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Mardi Gras en Nueva Orleans

En medio el dolor y la desesperación latente se ha iniciado el Mardi Gras. Famosas fiestas carnavalescas de Nueva Orleans, tan célebres como la urbe misma, pero para buena parte de quienes residen en ese territorio del sureste de Estados Unidos, el hecho puede sonar como una broma de mal gusto cuando no pocos sostienen que aquello parece "una ciudad en guerra", "literalmente todavía en huracán".

  A unos tres metros bajo el nivel del mar, ubicada entre el gigante río Misisipi y el lago Pontchartrain, en un área geográfica de intensa actividad meteorológica, la inundación de Nueva Orleans no podía ser una sorpresa; sin embargo, los políticos ignoraron las advertencias de ecologistas y hombres de ciencia. El rompimiento de los diques ocasionó 200 000 casas anegadas.

   Mas, aún sigue el desconsuelo. La ciudad del Blues no encuentra remedio definitivo para los males que le dejó la fuerza de los huracanes Katrina y Rita durante los meses de agosto y septiembre del pasado año, aunque George Bush dijo mostrarse "bastante impresionado" por el contraste existente entre lo que había visto y lo que halló en su más reciente visita a Nueva Orleans.

   Tal es así que a juicio del presidente la maltrecha metrópoli le recuerda a "la ciudad que solía visitar" antes de las inundaciones, así lo aseguró ante empresarios y autoridades locales encargadas de la reconstrucción.  Al parecer en sus "impresiones" no cuentan las quejas de los cientos, miles de residentes de la zona, inconformes con los planes del nuevo mapa que adquirirá Nueva Orleans cuando concluyan las obras de recuperación. 
  Aunque no deja de tener lógica la idea del mandatario de que "el contraste entre lo que he visto hoy y lo que había la última vez es bastante impresionante", porque cinco meses después de la tragedia todavía aparecen cadáveres entre los despojos y apenas un tercio de los pobladores han vuelto a sus hogares.

  Numerosos barrios se mantienen desolados, en particular, según un despacho publicado por la agencia EFE desde Washington, el célebre Noveno Distrito, cuyos servicios de electricidad permanecen interrumpidos, la basura se acumula por montones y las casas reducidas a escombros, recuerden a cada instante las jornadas del desastre.  
  Lamentablemente, el periplo de Bush es solo parte de una agenda que intenta dar viso de preocupación al compromiso del gobierno federal con este sensible asunto, que puso al descubierto la vulnerabilidad de la gran potencia: en minutos puede invadir países en el otro extremo del mundo y le resulta imposible evacuar y resolver los problemas de su gente ante un fenómeno natural.

  El jefe de la Oficina Oval llegó a Nueva Orleans un día después que las autoridades locales presentaran su plan de reformas para la restauración que, a todas luces, es rechazado por miles de ciudadanos.

  Ocurre que ese plan propone una Nueva Orleans más pequeña que la ciudad de medio millón de habitantes que existía antes del 29 de agosto. Será dotada de modernos servicios, pero excluyen, "dejan fuera" en este rediseño a una parte sensible de las áreas más golpeadas por el meteoro.

  El proyecto, como era de esperar, ha exacerbado múltiples opiniones y un profundo malestar, en especial porque los territorios más afectados por la inundación estaban habitados en su mayoría por residentes negros, generalmente los más pobres, quienes ahora se quejan de que el proyecto constituye una velada maniobra para librarse de ellos, tal vez una lección de práctica racista, hija de las acciones promovidas por muchos blancos sureños, fundadores del Ku Klux Klan. 

 Actualmente, la mayor parte de los que han regresado a sus casas en las llamadas áreas secas de Nueva Orleans como el Barrio Francés, el Garden District, Audubon o el Jefferson Parish son blancos. Los que todavía aguardan por soluciones casi a la intemperie son abrumadoramente negros.

 Justo hace poco se ha desatado también un litigio con el gobierno sobre la ubicación de miles de casas remolques para satisfacer la solicitud hecha a la Agencia Federal de Administración de Emergencias (FEMA por sus siglas en inglés) por alrededor de 46 800 familias damnificadas.

  Por otra parte, no baja la fiebre desatada por Katrina hacia la privatización. Las firmas Bechtel, Fluor, Haliburton y Shaw -el mismo grupo corporativo que en los últimos años ha recibido millones de dólares destinados para el restablecimiento de los servicios esenciales de Iraq a niveles similares a los que tenía esa nación antes de la guerra- se distribuyen a pedacitos Nueva Orleans. Una antológica frase del presidente norteamericano todo lo resume: las tierras destrozadas son "zonas de oportunidad".

   Pero la situación podría complicarse más. De cara a la temporada ciclónica del 2006, que comienza el 1 de junio, el cuerpo de ingenieros que interviene en las labores de rehabilitación se queja de que no le queda mucho tiempo para reponer las 170 millas de diques que contendrían la furia de las aguas de presentarse otro evento parecido al Katrina o Rita. 

   Para algunos entendidos lo que se está haciendo es aplicar "curitas", cuando lo inaplazable sería "implementar proyectos que vuelvan seguro a Nueva Orleans", según dijo a El Nuevo Herald Ivor van Heerden, un ingeniero civil de la Universidad estatal de Louisana. 

   Es muy peligroso que ese ya devastado centro turístico y cultural del sur estadounidense tenga que enfrentar el 2006 con similar protección a la de los últimos 30 años, pues aunque "todo el mundo quiere soluciones a largo plazo de un día para otro, no hay  ni  tiempo ni fondos para transformar la barreras para junio", como apuntó uno de los directivos de los trabajos, que incluirán la elevación de la altura original de los diques que se han hundido, sin reemplazar las secciones que sobrevivieron intactas a los embates atmosféricos del 2005.

   Mientras, las autoridades siguen pidiendo paciencia a los desamparados. Bush se lava las manos y prefiere que las discusiones sobre si desparecen o no las áreas de negros más pobres quede fuera de discusiones en la Casa Blanca y se circunscriba a las decisiones del gobierno local, y el alcalde de Nueva Orleans, Ray Nagin, pica una gran torta morada para marcar el inicio del carnaval número 150, doce días después de Navidad, desoyendo el clamor de las críticas sobre lo improcedente de festejar en medio de tanta destrucción y desconsuelo.

  No obstante Nagin es bien pragmático -el muerto al hoyo-, hay que pensar en la economía. El Mardi Gras, cuya fiesta culminante será el 28 de febrero, atrae a más de 135 000 turistas cada año y es una de las principales fuentes de ingresos de la ciudad.
Además, tampoco hay mucho de qué preocuparse, porque las celebraciones se concentran en el French Quarter, una de las zonas que menos sufrió el embate de Katrina e impiden ver la cara oculta de Nueva Orleans.