La noticia es un absurdo cotidiano. Ni Hollywood se atreve ya a presentar en la pantalla ciertos hechos de la realidad, corroídos e irrazonables. Prefiere los cuentos de exorcistas - The Exorcism of Emily Rose recauda más de 30 millones de dólares-, la saga fantástica de Harry Potters y el regreso de Supermán, argumentos más creíbles que las fotografías de los torturados en Iraq, la extraña perdigonada al amigo "cazado" por el Vicepresidente Dick Cheney y la tenebrosa red de escucha de la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana, con tentáculos capaces de husmear en 9 trillones de mensajes electrónicos al año.
La mente ociosa de un guionista de Hollywood no podría inventarse una historia tan fantástica como la que relata James Risen, periodista de The New York Times, en su muy reciente libro State of War: the Secret History of the CIA (Estado de Guerra: la Historia Secreta de la CIA). Una fábula así no clasificaría ni como argumento de un dibujo animado, pero ahí está, absurdamente documentada por expertos de la CIA y tenebrosos agentes que admitieron el fracaso y el ridículo nada menos que al más famoso de los expertos en Inteligencia de la prensa norteamericana.
El hecho se remonta a febrero de 2000. La Agencia Central de Inteligencia quería saber la capacidad de Irán de construir un artefacto nuclear y se le ocurrió enviar a la Embajada del país islámico en Viena a un científico ruso, antiguo desertor soviético, con los planos de un sistema para activar un potente dispositivo de energía nuclear. La Operación, cuyo nombre en clave era "Merlín", intentaba medir el grado de conocimiento nuclear de los iraníes, que defendían entonces -y defienden- el desarrollo pacífico de la tecnología nuclear.
"La CIA tenía en sus manos el secreto de cómo crear una perfecta implosión que pudiera desencadenar una reacción nuclear dentro de un coro pequeño esférico, uno de los secretos de ingeniería más grandes del mundo", escribe Risen. La tarea que la Agencia Central de Inteligencia le dio al ruso era hacerse pasar por un científico que estaba dispuesto a vender su secreto al mejor postor. Para asegurarse de que Irán no tuviera el plano real del dispositivo, la CIA cambió algunos datos esenciales, sin imaginar que el científico revisaría las fórmulas e identificaría los errores, advirtiendo a los iraníes los defectos del plano.
"El ruso fue, sin saberlo, el personaje principal de una de las operaciones más irresponsables e imprudentes en la historia de la CIA", concluye Risen, quien revela estos pormenores cuatro años después del suceso, mientras Washington desata sus terribles amenazas contra Teherán.
Cualquiera estaría de acuerdo con que una historia así es imposible de dramatizar en un filme que no sea de clase Z, pero ¿cuántas como estas se sabrán algún día? ¿Cuántos años tendrán que transcurrir antes de que algún sagaz periodista del Washington Post o del New York Times, publique la previsible e increíble serie de artículos, denunciando la participación de la Agencia Central de Inteligencia en tal o cual atentado (exitoso o fatídico) o en tal o cual intervención militar (generalmente exitosa)? Y, al final, ¿a quién le importa? ¿Será que el absurdo es la otra cara de la impunidad?
Ni en Hollywood
Rosa Miriam ElizaldeOpinión
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