- Cubadebate - http://www.cubadebate.cu -

Arreola va a la guerra

  Lisandro Otero, Premio Nacional de Literatura.  

En  1961,  cuando la Revolución Cubana  enfrentaba  los mayores  peligros  y suscitaba las más grandes  esperanzas,  Juan José Arreola se marchó a La Habana. Respondía  una invitación de la  Casa  de las Américas y satisfizo al público cubano  con  sus conferencias  eruditas y sus charlas amenas. Pero su  generosidad no  se  detuvo ahí y accedió a dirigir un  taller  literario.  Yo había  publicado  un pequeño libro de cuentos y me encontraba manoseando la idea de una  novela, punto de partida de una trilogía sobre la Revolución cubana. Los  fantasmas  de  John  Dos  Passos,  Theodore  Dreiser,   John Galsworthy  y Jules Romains impulsaban mis  intenciones.  Arreola examinó  los  textos  iniciales  de  aquel  vasto  proyecto,  hoy concluido,  y me legó el más maravilloso  instrumento  disponible para  un escritor: me enseñó a tachar.

Suprimir, podar,  aligerar no es fácil. Sobre todo para un escritor joven que, o bien estima vanidosamente cuanto ha producido  como poseedor de  la marca de una genialidad no  descubierta, o puede irse al extremo opuesto y pensar neuróticamente que  su producción  no  vale nada, es un mediocre y nunca  hará  algo  de interés. En ese vaivén pendular me hallaba y Arreola me  demostró que  ni tanto ni tan poco. La duplicación de adjetivos,  la  mala construcción de una sintaxis confusa, la indeseable selección  de un  vocablo impreciso eran rápidamente rectificadas al toque  del lápiz  rojo.  Arreola  me explicaba siempre por  qué  sugería  el cambio.  Un texto torpe, mal pergeñado, emergía de su  asfixiante prisión  y  comenzaba a  respirar, libre de  lastres  y  rémoras, después de pasar por sus manos. 

Ahí   comenzó  nuestra  amistad.  Pero   Arreola   era     aficionado   a  beber   Calvados,   el   maravilloso aguardiente  de manzanas destilado en Normandía. En ese  instante del  incipiente bloqueo contra Cuba, comenzaban a faltar  algunos productos  esenciales y desaparecía lo suntuoso y superfluo.   Me di  a la tarea de mantenerlo abastecido. En  tiendas  exquisitas, como  el  Carmelo de Calzada, quedaban algunas  botellas.  Cuando realizaba  el  hallazgo milagroso de una  apreciable  ánfora   la llevaba  presto  donde  Arreola,  quien  regocijado  recibía   el presente y era compartido de inmediato. 

En la noche del viernes 14 de abril de 1961 estuve  con Paco  López  Cámara y Margo Glanz hasta tarde  en  la  madrugada.  Sabíamos  de la inminencia de una invasión pero analizábamos  que el  único recurso inteligente para debilitar la Revolución, a emplear por el enemigo,   sería privarla  de  su apoyo popular  mediante  sabotajes,  terrorismo, insurgencia contrarrevolucionaria  que infundiesen  inestabilidad. Todo lo cual fue aplicado, más tarde, infructuosamente. No nos imaginábamos que estuviésemos  tan cercanos  a una invasión en gran escala. El sábado 15 de abril me desperté al amanecer  por  horrísonas explosiones.  Estaban  bombardeando  La Habana. Escruté el cielo  y vi una columna de humo elevándose   sobre el oeste de la ciudad. Pensé en Arreola.  Me  preocupaba  su  frágil  vulnerabilidad,  su  escasa aptitud  para soportar la violencia. Vivía, con sus hijos Orso  y Claudia,  en  un hotel de apartamentos junto al  mar.  Cuando  entré en su  casa  lo  hallé  muy excitado. Un avión agresor había cruzado, volando a baja  altura, frente  a  su  ventana principal, y vio  cómo  un  miliciano,  le disparaba su metralleta, que se atascó en medio de una ráfaga. El combatiente, iracundo por su frustración, arrojó su arma al  mar. Mientras hablábamos, oímos el cadencioso rugido de un motor y  un enorme   helicóptero   pasó  ante  el   balcón.   Afortunadamente pertenecían  a  las fuerzas cubanas. Dos días después  comenzó  la invasión  en Playa Girón y mantuve informado a Arreola de lo  que sucedía   mediante  frecuentes  llamadas  telefónicas. Arreola se marchó, meses  después, cumplido el ciclo de conferencias para el que fuese invitado,   y al marcharse dejó una estela de vivísimos y perdurables  afectos. Entre ellos, el mío.

gotli2002@yahoo.com