El mÃtico número 12 de Pinar del RÃo fue siempre un espectáculo dentro y fuera del terreno de béisbol. Si el juego era en el Capitán San Luis, crecÃa la interacción con el público. Era casi un actor, y el partido, una obra de teatro. TenÃa muchos espectadores encima y eso le gustaba. HabÃa batazos en los que antes de que la bola tocara suelo, ya recibÃa el aplauso de sus seguidores.
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