Max Castro
Nota del autor: A principios de diciembre del 2003, The Miami Herald me informó que eliminaría mi columna al finalizar el año
The Herald ha dado tantas diferentes razones para esta decisión como la administración Bush tiene para la guerra de Irak -y con igual credibilidad. En ambos casos, las razones verdaderas son transparentemente ideológicas. Mi habilidad como escritor y analista nunca ha sido cuestionada y ciertamente no por los editores del Herald. Mi trabajo ha aparecido en Newsday, Salon, San Jose Mercury News, Sun-Sentinel, New York Times (edición electrónica), Tallahassee Democrat y muchas otras publicaciones de Estados Unidos y América Latina. En los últimos cinco años fui coautor de un libro acerca del poder y los inmigrantes en Miami, edité un segundo libro acerca de la migración internacional y publiqué numerosos ensayos y artículos científicos. Mis opiniones han sido citadas ampliamente en la prensa de EEUU y la internacional y he realizado comentarios en CNN, Nightline, Frontline, el Show de Larry King, la Radio Pública Nacional (NPR) y otros medios.
Bajo cualquier otra circunstancia, un periódico promovería y vendería a un escritor con este historial. Pero los vientos ideológicos soplaban fuertemente en la otra dirección. Durante los cinco años que mis columnas aparecieron el periódico, me convertí en una voz cada vez más solitaria a medida que el Herald se desplazaba decididamente a la derecha en relación con Cuba y otros temas.
El hecho de que el Herald sustituya mi columna con otra por Carlos Alberto Montaner (traducida) refleja hasta donde está dispuesto a llegar el Herald para proyectar una voz editorial monolítica respecto a Cuba y Latinoamérica. También desmiente la explicación que los editores han dado a los lectores que han presentado sus quejas por la terminación de mi columna, o sea, que el periódico quiere voces más frescas y menos predecibles ideológicamente. ¿Es esto lo que quieren decir con frescas y nuevas? Durante más de tres décadas Carlos Alberto Montaner ha estado tocando los mismos temas hasta la nausea: ataques virulentos y muy personales contra Fidel Castro; críticas estridentes a líderes, partidos y movimientos en Latinoamérica que se inclinen aunque sea ligeramente a la izquierda; un compromiso ideológico con la versión más ortodoxa del capitalismo de laissez-faire y una total ausencia de preocupación por las consecuencias sociales o por las personas que las sufren; y la tesis de que todas las desgracias de Latinoamérica se derivan de los deficientes valores culturales de su pueblo y ninguno es a consecuencia de la explotación extranjera, y especialmente no por la hegemonía de EEUU.
¿Les suena familiar? Es lógico. Carlos Alberto Montaner es, esencialmente, Andrés Oppenheimer en speed. Sus opiniones y obsesiones son casi idénticas, aunque expresadas en tono diferente. Ellos se especializan en vigilar y reprobar severamente, como signos de inmaduro anti-norteamericanismo o populismo demagogo, cualquier indicio de independencia o insubordinación latinoamericana frente a los dictados de Estados Unidos o de la ortodoxia del "libre mercado". Unidos por su enfoque repetitivo y excesivo de Cuba, casi hasta excluir cualquier otra preocupación por otros graves problemas sociales y de derechos humanos en el hemisferio, las opiniones del dúo Montaner/Oppenheimer son totalmente coherentes con la propia inclinación ideológica del Herald. Con respecto a Cuba y Latinoamérica, The Herald habla ahora con una sola voz.
En contraste, mis opiniones acerca del embargo, la solución de los problemas de Latinoamérica y muchos otros temas diferían de las del Herald. Durante la controversia acerca de Elián, mi posición en defensa de los derechos del padre y de las acciones del Departamento de Justicia de EEUU al sacar al niño de la casa de los parientes de Miami chocó constantemente con los editoriales del Herald. Después que le dije a Daniel Schorr, de NPR, que la posición editorial del Herald acerca de Elián estaba totalmente alejada de la opinión pública de Estados Unidos, el editor en jefe del Herald, Alberto Ibarguen, telefoneó en un transparente intento por intimidarme. Poco después, el Herald redujo la frecuencia de mis columnas de semanal a quincenal.
Finalmente mi independencia, mi negativa a modelar mis opiniones para complacer el súbito giro a la derecha del periódico, o a ser silenciado en temas como Irak o la guerra de clases de arriba hacia abajo de la administración, fue demasiado para The Miami Herald. A fines del año pasado, inmediatamente después de presentar mi columna en que se contrastaba el brillante éxito de relaciones públicas del viaje a Bagdad del Presidente Bush en el Día de Acción de Gracias con las tristes realidades de la guerra en sí, me informaron que mis siguientes dos columnas serían las últimas.
Pero eso no fue el final. Como prueba adicional de que el Miami Herald, un firme defensor de la libertad de prensa en Latinoamérica y de los disidentes en Cuba, no podía tolerar la disidencia en sus propias filas, cuando fui a presentar la que iba a ser mi penúltima columna para publicarla el 16 de diciembre, recibí este seco mensaje de un editor del Herald: "Después de leer esta columna, hemos decidido no publicarla".
El lector puede juzgar por qué. Esta es la columna que el Miami Herald suprimió:
El sociólogo de la Universidad de Princeton Alejandro Portes y el antropólogo de la Universidad Internacional de la Florida Alex Stepick titularon su libro de 1993 acerca de las relaciones raciales y la política étnica de Miami Ciudad al borde. La referencia no es simplemente por la localización marginal de Miami en el mapa, sino también por las perennes tensiones intergrupales de la ciudad y su papel primordial en la gran ola de inmigración hacia Estados Unidos que comenzó en los años 1960.
Una década más tarde, las mismas tensiones que Portes y Stepick analizaron están presentes aquí, aunque más sutiles y con una configuración de participantes algo diferente. Los inmigrantes siguen viniendo en gran número, aunque ahora es más probable que sean colombianos o venezolanos, en vez de centroamericanos. Pero Miami es una ciudad al borde de una manera nueva: su posición en relación con el actual debate acerca de la política de EEUU hacia Cuba. Porque mientras el apoyo a una política de línea dura ha disminuido en el público y el congreso, en los últimos años la competencia de ideas en Miami -y específicamente en las principales instituciones a través de las cuales se generan, se debaten y se diseminan ideas- han ido marchando en dirección opuesta.
Se puede medir la fuerza de una opinión nacional en contra de una política de línea dura por el hecho de que ambas cámaras del Congreso aprobaron recientemente una legislación que hubiera terminado eficazmente con la prohibición de viajar a Cuba, uno de los componentes principales del embargo. Más importante aún, la medida fue aprobada en un Congreso controlado por los republicanos, a pesar de la fiera oposición de un presidente republicano y de las recientes enérgicas medidas cubanas. Esa opinión se está generalizando en todo el país. Incluso en este estado, donde es más alto el apoyo a una política de línea dura, la última encuesta en la Florida demostró una aplastante mayoría a favor de la libertad de viajar a Cuba. Las encuestas en Miami han mostrado que una gran mayoría de afro-americanos y de blancos no hispanos y una minoría creciente y significativa de cubano-americanos se oponen al embargo.
La tendencia en las instituciones que producen y comunican conocimiento, información e ideas está en agudo contraste. Hace sólo unos pocos años había un programa de estudios cubanos reconocido internacionalmente, el Instituto de Investigaciones Cubanas (CRI) de la Universidad Internacional de la Florida, el centro fundamental para estudios cubanos del país. Lisandro O. Pérez, su fundador y director, ha sido durante dos décadas uno de los principales académicos en el área de estudios cubanos. Pérez cultivo cuidadosamente las relaciones con estudiosos e instituciones académicas de Cuba. Aunque se mantuvo en gran medida al margen de las discusiones políticas, a veces sus ideas o acciones chocaron con las perspectivas de línea dura. Su reciente salida (no por iniciativa propia) de la dirección del CRI pone en peligro esas frágiles relaciones y significa que una voz a favor de la razón y el diálogo será oída con menos frecuencia en relación con los temas cubanos.
Mientras tanto, el Instituto para Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami, un centro de pensamiento de línea dura, que por principio se niega a cualquier contacto con instituciones en Cuba, ha recibido un generoso financiamiento del gobierno federal para que idee maneras para acelerar la transición en la isla e imagine qué debe suceder después. El título de unos de sus paneles recientes -"La transición en estados delincuentes: Irak, Palestina y Cuba"- sugiere la línea de pensamiento que prevalece.
Finalmente el Herald, otra institución clave en este debate, en años recientes ha incrementado dramáticamente la frecuencia y virulencia de sus editoriales en contra de Fidel Castro y su gobierno, y ha disminuido sus críticas anteriores a aspectos de la política norteamericana. La eliminación para fines de año de esta columna (no por iniciativa mía), en la que han aparecido frecuentes críticas a las actitudes y políticas de línea dura, fortalecerán esta tendencia, y esta ciudad se acercará más a un discurso acerca de Cuba en contra del pensamiento de la mayoría de esta nación.
maxcastro@hotmail.com
*Publicado en el sitio web de Radio Progreso Alternativo