Especial para Cubadebate
Si nos guiamos por los expertos, el tímido proceso por delitos migratorios que la administración norteamericana se ha visto obligada a abrirle a Luis Posada Carriles, incluso ignorando el abultado expediente terrorista del imputado, podría demorar meses y hasta años.
La demora, aunque irrita, no ha sorprendido al común de los cubanos. Todos los que siguen el tema al detalle se percatan de que un debate en Cortes -aunque solo sea por asuntos migratorios- es lo último que desearía la dinastía Bush para alguien como Posada.
Para Pedro Céspedes, un jubilado que busca todo lo que se publica sobre el tema, la audiencia del 13 de junio no fue una sorpresa: "Los americanos se las ingenian siempre para marear al resto del mundo con sus procesos legales complicados, pero si usted los conoce, no pueden engañarlo. Yo sabía que no iban a decidir nada de Posada, como sabía que la con la plata que tiene, a Michael Jackson lo iban a declarar absuelto. "
Como muchos otros cubanos, este hombre está convencido de que "Posada sabe demasiado" y que "sus socios están chantajeando al gobierno americano". "Venezuela lo reclama por lo que hizo, pero los yanquis no quieren dárselo por lo que sabe", dice Pedro mientras esgrime el periódico del día, donde aparece un artículo que habla de los vínculos del terrorista con el padre del actual presidente de Estados Unidos.
Lo lógica popular tiene el aplastante respaldo de la historia pasada y presente. En los documentos de la CIA y el FBI que está publicando el Archivo de Seguridad Nacional, se confirma que la vocación chantajista del grupo de Posada y Orlando Bosch tiene mucho que ver con la impunidad de la que han gozado y se vanaglorian esos expertos entrenados por la CIA.
Por donde quiera emergen acciones y amenazas a los gobiernos regionales que no cooperaran con el terrorismo anticubano. Y aparecen también los órganos de inteligencia norteamericanos dejándoles hacer y virando la vista hacia otro lado en cínicos memorandos que ni con mil tachaduras pueden lavar las culpas de quienes, teniendo el poder real para detener los crímenes anunciados, eligieron pasar nota a sus jefes y esperar que el tiempo desclasificara papeles. ¿No sería porque era lo que querían sus jefes?
El estiramiento innecesario del proceso que se ha producido ahora, tanto como los silencios y las contradictorias declaraciones de la administración Bush que tuvieron lugar antes y durante la detención de Posada, dicen más que todo lo que ahora quisieran hacerle callar al terrorista.
Ni Osama Ben Laden y su virtual red Al Queda tienen documentado su historial terrorista como Luis Posada Carriles, Orlando Bosch y la red de CORU, cuyos rastros criminales van de un país a otro, de un atentado a otro, pero indefectiblemente marcan uno de los periodos más oscuros de la política imperial en su propio continente.
Porque por más que se intente, ya no hay forma de separar las rutas terroristas anticubanas de la política norteamericana, durante más de tres décadas. De la Operación 40 a Fort Benning, de Venezuela a Chile y a Centroamérica, del asesinato de Kennedy a los escándalos del Watergate o el Irán-Contra; de las desapariciones a las torturas y los cientos atentados con bombas de la invasión directa a la guerra sucia, los nombres de los asesinos se repiten una y otra vez. Pero también se repiten los de sus jefes, sea desde la CIA o desde la Vicepresidencia o la propia Presidencia de Estados Unidos.
De esa comunidad de propósitos y planes con la jefatura del imperio le viene a Posada, como antes le llegó a Orlando Bosch y más tarde a los Novo Sampoll o a Jiménez Escobedo, la certeza de que tendrán "cielo seguro" en un país que dice librar una cruzada antiterrorista.
En lo que tantas veces dijo el abogado, Eduardo Soto, sobre los servicios de su cliente a la CIA, está la clave de la presión nada discreta que ejercen los terroristas sobre las autoridades norteamericanas desde que Posada se bajó del Santrina.
Y cuando se leen las declaraciones de Posada al New York Times en julio de 1998 en cuanto a que antes le llamaban patriota y ahora terrorista, se comprende la absurda pretensión del abogado de que su cliente no perdió la residencia legal en años de ausencia y de que clasifica para asilo con tanto crimen a cuesta.
Claramente, por venir de donde han venido siempre las órdenes y los dineros para cada acción terrorista, Posada y sus socios siguen esperando impunidad. Como le adelantó uno de sus socios a Ann Louise Bardach : un Bush en el poder era la única garantía para la pronta salida de los detenidos en Panamá en aquel año 2 000 en que la mafia cubano americana se robó las elecciones para el hijo de Papá. Ya solo falta recibir a Posada en Miami para que se cumpla totalmente el pronóstico aquel.
El error fue pretender legalizar todo lo que antes le habían resuelto fuera de la ley: con fugas custodiadas, pasaportes falsos o indultos presidenciales. Posada no sabe, porque nunca lo ha hecho, moverse dentro de la ley. Y ahí lo tienen, convertido en un problema para la administración del imperio que también es muy torpe en asunto de leyes, aunque insistan en publicitar lo contrario.
Posada, su abogado y su vocero avalan la demanda de asilo con los servicios prestados a la CIA. Lo que no acaban de comprender es que esos "méritos" son exactamente los crímenes del imperio y que sería mejor no hablar de ellos, en una época de despertar de Latinoamérica.
Miren que todavía no ha abierto la boca el terrorista y ya se han destapado más revelaciones que todas las que se conocían en los largos años de vínculos del terrorismo con el poder real dentro de Estados Unidos.
Por eso las dilaciones con nuevas audiencias, los oídos cerrados a la solicitud de extradición de Venezuela y la ridícula acusación que pretende convertirlo en un simple emigrante ilegal.
Y por eso también la permanente advertencia sobre los riesgos de que puedan desaparecerlo: no ya matarlo que a estas alturas levantaría un escándalo demasiado grande, sino desaparecerlo al estilo de un thriller de Hollywood (provocándole un ataque repentino) o de una historia real de la CIA en contubernio con el FBI: pasándolo al programa de protección de testigos. ¿No fue acaso esa la fórmula que se usó para rescatar al oficial CIA Michael Towmley, asesino de Carlos Prats y de Orlando Letelier que ahora goza de protección oficial de las autoridades norteamericanas?
El proceso puede demorar años, repiten los expertos. Y ese sería el tiempo justo para burlar la justicia, porque Posada no se entiende con procesos legales y ya se sabe que cuando los delincuentes están al mando, se pone en práctica el viejo proverbio de que "el que hizo la ley, hizo la trampa".