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Reventado

Mientras esperamos que Dennis termine de pasar por la ciudad a oscuras y expectante, Omar Valiño, crítico de teatro y vecino, sienta a Sarah Kane en la conversación, cuando el tema deriva, inexorablemente, a otra noticia de las últimas horas: el atentado terrorista en Londres.

Tal vez el momento no está para recordar las bombas en la ciudad a la vera del Támesis. El huracán sacude las ventanas y sus vientos gimen y maldicen casi con tanta furia como la gente atrapada en las entrañas del metro londinense. O tal vez sí, porque aunque nosotros sabemos que en el edificio no va a ocurrir nada grave, aunque estallen los cristales y se inunden los apartamentos, no deja de preocuparnos el prójimo desprevenido y los recintos vulnerables de esta ciudad, nuestra ciudad, que quizás pueda ser blanco de una estocada mortal de Dennis que viene, literalmente, "moliendo la Isla".

En otra dimensión, sin alerta previa y en condiciones mucho más frágiles, algo así deben sentir ahora mismo no solo los londinenses que han vivido la atroz experiencia del terrorismo y tal vez vuelvan a vivirla, sino otros muchos europeos cuyos gobiernos se afiliaron a la guerra de Bush. Como los italianos, que este viernes se hacían una pregunta obsesiva: ¿y cuándo nos tocará a nosotros?

Por eso Valiño recuerda a Sarah Kane, la talentosa dramaturga inglesa, cuando la incertidumbre por el paso del huracán Dennis y la monstruosa noticia de los atentados dinamiteros que provocaron cientos de víctimas inocentes dan vueltas, juntas, en los mensajes cablegráficos.  La tesis de esta mujer, quien murió prematuramente víctima de sí misma, es que en este mundo todo está conectado, y la violencia genera violencia,  y no es posible provocar dolor a otros, sin que puntualmente este no recaiga en algún momento, con más fuerza, contra quien lo provoca.

La historia de una de sus obras más conocidas, Blasted (Reventado), transcurre en el hotel Bosnia en el corazón de Leeds  y los sucesos que allí involucran a tres personajes reflejan el dolor y el sufrimiento que Bosnia padece con los bombardeos de la OTAN.  El espectador se transporta a un mundo de violencia sin límites, y lo hace de la forma más cruda posible. Con premeditación, y sin ningún eufemismo que suavice la acción o el diálogo, se suceden escenas de agresiones sexuales detalladas, de canibalismo, de fanatismo, desencadenados todos los resortes de la más baja condición humana. Ese hotel que se nos presenta como un paréntesis en medio de los fogonazos y las bombas que se escuchan allá a lo lejos, es en realidad otro ámbito donde también estalla el terror del modo más crudo posible.

Con la tensión más dolorida, el espectador penetra a un mundo donde todo es oscuridad y abismo…  Lo que nos dice esta mujer es que quien genera violencia está expuesto a ella.  Nadie puede emprender una guerra en otra parte y mantener la destrucción y la sangre lejos de sí. Esa es la lección de Sarah Kane y del Londres que ella anticipó en esta obra antológica.  Algo que se siente con particular sensibilidad en medio de un huracán, aunque sepamos que no solo es posible mitigar la estela de destrucción de Dennis, sino que jamás la naturaleza llegará al límite de premeditación y cinismo que ha instituido en este mundo la propia existencia humana.