Cuba se presenta en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo con 506 atletas. Ese número, por sí solo, ya es una medalla. Pero si se considera que supera a la delegación anterior y que ocurre en un contexto tan adverso, la presea adquiere un color inconfundible: es de oro.
Pudo haberse optado por una selección más restrictiva, que incluyera solo a quienes tuvieran opciones reales de podio o de ubicarse entre los cinco primeros. Aunque hubiera sido difícil explicarles la exclusión a quienes quedaran fuera de ese rango, existían argumentos para defender semejante decisión. Sin embargo, se eligió otro camino: van todos los clasificados. Y ese gesto no es solo de justicia, sino de una profunda comprensión de lo que el deporte significa para los cubanos.
Hay mucho en juego en estos Juegos, y va más allá de las posiciones en el medallero o de las proezas individuales. Es el símbolo de una isla que cada día es desafiada por poderosas fuerzas externas y por la urgencia de transformaciones internas. Pero ella, pequeña y grande a la vez, impone récords de supervivencia y ratifica una estirpe atlética que se ha vuelto rara en estos tiempos.
En su anatomía geográfica se juntan las piernas de Javier Sotomayor y Omara Durand, los brazos de Mijaín López y Teófilo Stevenson, la inteligencia de José Raúl Capablanca y la cohesión de las Espectaculares Morenas del Caribe.
Esa es la Cuba que asistirá a la edición del centenario de los Juegos regionales más antiguos del mundo, con una preparación ajustada a las posibilidades de un país sometido a un castigo colectivo genocida por el imperio más devastador que haya conocido la humanidad.
Más de medio millar de deportistas, junto a sus entrenadores y directivos, han sorteado con más corazón y creatividad que recursos las presiones y carencias. Se han puesto en la mejor forma competitiva posible para enfrentar a rivales que se prepararon en condiciones normales, y en no pocas pruebas incluso los superarán.
Cuba va a Santo Domingo con la hidalguía de siempre, orgullosa de su vocación deportiva, a jugar y a divertirse; a reiterar que, aún en un escenario nacional tan complejo, tiene potencial para ubicarse entre los tres mejores países.
Los pesimistas compararán cantidades de medallas y ubicaciones generales. Son los que viven de querer ningunear las proezas de Cuba. El otro bando hablará más de las historias detrás de cada actuación: de sacrificios, de recursos juntados entre muchos o pocos para asegurar el entrenamiento o el boleto clasificatorio, de los esfuerzos gubernamentales por proveer al menos lo mínimo.
Habrá mucho que contar, porque cada atleta que concluya su competencia —con podio o fuera de él— es una medalla de la resistencia, de la creatividad, del sacrificio, de la ciencia y la innovación del movimiento deportivo cubano. Será también una medalla de las familias, los amigos y la solidaridad internacional.
Es Cuba entera subida desde ya al podio imaginario de unos Juegos que la saben campeona desde mucho antes de la ceremonia inaugural.
(Tomado de la ACN)