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Operación Carlota: Meditación del combatiente número 54295

Por Ventura Carballido Pupo.

0043 Con una Mascota en el CongoComo una forma psicológica de hacer avanzar el tiempo en busca del entrañable acercamiento a los tuyos en la Isla que un día dejaste, sin saber que regresarías vivo, en el vuelo de regreso desde Luanda, Angola,  retomé como hilo conductor unas  profundas meditaciones ―que me permitió autoalimentarme al ubicar en el  combatiente cubano tanta carga de comportamiento ético, conducta  que pudiera resultar no creíble para los que están lejos de nuestro pensar, de nuestra manera de actuar, de la forma de proceder, de cómo fuimos educados y descubrir la grandeza de la obra por la que fuimos a pelear  por otros pueblos donde  expusimos nuestras vidas a cambio de nada material.

023No traíamos en la barriga del  avión ninguna maleta con bienes materiales para regalar a los familiares y amigos en nuestra querida Isla.  Como «equipaje de mano» solo traía un pequeño bolso que regalaba la línea aérea angolana y en él entre las cosas de más valor dos pañuelos  de mujer para el pelo que me había regalado un militar de la Defensa Civil  angolano, radicado en Cabinda, y un paquete de cigarros  cubano de exportación del que nos llevaban los barcos  al Congo como regalo a mi atribulado padre,  también,  ropa interior para  cambiarme cuando llegara a La Habana y una camisa,  documentos que amparaban estímulos otorgado por la sección política de una de las unidades en las que estuve destacado y de la Fiscalía Militar donde culminé mi estancia y mi chapilla de combatiente número 54295 que atesoro aún con mucho amor.

007   Con nativos del CongoEn mis bolsillos no traía ningún dinero, porque  no éramos mercenarios que fuimos a la guerra a exponer la vida por riqueza, florecimos como combatientes Internacionalistas, de la gente de Fidel y de Raúl, representando a nuestro pueblo, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, a cambio de nada. La mayor estimulación no era llegar a encontrarnos con la familia y colmarlas de regalos, como  suele  ocurrir, en estos tiempos en que redacto esta crónica; el gran caudal de motivación que nos animaba era el cumplimiento de la tarea que se nos había encomendado, y recibir el cariño y homenaje ―como así fue―, de  nuestros  compatriotas acá,  de mi familia, y del fuerte apretón de manos del General de Ejército Raúl Castro y otros oficiales  de las FAR que nos dieron la bienvenida.

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Nos bajamos de aquel inmenso avión Il 62-M  de la aerolínea soviética sin nada material. No tuvimos que ir a recoger ningún equipaje. Nuestra riqueza más grande fue la  moral, el patriotismo y la satisfacción del deber cumplido con Fidel y el Partido.

De igual forma les ocurrió a los combatientes del Che  a su regreso en 1965, y a todos mis compañeros de arma. Esa es la grandeza sui géneris de los internacionalistas cubanos que formamos parte de la Operación Carlota y otras misiones en otros países. Sin apego a nada material todo fue felicidad. Nuestra mayor tristeza es que no todos regresamos vivos.

Para no ser confundido, despojado de protagonismo alguno, inserto estas notas, en otro contexto,  ya que sin perjuicio de que los colaboradores actuales y futuros reciban su estimulación económica, como algo lícito  ―porque si no de qué viven o de qué vive nuestra sociedad―,  vale la pena este contenido que recoge los postulados de desinterés de los combatientes cubanos internacionalistas de aquella época para que este ejemplo sirva de alguna manera para tratar de  minimizar el avance de la metalización voraz e incesante de muchos que en estos momentos afloran con mucha fuerza, con ausencia de aquella firme posición ética nuestra.