mataron a balazos a un inocente electricista brasileño a quien ellos tomaron por un posible terrorista.
Pero nadie lamenta las secretas prisiones de la CIA o las detenciones extrajudiciales o las interrogaciones mediante la brutal tortura llamada "el submarino" (donde se sumerge en agua a la víctima hasta que está a punto de ahogarse) o la abrumadora vigilancia interna al estilo de la novela de George Orwell. Después de todo, "estamos en guerra".
Los militares anunciaron ayer que el número de efectivos estadounidenses muertos en Irak alcanza la cifra de 2 500, otro de esos terribles hitos expresados en números redondos. Muchos esperan que el nuevo gobierno iraquí considere amnistiar a un grupo de los insurgentes que dieron muerte a algunos de esos hombres y mujeres del ejército de Estados Unidos - estableciendo una distinción entre las bombas colocadas al lado del camino por musulmanes sunitas en "resistencia" a la ocupación estadounidense y las colocadas por extranjeros miembros de al-Qaeda que libran la guerra santa. Si esto sucede, habremos enseñado bien a los iraquíes. Estarán diciendo "discúlpenme" igual que sus maestros norteamericanos.
La generación actual de "yihadistas" se forjó en Afganistán luchando contra la ocupación soviética. ¿Qué tiempo permanecerá con nosotros la próxima generación que hoy se forja en Irak peleando contra la ocupación estadounidense?
Irak es solo uno de los teatros de la "guerra" de Bush. En otra parte del planeta, Afganistán se encuentra de nuevo candente al contraatacar los resurgentes talibanes. Somalia se encuentra bajo el dominio de una milicia islámica que pudiera albergar combatientes de al-Qaeda. La popularidad de Estados Unidos en el mundo continúa decayendo.
Pero George W. Bush sigue adelante tratando en vano de acabar con una ideología venenosa y retrógrada mediante balas y bombas. Su guerra se auto perpetúa y nadie siquiera sabe a qué se parecerá la victoria. Mucho después de que él ya no esté, aún estaremos buscando la manera de poner fin a este desastre que él comenzó.