Juan Marrero, Premio Nacional de Periodismo "José Martí"
José Martí llamó recia y nauseabunda una campaña presidencial en los Estados Unidos. Transcurrido más de un siglo, eso no ha cambiado. Utilizando imágenes de las víctimas del bestial atentado terroristas del 11 de septiembre del 2001 a las torres gemelas de Nueva York, George W. Bush ha iniciado la campaña propagandística para su reelección al frente de la Casa Blanca. Sin escrúpulo alguno, pretende convertir en votos favorables para él, la sangre y la tragedia acontecida en aquella mañana otoñal.
Escenas de gente destrozada por la explosión causada por el impacto de los aviones proyectados sobre las torres gemelas, de cuerpos extraídos de las ruinas, envueltos por la bandera norteamericana, del heroísmo de los bomberos en el rescate de víctimas son presentadas en los "spots" que han comenzado a exhibirse, y reiterarse, en las pantallas de los principales canales de la televisión estadounidense, al mismo tiempo que muestra a la figura de George W. Bush como el político duro, firme e intransigente capaz de impedir que acciones terroristas de esa naturaleza vuelvan a repetirse. "Sé exactamente adonde quiero conducir este país. Sé lo que se necesita para el que mundo sea más libre y más pacífico", dice Bush en uno de esos anuncios.
John Kerry quien es el virtual candidato demócrata a la presidencia luego de su rotundo triunfo en las primarias del llamado "supermartes", ha advertido que si Bush quiere convertir a la seguridad nacional en un tema central de la campaña 2004, sólo le diría: "¡cuándo quiera!"
El tiro propagandístico inicial le ha salido a Bush por la culata. Las primeras reacciones así lo indican. Indignación ha provocado esa publicidad con objetivos políticos en muchos familiares de las víctimas del 11 de septiembre, que los han considerado desagradables, despreciables y de mal gusto. La Asociación de Bomberos de Nueva York acusó a Bush de hipócrita por utilizar dentro de su campaña política una escena de un bombero encima de las ruinas de las torres, pero guarda silencio sobre el recorte de los fondos del presupuesto para los servicios de emergencia de ese cuerpo.
No es ningún secreto que Bush cuenta con dinero suficiente para su campaña electoral. Se le considera el candidato más privilegiado en tal sentido. Antes de iniciarse las elecciones primarias del Partido Demócrata para la selección de su candidato presidencial, hace ya algunas semanas, el cofre de Bush tenía recaudados 90 millones de dólares para el inicio de su propaganda de reelección presidencial, es decir una suma superior al monto de que disponían los ocho aspirantes demócratas juntos. Sabido es que no son las virtudes humanas las que determinan un resultado electoral en Estados Unidos. El poder del dinero influye grandemente en ello. Quien más dinero posea tendrá la ventaja de desplegar una mayor propaganda política, de hacer un uso mayor de los medios de comunicación, de engañar y confundir a la población electoral, e incluso, como aconteció en el proceso electoral del 2000 en La Florida, de apelar al fraude.
Bush, sin embargo, tiene un techo de cristal, ya con múltiples rajaduras. No ha podido avanzar en la reconstrucción de Iraq, no obstante los más de 87 000 millones de dólares que pidió y le aprobó el Congreso de Washington. Internacionalmente e internamente ha quedado como un gran mentiroso por los pretextos utilizados para lanzar la guerra y ocupar militarmente a Iraq. No ha podido detener la resistencia del pueblo iraquí que ha causado la muerte de más de 500 soldados norteamericanos desde que Bush anunció el fin de la guerra. ¿Por qué el actual ocupante de la Casa Blanca no habla en sus mensajes televisivos de este dolor causado por él a centenares de familias norteamericanas, y del sobresalto y temores en que mantiene a decenas de miles más que tienen a sus esposos, hijos o nietos entre las tropas que ocupan el territorio iraquí? Hay, por otra parte, preocupación en círculos de pensamiento de Estados Unidos por las violaciones de derechos humanos que se están cometiendo a causa de los tratos crueles a que son sometidos los prisioneros de las guerras de Afganistán e Iraq en las cárceles yanquis en Iraq y en la Base Naval de Guantánamo, territorio cubano ocupado por el ejército de Estados Unidos.
Aún es temprano para hacer vaticinios sobre las elecciones de noviembre, pero lo que sí se ha hecho claro es que el tiro inicial propagandístico de Bush no le ha salido bien.