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Bush & Kerry: Monólogo para dos

Un empate o una victoria que no elevó el conteo de los votos del oponente demócrata -o sea, una derrota- fue el veredicto dictaminado por las encuestas después de concluido el primer debate cara a cara entre los dos "contendientes" a la presidencia de los Estados Unidos.

El muy esperado duelo que tuvo como escenario la Universidad de la Florida no pasó de ser otra puesta en escena para perpetuar el mito de lo que se conoce como democracia americana. Los debates presidenciales, que ocurren de manera interrumpida desde 1976, han servido históricamente, más que para poner en evidencia las dispares propuestas electorales de los dos partidos tradicionales, como una oportunidad para que los candidatos desplieguen a la vista de los electores su encanto personal, un parámetro decisivo en las urnas estadounidenses.

Por tal razón, más que en los temas políticos, los medios basaron sus predicciones en las capacidades como oradores de ambos rivales. Discípulos de un mismo profesor de oratoria en Yale, el otrora alumno C, George W. Bush, fue presentado como favorito debido a su obcecada estupidez de repetir una y otra vez -a la manera de Goebbels- y de la forma más sencilla posible, unos pocos argumentos. Las predicciones a favor de Bush recordaban aquel chiste borgiano que aseguraba que "el fútbol era popular porque la estupidez era popular". De los pronósticos de una buena parte de la prensa se deducía que Bush tenía todas las de ganar simplemente porque era un estúpido y no hay nada más norteamericano que la estupidez.

En consonancia, en la esquina opuesta, el rival del presidente era presentado paradójicamente como perdedor precisamente por lo contrario: sus buenas dotes oratorias y por explicar demasiado las cosas, algo muy difícil de asimilar por la proverbial necedad yanqui.

Pero todo esto no va más allá de la mera banalidad, del oropel escenográfico de ese show mediático que son los debates. Las dotes oratorias de los contrarios, el fondo azul sobre el que se colgó el águila imperial, la alfombra roja o el color de las corbatas de ambos aspirantes, son el atrezzo que sirve para entretener no solo a los subnormales norteamericanos sino a sus pares de otras latitudes.

Lo cierto es que de esencial el debate tuvo poco. El pico fino de Kerry, en vez de argumentar que matar terroristas con armas inteligentes y bombas de uranio enriquecido, es tan absurdo como cazar tomeguines a cañonazos, se limitó a hacer el "descubrimiento" de que su rival, en vez de continuar tras la pista del malo de la película Osama Bin Laden, inició una nueva guerra contra Irak. 

Kerry podía haberse anotado un contundente tanto a su favor si hubiese mencionado cuáles habían sido las verdaderas razones de la guerra de venganza desencadenada contra Afganistán y mencionado a las corporaciones que se beneficiarán con ella. Pero el demócrata, en cambio, escogió cuestionar la fracasada invasión iraquí desde el punto de vista, no ya de sus fines, sino de sus medios. Y para darle la razón a su rival respecto a su don de la ambigüedad, afirmó: ''Tengo un plan para Irak, creo que podemos ganar. No hablo de abandonar, hablo de ganar. Necesitamos un nuevo inicio, una nueva credibilidad, un presidente que pueda atraer a aliados a nuestro lado''. O sea, que según Kerry, el fracaso en Irak no se debía a haber desencadenado una invasión injusta contra un pueblo que nunca agredió a los Estados Unidos, ni tenía capacidad para hacerlo, sino al hecho de que solo los norteamericanos ponían los muertos. Si los cadáveres llegaran en ataúdes cubiertos con las banderas de otros países, no habría, por tanto, mucho de que preocuparse.

De igual forma, desaprovechó un escenario como el de Florida para dejar al descubierto el doble rasero con que su supuesto "inflexible y duro" rival maneja el tema del terrorismo. Para destruir a su obcecado rival, Kerry solo tenía que recordar la contradicción evidente que existe entre el caso de los cuatro criminales de origen cubano recientemente indultados por el gobierno norteamericano en Panamá, tres de ellos acogidos como héroes a su llegada a ese estado, y el de los cinco patriotas cubanos que sufren severas penas de cárcel en territorio norteamericano por tratar de contener a la mafia terrorista de Miami.

En vez de ello, Kerry gastó unos cuantos minutos en acusar a Bush de ocuparse Irak mientras Corea e Irán -esperemos que cuente con mejores fuentes que su antagonista- se apertrechaban con armas de destrucción masiva. De igual forma, coincidió con el actual presidente en que las armas atómicas, en manos de imprecisos enemigos, eran el primer problema para la seguridad de Estados Unidos por lo que se hace imprescindible mantener la política de guerra preventiva.

Ante tal comunidad de intereses, el directo Bush, como se esperaba, se limitó a poner práctica su habitual estilo nazi de repetir falsas consignas: ''Vimos un peligro en Irak y nos dimos cuenta que, después del 11 de septiembre, debemos tomar los peligros en serio antes de que se concreten. Ahora Sadam Hussein está en una celda. América y el mundo están más seguros'' y ''Si perdemos nuestra voluntad, perdemos'', así como a burlarse de la ambigüedad de los argumentos de su oponente. ''Lo que es engañoso es decir que puedes liderar y vencer en Irak si cambias de posición continuamente''.

Aunque antes de noviembre faltan dos debates más para distraer a los electores de los verdaderos problemas que afectan al imperio, nada indica que la estrategia de ambos "peleadores" vaya a cambiar mucho en tan corto tiempo. Por lo menos, hasta ahora, el papel de Kerry parece limitarse a servirle, en pos de mantener viva la ficción del bipartidismo, de ambiguo alter ego a su rival republicano. 

Incluso, si quienes realmente diseñan la política exterior norteamericana, en dependencia de lo que suceda en Irak o algún otro "oscuro rincón del mundo" en los próximos 30 días, apostaran por "una nueva credibilidad" para limpiar la sucia imagen internacional de Estados Unidos, la victoria sería, como siempre, para unas cuantas corporaciones -las mismas, por cierto- que sufragan las campañas de ambos aspirantes.

En caso de ganar Bush, el problema estaría en adivinar si en el 2008 el presidente, de acuerdo a la Constitución, abandonaría de buena gana su cargo o, ante una nueva terrible amenaza o ataque terrorista contra los Estados Unidos, optaría por auto coronarse, de una vez por todas, como emperador.