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El Papa Francisco en la ONU: La guerra es la negación de todos los derechos

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El Papa Francisco interviene en la Asamblea General de la ONU. Foto: Mary Altaffer/ AP

El Papa Francisco interviene en la ONU. Foto: Mary Altaffer/ AP

Discurso de Su Santidad Papa Francisco en la inauguración de la Cumbre de la ONU sobre los objetivos de desarrollo sostenible 2015-2030, Nueva York, 25 de septiembre de 2015

Una vez más, siguiendo una tradición de la que me siento honrado, el Secretario General de las Naciones Unidas ha invitado al Papa a dirigirse a esta honorable Asamblea de las Naciones. En nombre propio y en el de toda la comunidad católica, Señor Ban Ki-moon, quiero expresarle el más sincero y cordial agradecimiento. Agradezco también sus amables palabras. Saludo asimismo a los Jefes de Estado y de Gobierno aquí presentes, a los Embajadores, diplomáticos y funcionarios políticos y técnicos que les acompañan, al personal de las Naciones Unidas empeñado en esta 70a Sesión de la Asamblea General, al personal de todos los programas y agencias de la familia de la ONU, y a todos los que de un modo u otro participan de esta reunión. Por medio de ustedes saludo también a los ciudadanos de todas las naciones representadas en este encuentro. Gracias por los esfuerzos de todos y de cada uno en bien de la humanidad.

Esta es la quinta vez que un Papa visita las Naciones Unidas. Lo hicieron mis predecesores Pablo VI en 1965, Juan Pablo II en 1979 y 1995 y, mi más reciente predecesor, hoy el Papa emérito Benedicto XVI, en 2008. Todos ellos no ahorraron expresiones de reconocimiento para la Organización, considerándola la respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de las distancias y fronteras y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación del poder. Una respuesta imprescindible ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades. No puedo menos que asociarme al aprecio de mis predecesores, reafirmando la importancia que la Iglesia Católica concede a esta institución y las esperanzas que pone en sus actividades.

La historia de la comunidad organizada de los Estados, representada por las Naciones Unidas, que festeja en estos días su 70 aniversario, es una historia de importantes éxitos comunes, en un período de inusitada aceleración de los acontecimientos. Sin pretensión de exhaustividad, se puede mencionar la codificación y el desarrollo del derecho internacional, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el perfeccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y operaciones de paz y reconciliación, y tantos otros logros en todos los campos de la proyección internacional del quehacer humano. Todas estas realizaciones son luces que contrastan la oscuridad del desorden causado por las ambiciones descontroladas y por los egoísmos colectivos. Es cierto que aún son muchos los graves problemas no resueltos, pero es evidente que, si hubiera faltado toda esa actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades. Cada uno de estos progresos políticos, jurídicos y técnicos son un camino de concreción del ideal de la fraternidad humana y un medio para su mayor realización.

Rindo por eso homenaje a todos los hombres y mujeres que han servido leal y sacrificadamente a toda la humanidad en estos 70 años. En particular, quiero recordar hoy a los que han dado su vida por la paz y la reconciliación de los pueblos, desde Dag Hammarskjöld hasta los muchísimos funcionarios de todos los niveles, fallecidos en las misiones humanitarias, de paz y de reconciliación.

La experiencia de estos 70 años, más allá de todo lo conseguido, muestra que la reforma y la adaptación a los tiempos es siempre necesaria, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación y una incidencia real y equitativa en las decisiones. Tal necesidad de una mayor equidad, vale especialmente para los cuerpos con efectiva capacidad ejecutiva, como es el caso del Consejo de Seguridad, los organismos financieros y los grupos o mecanismos especialmente creados para afrontar las crisis económicas. Esto ayudará a limitar todo tipo de abuso o usura sobre todo con los países en vías de desarrollo. Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sustentable de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia.

La labor de las Naciones Unidas, a partir de los postulados del Preámbulo y de los primeros artículos de su Carta Constitucional, puede ser vista como el desarrollo y la promoción de la soberanía del derecho, sabiendo que la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal. En este contexto, cabe recordar que la limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho. Dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales. La distribución fáctica del poder (político, económico, de defensa, tecnológico, etc.) entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y –a la vez– grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un mal ejercicio del poder: el ambiente natural y el vasto mundo de mujeres y hombres excluidos. Dos sectores íntimamente unidos entre sí, que las relaciones políticas y económicas preponderantes han convertido en partes frágiles de la realidad. Por eso hay que afirmar con fuerza sus derechos, consolidando la protección del ambiente y acabando con la exclusión.

Ante todo, hay que afirmar que existe un verdadero «derecho del ambiente» por un doble motivo. Primero, porque los seres humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. El hombre, aun cuando está dotado de «capacidades inéditas» que «muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico» (Laudato si’, 81), es al mismo tiempo una porción de ese ambiente. Tiene un cuerpo formado por elementos físicos, químicos y biológicos, y solo puede sobrevivir y desarrollarse si el ambiente ecológico le es favorable. Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad. Segundo, porque cada una de las creaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás creaturas. Los cristianos, junto con las otras religiones monoteístas, creemos que el universo proviene de una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la creación para el bien de sus semejantes y para gloria del Creador, pero que no puede abusar de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. Para todas las creencias religiosas, el ambiente es un bien fundamental (cf. ibíd., 81).

El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles y con menos habilidades, ya sea por tener capacidades diferentes (discapacitados) o porque están privados de los conocimientos e instrumentos técnicos adecuados o poseen insuficiente capacidad de decisión política. La exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados a vivir del descarte y deben sufrir injustamente las consecuencias del abuso del ambiente. Estos fenómenos conforman la hoy tan difundida e inconscientemente consolidada «cultura del descarte».

Lo dramático de toda esta situación de exclusión e inequidad, con sus claras consecuencias, me lleva junto a todo el pueblo cristiano y a tantos otros a tomar conciencia también de mi grave responsabilidad al respecto, por lo cual alzo mi voz, junto a la de todos aquellos que anhelan soluciones urgentes y efectivas. La adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la Cumbre mundial que iniciará hoy mismo, es una importante señal de esperanza. Confío también que la Conferencia de París sobre cambio climático logre acuerdos fundamentales y eficaces.

No bastan, sin embargo, los compromisos asumidos solemnemente, aun cuando constituyen un paso necesario para las soluciones. La definición clásica de justicia a que aludí anteriormente contiene como elemento esencial una voluntad constante y perpetua: Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos.

La multiplicidad y complejidad de los problemas exige contar con instrumentos técnicos de medida. Esto, empero, comporta un doble peligro: limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos –metas, objetivos e indicadores estadísticos–, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos. No hay que perder de vista, en ningún momento, que la acción política y económica, solo es eficaz cuando se la entiende como una actividad prudencial, guiada por un concepto perenne de justicia y que no pierde de vista en ningún momento que, antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que viven, luchan y sufren, y que muchas veces se ven obligados a vivir miserablemente, privados de cualquier derecho.

Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la socialidad humana –amigos, comunidades, aldeas y municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias, naciones–. Esto supone y exige el derecho a la educación –también para las niñas, excluidas en algunas partes–, que se asegura en primer lugar respetando y reforzando el derecho primario de las familias a educar, y el derecho de las Iglesias y de agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijas e hijos. La educación, así concebida, es la base para la realización de la Agenda 2030 y para recuperar el ambiente.

Al mismo tiempo, los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Ese mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad del espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y los otros derechos cívicos.

Por todo esto, la medida y el indicador más simple y adecuado del cumplimiento de la nueva Agenda para el desarrollo será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad del espíritu y educación. Al mismo tiempo, estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común, que es el derecho a la vida y, más en general, lo que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana.

La crisis ecológica, junto con la destrucción de buena parte de la biodiversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana. Las nefastas consecuencias de un irresponsable desgobierno de la economía mundial, guiado solo por la ambición de lucro y de poder, deben ser un llamado a una severa reflexión sobre el hombre: «El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza» (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal de Alemania, 22 septiembre 2011; citado en Laudato si’, 6). La creación se ve perjudicada «donde nosotros mismos somos las últimas instancias [...] El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que solo nos vemos a nosotros mismos» (Id., Discurso al Clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 agosto 2008; citado ibíd.). Por eso, la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer (cf. Laudato si’, 155), y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones (cf. ibíd., 123; 136).

Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de «salvar las futuras generaciones del flagelo de la guerra» (Carta de las Naciones Unidas, Preámbulo) y de «promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad» (ibíd.) corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables.

La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y entre los pueblos.

Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental. La experiencia de los 70 años de existencia de las Naciones Unidas, en general, y en particular la experiencia de los primeros 15 años del tercer milenio, muestran tanto la eficacia de la plena aplicación de las normas internacionales como la ineficacia de su incumplimiento. Si se respeta y aplica la Carta de las Naciones Unidas con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones, como un punto de referencia obligatorio de justicia y no como un instrumento para disfrazar intenciones espurias, se alcanzan resultados de paz. Cuando, en cambio, se confunde la norma con un simple instrumento, para utilizar cuando resulta favorable y para eludir cuando no lo es, se abre una verdadera caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente las poblaciones inermes, el ambiente cultural e incluso el ambiente biológico.

El Preámbulo y el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas indican los cimientos de la construcción jurídica internacional: la paz, la solución pacífica de las controversias y el desarrollo de relaciones de amistad entre las naciones. Contrasta fuertemente con estas afirmaciones, y las niega en la práctica, la tendencia siempre presente a la proliferación de las armas, especialmente las de destrucción masiva como pueden ser las nucleares. Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad– son contradictorios y constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser «Naciones unidas por el miedo y la desconfianza». Hay que empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación, en la letra y en el espíritu, hacia una total prohibición de estos instrumentos.

El reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear en una región sensible de Asia y Oriente Medio es una prueba de las posibilidades de la buena voluntad política y del derecho, ejercitados con sinceridad, paciencia y constancia. Hago votos para que este acuerdo sea duradero y eficaz y dé los frutos deseados con la colaboración de todas las partes implicadas.

En ese sentido, no faltan duras pruebas de las consecuencias negativas de las intervenciones políticas y militares no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional. Por eso, aun deseando no tener la necesidad de hacerlo, no puedo dejar de reiterar mis repetidos llamamientos en relación con la dolorosa situación de todo el Oriente Medio, del norte de África y de otros países africanos, donde los cristianos, junto con otros grupos culturales o étnicos e incluso junto con aquella parte de los miembros de la religión mayoritaria que no quiere dejarse envolver por el odio y la locura, han sido obligados a ser testigos de la destrucción de sus lugares de culto, de su patrimonio cultural y religioso, de sus casas y haberes y han sido puestos en la disyuntiva de huir o de pagar su adhesión al bien y a la paz con la propia vida o con la esclavitud.

Estas realidades deben constituir un serio llamado a un examen de conciencia de los que están a cargo de la conducción de los asuntos internacionales. No solo en los casos de persecución religiosa o cultural, sino en cada situación de conflicto, como en Ucrania, en Siria, en Irak, en Libia, en Sudán del Sur y en la región de los Grandes Lagos, hay rostros concretos antes que intereses de parte, por legítimos que sean. En las guerras y conflictos hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, que lloran, sufren y mueren. Seres humanos que se convierten en material de descarte cuando solo la actividad consiste en enumerar problemas, estrategias y discusiones.

Como pedía al Secretario General de las Naciones Unidas en mi carta del 9 de agosto de 2014, «la más elemental comprensión de la dignidad humana [obliga] a la comunidad internacional, en particular a través de las normas y los mecanismos del derecho internacional, a hacer todo lo posible para detener y prevenir ulteriores violencias sistemáticas contra las minorías étnicas y religiosas» y para proteger a las poblaciones inocentes.

En esta misma línea quisiera hacer mención a otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas. Otra clase de guerra viven muchas de nuestras sociedades con el fenómeno del narcotráfico. Una guerra «asumida» y pobremente combatida. El narcotráfico por su propia dinámica va acompañado de la trata de personas, del lavado de activos, del tráfico de armas, de la explotación infantil y de otras formas de corrupción. Corrupción que ha penetrado los distintos niveles de la vida social, política, militar, artística y religiosa, generando, en muchos casos, una estructura paralela que pone en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones.

Comencé esta intervención recordando las visitas de mis predecesores. Quisiera ahora que mis palabras fueran especialmente como una continuación de las palabras finales del discurso de Pablo VI, pronunciado hace casi exactamente 50 años, pero de valor perenne: «Ha llegado la hora en que se impone una pausa, un momento de recogimiento, de reflexión, casi de oración: volver a pensar en nuestro común origen, en nuestra historia, en nuestro destino común. Nunca, como hoy, [...] ha sido tan necesaria la conciencia moral del hombre, porque el peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán [...] resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad» (Discurso a los Representantes de los Estados, 4 de octubre de 1965). Entre otras cosas, sin duda, la genialidad humana, bien aplicada, ayudará a resolver los graves desafíos de la degradación ecológica y de la exclusión. Continúo con Pablo VI: «El verdadero peligro está en el hombre, que dispone de instrumentos cada vez más poderosos, capaces de llevar tanto a la ruina como a las más altas conquistas» (ibíd.).

La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada.

Tal comprensión y respeto exigen un grado superior de sabiduría, que acepte la trascendencia, renuncie a la construcción de una elite omnipotente, y comprenda que el sentido pleno de la vida singular y colectiva se da en el servicio abnegado de los demás y en el uso prudente y respetuoso de la creación para el bien común. Repitiendo las palabras de Pablo VI, «el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo» (ibíd.).

El gaucho Martín Fierro, un clásico de la literatura en mi tierra natal, canta: «Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera».

El mundo contemporáneo, aparentemente conexo, experimenta una creciente y sostenida fragmentación social que pone en riesgo «todo fundamento de la vida social» y por lo tanto «termina por enfrentarnos unos con otros para preservar los propios intereses» (Laudato si’, 229).

El tiempo presente nos invita a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad hasta que fructifiquen en importantes y positivos acontecimientos históricos (cf. Evangelii gaudium, 223). No podemos permitirnos postergar «algunas agendas» para el futuro. El futuro nos pide decisiones críticas y globales de cara a los conflictos mundiales que aumentan el número de excluidos y necesitados.

La laudable construcción jurídica internacional de la Organización de las Naciones Unidas y de todas sus realizaciones, perfeccionable como cualquier otra obra humana y, al mismo tiempo, necesaria, puede ser prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Lo será si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio del bien común. Pido a Dios Todopoderoso que así sea, y les aseguro mi apoyo, mi oración y el apoyo y las oraciones de todos los fieles de la Iglesia Católica, para que esta Institución, todos sus Estados miembros y cada uno de sus funcionarios, rinda siempre un servicio eficaz a la humanidad, un servicio respetuoso de la diversidad y que sepa potenciar, para el bien común, lo mejor de cada pueblo y de cada ciudadano.

La bendición del Altísimo, la paz y la prosperidad para todos ustedes y para todos sus pueblos. Gracias.

Se han publicado 54 comentarios



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  • Jorgerv dijo:

    Caramba, escuchar al papa Francisco es como estar escuchando a Fidel en Río, a Chávez o a cualquier otro lider latinoamericano o progresista del mundo, que suerte para la humanidad que se haya escogido al Cro. Jorge Bergoglio como papa, la iglesia católica asume una posición de vanguardia en el enfrentamiento a los problemas mas auciantes del mundo, Que dios lo bendiga, oraremos por el

  • Ma. Cristina dijo:

    Excelente análisis de un hombre extraordinario. Lástima que los intereses de los poderosos los conviertan en ciegos incapaces de velar por los intereses de la existencia misma del hombre como especie. Gracias Francisco por su ocupación a favor de la Humanidad.

  • Jorge. dijo:

    Simplemente brillantes las palabras del Papa Francisco, desde la posición de no creyente me siento honrado por la sabiduría, altruismo y valentía de su intervención. Sin dudas preceptos muy cercanos a nuestro proyecto social.
    Mucha salud y larga vida a este digno representante de nuestra querida América Latina.

  • Aldeidis Nuviola Riera dijo:

    El Papa Francisco constituye la más vívida expresión de los llamados de los presidentes progresistas latinoamericanos a la Paz, el cuidado del medio ambiente, nuestro planeta y la vida en sí misma. Su amor, sencillez, modestia y humildad son los trajes perfectos para fomentar sentimientos sólidos de amistad y unidad en la diversidad como buscan las organizaciones regionales como la CELAC. Es un gran paso que personalidades como él demuestren al mundo la valides de las doctrinas que se proponen en la región, para esta y el mundo. Ha sido capaz de encantar a católicos y protestantes que no siempre estan de acuerdo, al punto de compartir un corazón conciente de que el amor y el culto a los valores tradicionales y beneficiosos al hombre y la sociedad son tesoros que la juventud, como continuación del presente debe arraigar y perpetuar. Así que Viva el Papa Francisco, pues en mi opinión es el ente transformador que le faltaba al mundo para crear un sistema integrado, intergeracional incluso, en función de preservar la vida, la paz y los valores.

  • Aldeidis Nuviola Riera dijo:

    QUE DIOS LO BENDIGA, LOS CUBANOS ORAMOS POR ÉL.

  • Leonardo Milanés Ávila dijo:

    Sr Orlando M Pedroso.
    Con todo respeto para usted: Es importante distinguir el ateísmo de la falta de religión, pues existen religiones que niegan o no mencionan la existencia de dios alguno, por lo tanto, el ateo es una persona que descree de cualquier tipo de divinidad o de entidad sobrenatural.
    Le invito a reflexionar y como buen cubano le pregunto. ¿En algún instante de su vida, de angustia o tormento, no ha pronunciado usted nunca la palabra ¡Hay Dios mio...!

    Le confieso que no soy religioso, pero no me declaro Ateo.

  • Lina María dijo:

    El Papa Francisco además de representar a la Santa Sede y a los católicos del mundo, es un gran ser humano y un notable estadista. Sus palabras llenas de sabiduría trascienden como las de Fidel, sobre asuntos de interés global.

  • RobertoB dijo:

    Maravilloso el discurso, me recordaba mucho a Fidel en ese y otros escenarios planteando los mismos problemas y situaciones. Felicidades Papa Francisco, ha reivindicado la iglesia catolica

  • Leordan dijo:

    Este es el Papa que necesitamos. Cualquier elogio se queda pequeño. Solo puedo decir: De sus labios salen las palabras de millones y millones de pobres y excluidos, tal vez las palabras de la propia Madre Tierra si ella pudiera hablar, HOMBRE VALIENTE, valentía que brota del ejemplo de Cristo Jesús.

  • RFY dijo:

    Califico de importantes las palabras pronunciadas por el Papa Francisco. Admiro sus esfuerzos por la Paz, el respeto del ser humano, y la Justicia. También, sus deseos de renovar en particular el catolicismo a nivel mundial.
    Pero un detalle interesante, es que no mencionó el nombre de Cristo, ni siquiera hizo referncia directa algún texto de la Biblia; al menos la lectura publicada en esta sección me da la impresión que no aparece. Me pregunto entonces ¿porqué causa no lo mencionó? ¿No había espacio para una de sus palabras? o ¿no es acaso el Cristo Redentor la fuente y razón de ser de la Iglesia y del mundo para los cristianos?.Si los dirigentes de países islámicos a veces usa el nombre de "Ala" antes de pronunciar un discurso. Bueno, es mi criterio, el resto lo dejo para análisis.

  • EddySS dijo:

    Francisco conoce la diplomacia tanto como la religión, habla con el dominio de Platón y la sabiduría de Salomón.

    Cada causa a su fiel, cada balanza en su sistema de medidas.
    No aplica la ley del rasero ni mide a todos con la misma vara.

    Sabe evaluar cada asunto a su medida, sin caer en contradicción en el sistema de conversión a usar al cursar los caminos de las idiosincrasias de los pueblos, la moral y las costumbres ejenas; las ambiciones de los ricos, la necedad de los impíos, la iniquidad de los malvados, el sueño de los redentores, la firmeza de los justos, la caridad de los piadosos, la crueldad de los asesinos, la pasión de los amantes, el amor de justos, la creencia de los fieles, el pecado de las carnes , la tentación de los sentidos, la redención de los cautivos, la libertad de los inconscientes, la protección de los débiles y la piedad a los sufridos.

    A cada ente habla a su corazón a partir de la razón y desde el fundamento de su prédica azuza el amor al hombre más que el amor a Dios.

    Mide a los hechos, no a los actores, valora las acciones y no a los promotores, describe las causas y no a los efectos, predica el futuro y no a la esperanza, pide solo que cada cual escuche a su prójimo y no que se escuche a sí mismo, recibe poco y reparte para muchos, dice la verdad y no hiere los sentidos.

    Mira a todos por igual, cargando con su cruz y no la de Jesús, perdonando desde la cruz para que cada cual perdone su propio actuar en lo que le toca. No evoca el pasado para convertir el presente, confía en sí y confía en todos.

    Con un Santo Padre así, se puede ayudar a cambiar el mundo, cuando decimos que un mundo mejor es posible: El hace posible que ese hombre sea mejor.

  • Raisa dijo:

    Muy inteligente por parte de Fabio Fajardo, de recordarnos a todos y poner aquì esa alocuciòn de Fidel en la Cumbre de Rio de Janeiro en 1992. Por eso en muchas ocasiones he puesto aquì, que cuando oigo hablar al Papa Francisco, ya he oìdo esas prèdicas desde tanto tiempo por parte de Fidel, que siempre ha incitado a la Paz, al peligro de las Guerras, a combatir la Pobreza, la Desigualdad , la Destrucciòn del Medio Ambiente, etc, etc,. Ojalà que estas palabras y discursos hechos por el Papa no caigan en el Olvido, pues como ha expresado Fidel tambièn, està en peligro la existencia de la Humanidad. Seamos todos un poco mejor y ayudemos a contribuir que estos dictados se cumplan.

  • Raisa dijo:

    Muy inteligente por parte de Fabio Fajardo, de recordarnos a todos y poner aquì esa alocuciòn de Fidel en la Cumbre de Rio de Janeiro en 1992. Por eso en muchas ocasiones he puesto aquì, que cuando oigo hablar al Papa Francisco, ya he oìdo esas prèdicas desde tanto tiempo por parte de Fidel, que siempre ha incitado a la Paz, al peligro de las Guerras, a combatir la Pobreza, la Desigualdad , la Destrucciòn del Medio Ambiente, etc, etc,. Ojalà que estas palabras y discursos hechos por el Papa no caigan en el Olvido, pues como ha expresado Fidel tambièn està en peligro la existencia de la Humanidad. Seamos todos un poco mejor y ayudemos a contribuir que estos dictados se cumplan.

  • Alexander J. Quiala Feria dijo:

    Buenos Días a Todos y en especial a nuestro Pontífice Francisco;
    Una vez mas se demuestra que Francisco es Hombre de Pueblo y para el Pueblo, sus palabras en esa Sala ha dejado a todos pensativos esperemos que aquellos que toman decisiones digan NO A LA EXTINCIÓN DE LA RAZA HUMANA.
    Que Feliz estoy de ver el cambio en las Iglesias Católicas.

  • respetuosa dijo:

    Buenos días, RFY. Aunque la visita del Papa Francisco a los EE.UU. es de carácter pastoral, su participación en la asamblea de la ONU es en su condición de jefe de estado. Como tal, siendo la entidad aconfesional, el tono cambia aunque destila la doctrina del Señor en cada una de las frases pronunciadas. En cada una de ellas está presente la doctrina social de la iglesia que durante ya más de 2000 años ha proclamado la palabra de Dios. Verás cuán directamente confesionales serán sus pronunciamientos en Filadelfia..

  • Ramon dijo:

    Discurso a la altura de estos tiempos que el mundo necesita con urgencia. Prohibido olvidar el discurso de nuestro lider FIDEL en la ONU aquel 26 de septiembre de 1960. Tambien recordar el discurso de Jose Mujica en la ONU 2014. Hoy he tenido la posibilidad de leerme esos tres discursos. y asistir sus videos. El mundo necesita PAZ. GRACIAS PAPA FRANCISCO POR SUS PALABRAS. QUE DIOS LO BENDIGA SIEMPRE.MUCHA SALUD PARA USTED.

  • SMB dijo:

    Fabio Fajardo es que nosotros mismos no somos capaces de ver las cosas excelentes de nuestra tierra como aquel vigente discurso de nuestro Comandante en Jefe hace 23 años, solo prestamos atención a lo externo y esa es la razon principal por lo que tenemos todo tipo de opiniones y aunque comparto que cada quien tiene su criterio y opinion a veces da pena que lo unico que hacemos es ver bien lo de afuera y no lo de adentro. Aprendamos todos a cuidar mucho lo que tenemos y tratar de perfeccionarlo en beneficio de nuestro pueblo esa debe ser la razon principal de toda persona. tenemos que ser capaces de con nuestro actuar estar acorde a nuestros tiempos.
    saludos a todos

  • antonio JOSÉ dijo:

    He leido TODO desde la mitad hasta aquí, ; mejor final pocas veces termino de una lectura de larga como ésta, lo digo por lo de fidel, que ya lo habia leido hace tioempo,. Es bueno y claro lo que se quiere de todo esto. ,..Mañana en una reunion comunitaria trataré llevar conmigo esta fuerza inspiradora de palabras, y Veré. Es lo que ahorita pienso.

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