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Lo que también está en juego en Noviembre: Cómo ve el mundo a los Norteamericanos

La particular fiereza de la lucha por la Casa Blanca este año no es un accidente de personalidad o circunstancias. Los norteamericanos se han apasionado más por esta elección porque sienten que tiene un mayor significado. Tienen razón.

De muchas maneras, la carrera del 2004 es un vertimiento para la nación. Definirá no sólo el futuro del país, sino la manera que Estados Unidos -tanto el gobierno como el pueblo norteamericano- es visto en el mundo. Esta elección será una prueba de si los electores norteamericanos están dispuestos a apoyar el enfoque agresivo y unilateral de la política exterior por parte de la Administración, el cual es despreciado por la mayor parte del mundo, así como la guerra de clases interna desde arriba, percibida internacionalmente como bárbara.

Realmente la primera elección de Bush no fue un mandato para las políticas que él ha seguido.  Es más, durante los últimos cuatro años la presidencia y las políticas de Bush han estado contaminadas por partida triple.

Primero, Bush no fue elegido democráticamente, independientemente de cualquier otra cosa, este hecho no ha sido refutado y es innegable: Al Gore obtuvo más votos que Bush. La ascensión de Bush a la presidencia no hubiera tenido lugar en cualquier otra democracia y sólo fue posible debido a la anacrónica y antidemocrática institución del colegio electoral

Segundo, incluso con las reglas del Colegio Electoral, Bush no hubiera llegado a la Casa Blanca sin una importante ayuda de una mayoría partidista en el Tribunal Supremo de EEUU, militantes del Partido Republicano que controlan y manipularon el proceso electoral en el estado clave de la Florida y una serie de errores y desperfectos técnicos como el voto de "mariposa" en el condado de Palm Beach.

Por último, incluso los votos que Bush obtuvo no fueron votos para el tipo de políticas que él ha realizado. En el 2000 Bush vendió a los electores el conservadurismo compasivo en el plano interno y una humilde política exterior. Una vez en el poder, su política social ha sido darwinista y de su política exterior pudiera decirse que es la más arrogante de la historia norteamericana.

Estos antecedentes sugieren por qué, mientras el mundo veía consternado a la administración cómo Bush violaba tratados internacionales, atropellaba a las Naciones Unidas, iniciaba una guerra electiva en violación del derecho internacional e instituía el derecho de realizar una acción militar por su propia voluntad, se podía diferenciar fácilmente al pueblo norteamericano de las política del gobierno de EEUU. Y era creíble para los que se oponen a Bush aquí en Estados Unidos argumentar que las políticas ofensivas de la Administración no representan las opiniones de la mayoría de los norteamericanos.

Tales distinciones y argumentos ya no serán viables si Bush gana limpia y justamente en noviembre. Parafraseando a Lincoln libremente, en una democracia se puede engañar a la mayor del pueblo parte del tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. Y a estas alturas todo está a la vista del electorado norteamericano para que vean y juzguen; desprecio por el derecho y la opinión internacionales, una ilegítima y extremadamente costosa guerra electiva a la que se fue bajo falsas premisas y ha sido conducida ineptamente, los horrores de Abu Ghraib y Guantánamo; la limitación de derechos en el interior del país; y una ineficaz política económica que recompensa sistemáticamente a los que más se benefician de las más ricas recompensas de la sociedad.

La gente en el resto del mundo no está demasiado preocupada acerca de las decisiones que los norteamericanos toman en su propia sociedad. Pero está extremadamente preocupada de la manera en que Estados Unidos actúa en el mundo. Desde Argentina a Alemania, de Sudáfrica a  Corea del Sur, de Francia a Líbano una victoria de Bush será considerada nada menos que como la ratificación por el pueblo norteamericano de una descarada arrogancia imperial.

Hasta ahora, la indignación internacional contra Estados Unidos ha estado dirigida a su gobierno, sus políticas y su líder George Bush. Con excepción de los fanáticos, la mayoría de la gente en el extranjero tiende a absolver a los norteamericanos de la culpa relacionada con la política gubernamental de EEUU. El antinorteamericanismo hasta ahora ha sido un término inapropiado o una acusación empleada por conservadores para desechar a los críticos extranjeros y calumniar a los opositores internos.

Puede que no pase mucho tiempo para que eso ya no sea así, especialmente si Bush gana. En un sistema en el que los ciudadanos eligen a su gobierno, el pueblo tiene una responsabilidad significativa si recompensa con su voto a los que llevan a cabo políticas injustas. Un triunfo de Bush hará nacer un auténtico antinorteamericanismo. Los costos humanos y económicos de ser intensamente antipáticos como pueblo y no sólo como gobierno será enorme para los norteamericanos individuales, para el comercio de EEUU y para el interés nacional.

En la Declaración de Independencia, los fundadores de la república norteamericana aseguraron "un respeto decente por las opiniones de la humanidad". La Administración Bush una y otra vez ha demostrado lo opuesto, un escandaloso desprecio por las opiniones de la mayor parte de la humanidad. John Kerry ha prometido una política exterior más acorde con la mejor tradición  norteamericana.

¿Cuál será el camino que escogerá el pueblo de Estados Unidos?

 

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