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El dulce abismo

 

Entre las múltiples posibilidades de lectura que nos ofrece El dulce abismo (Editorial José Martí, 2004), hay una que agudamente reconoce en el prólogo la escritora norteamericana Alice Walker y que tal vez resume todas las demás: los Cinco como símbolos de majestad en el amor.

"Estos hombres (…) están demostrando algo extraordinario que no debe ser ignorado por el resto de nosotros: que el continuar amando con profundidad y ternura honra los mayores logros de la Revolución", escribe, y páginas adelante encontramos efectivamente un diálogo de profunda tensión emocional, armado con cartas, dibujos y fotografías, entrecruzadas, de los Cinco y sus familiares más allegados.

A sabiendas además de que no hay allí una sola situación inventada, sino la verdad cruda de niños y padres violentamente separados, y de seres humanos envueltos en una injusticia política que es sobre todo tragedia familiar, pocas veces una encuentra un libro donde el sentimiento esté tan a flor de piel, tan para adentro y desde adentro, tan confidencial -"esa hermosa palabra con la que cuenta el hombre para sobrevivir", como diría Julio Cortázar.

Se ha hablado del drama de Gerardo, Ramón, Tony, Fernando y René, de sus esposas y madres, de sus hijos, pero rara vez se ha tocando tan a fondo como aquí.  En El dulce abismo -justo título, tomado de una estrofa de la "Amada", de Silvio Rodríguez- nos enteramos de que Adriana y Gerardo siguen soñando la posibilidad de tener hijos, a pesar de que sobre él pesan dos cadenas perpetuas, y a ella no le han permitido verlo en la cárcel, ni una sola vez. Que Rosa Aurora, la esposa de Fernando, no puede llevarse de vuelta, cuando va a ver a su compañero, ni siquiera una caricia, y  ellos solo logran un mínimo abrazo, a hurtadillas, si los carceleros les permiten fotografiarse juntos. Mirta, la mamá de Tony, habla del niño que él fue, mientras Antonio construye una relación especialísima y cercana con sus dos hijos a miles de kilómetros de South Florence, Colorado. Logra por escrito una conversación tan fluida, una presencia tan vital, como la que quisiéramos tener con nuestros hijos, a quienes, sin embargo, vemos a diario y llevamos a la escuela y no siempre mantenemos con ellos la comunicación que merecen.

Se nos aprieta el pecho de ternura y dolor cuando leemos las cartas de Ramón a sus hijas, inventando para ellas rutinas que les permitan educarle hábitos y principios, y que establezcan un pacto que hagan caer las barreras del tiempo y de la distancia.  Es imposible no conmoverse con lo que le responde la pequeña Lisbeth: "Te iba a preguntar cuando venías, pero mi mamá me dijo que no te lo dijera porque te pones muy triste."

Sí, porque en medio de toda esta historia desgarradora está también el sufrimiento y la esperanza de los niños, expresados en dibujos, cartas y anécdotas, como la que cuenta Olguita, la esposa de René: "Cuando alguien le hace a Ivette ese tipo de pregunta terrible que siempre mortifica a los niños -¿a quién tú quieres más?-, ella responde sin vacilar: ‘por ahora, a mi papá, porque es el que está solito'."