Miami.- Hoy, a 513 años de la fecha del 12 de Octubre, la cual el parlamento del pueblo Aymara declaró "el Día de la Desgracia", no debemos recordarla sólo para lograr entender la necesidad del conocimiento de la invasión, conquista y colonización por los europeos de estas tierras que hoy con tanto cariño llamamos América, sino que también esta fecha es símbolo de la vivencia en nuestra América, del choque y de la lucha entre dos culturas, entre dos entendimientos de la vida, la del opresor y la del oprimido.
La violencia, la arbitrariedad, la injusticia, la miseria y el pudrimiento moral y físico han caracterizado el régimen impuro que por más de medio milenio ha sojuzgado a nuestra América.
Algunas cifras demuestran la magnitud de la catástrofe. Según estimados del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que aún siendo una fuente que no es muy confiable, sus estudios establecen que la América Latina tiene las peores desigualdades económicas del mundo. Entre esas cifras citamos las siguientes: el 10 por ciento de las sectores más ricos tienen ingresos 84 veces superiores al 20 por ciento de los más pobres; 85 por ciento de los niños latinoamericanos viven en la pobreza; en la América Central más del 75 por ciento de su población vive en estado de pobreza extrema; en Argentina, que produce suficiente carne y trigo para alimentar a 350 millones de personas, 8 millones de personas (más del 20 por ciento de su población) son indigentes y sufren desnutrición; en México, cerca del 60 por ciento de su población vive en la pobreza; y en Brasil, 52 millones de personas viven igualmente.
Los más de quinientos años de luchas en estas tierras contra este constante estado de cosas han forjado el singular destino común de nuestros pueblos. La magnitud del espanto de la realidad de la vida en nuestra América nos obliga, como anteriormente obligó a otras generaciones, al indisoluble compromiso con la justicia y con los que con gallarda valentía se enfrentan a los opresores.
Los opresores siempre han distinguido a la Revolución Cubana, como el peligro mayor para sus intereses; ahora distinguen igualmente a la Revolución Bolivariana. Durante décadas que parecen haber sido interminables, los enemigos de la Revolución de los cubanos, invocando a los demonios de la reacción, han estado tocando a rebato para provocar su aniquilamiento. Pero también durante ese tiempo a rebato ha estado tocando lo mejor y lo más consciente de ese pueblo, y del resto de la humanidad, para impedir la consumación de la vil conjura en contra de Cuba.
Precisamente, recientemente, el 10 de Octubre, el pueblo cubano festejó el 137 Aniversario del Grito de Yara, el comienzo de su proceso de liberación nacional que culmina y se consolida a través de la revolución triunfante. Ese 10 de Octubre comenzó un titánico proceso que se enmarca, durante lo restante del Siglo XIX, en tres guerras por la independencia de España y por establecer una sociedad mucho más justa, en el que se forja la nación cubana.
Ese esfuerzo, aunque logró la victoria militar en contra de España, se vio frustrado por la intervención militar de Estados Unidos en su incesante ambición por anexarse a Cuba. La lucha por lograr la plena independencia y la justicia social continuó durante las primeras seis décadas del Siglo XX.
El batallar fue heroico. El dolor mucho. Lo mejor de generaciones de cubanas y cubanos se entregaron a la causa redentora. A pesar del poder del imperio y de los intereses espurios y antinacionales de la clase gobernante, siempre aliada al imperio, el proceso libertario culmina con la victoria y la toma del poder en enero de 1959.
Desde entonces a acá el batallar por consolidar y desarrollar el proceso revolucionario de los cubanos ha sido épico. El imperio y la contrarrevolución, despreciados por la decencia, no cejan en intentar destruir los logros de la nación cubana. A su vez, la constancia patriótica y revolucionaria del pueblo cubano, que los ha hecho posible, se mantiene perenne como el verde en los árboles del trópico.
Andrés Gómez es el director de Areítodigital.