
Urquiola (al centro) flanqueado por Contreras y Martínez de Osaba. Foto: Eduardo González Martínez.
El libro que esta mañana presentamos pudo haberse llamado Biografía de un Cubano. Es un libro donde no faltan el mestizaje y el tambor, la palabrota, el cuento jocoso y el tabaco. Por supuesto, tampoco falta el béisbol, que es el código de barras del alma popular.
En el núcleo de sus páginas vive un hombre que hizo y hace carrera en la pelota. Un guajiro a medio domesticar de rostro serio, augusto, con ojos diminutos que parecen perderse todo el tiempo en un pedazo de diamante, y una lengua bañada por ese surtidor de criterios que le salen, elogiosos algunos, ácidos los restantes.
Alfonso Urquiola Crespo, que así se llama el héroe de esta historia, tiene a Elegguá en un hombro y a los ángeles del béisbol en el otro. De ahí que, a la hora de la ofrenda, además de aguardiente, caramelos y animales, tenga que poner siempre una pelota, la compañera fiel con la que comenzó un idilio memorable en la décima Serie Nacional.
¿Qué no habrá visto Urquiola en un terreno? ¿Cuánta alegría febril o llanto silencioso, cuánto gesto de macho varón, cuánto apendejamiento? ¿Qué se le habrá escapado a un personaje que jugó en los mejores años de la pelota postrevolucionaria, codo a codo con tipos como Vinent y Víctor, Cheíto Rodríguez y Marquetti, Casanova...?
En él respiran a la par el pelotero enorme y el mulato humildísimo de Orozco. Conviven el camarero fulgurante, que tiraba a primera sin voltear la mirada hacia la base, y el muchacho que gusta de la magia sudorosa del bembé, criado con un par de galletas al día y unos buches de guarapo.
Baloncestista frustrado por cuestiones de centímetros, el séptimo hijo de Ramona y Octavio llegó sin calzoncillos a la EIDE y calzó sus primeros mocasines en edad juvenil. Pero de entonces para acá llovió mucho batazo, mucha base robada y mucho doble play, hasta el punto de hacerse millonario en afectos y cumplidos.
Eso cambió en él, pero no las esencias. Contradictorio como son los hombres grandes, Urquiola sigue teniendo miedo a los muertos pese a que siempre llevó el “8” en la franela, y persiste en temerle a los aviones luego de recorrer el mundo encaramado en esos artefactos.
En su manga, como antes, persiste la carta ganadora, y entre eso y los buenos oficios de ciertos caracoles, hace poco obró el milagro de “levantar un muerto” en la Serie del Caribe. Un árbitro se equivocó flagrantemente –y a favor de nosotros- en primera, a un receptor se le cayó el ‘flaicito’ de Despaigne... cosas así pasaron, y Urquiola supo apuntalarlas con la sabiduría y el temple de los viejos guerreros del estadio.
Como pasa conmigo, con ella, con aquel, cada quien puede recordarlo como le venga en ganas. Los malagradecidos suelen acusarlo de omitir a Yosvani Torres para la Copa Mundial y los Panamericanos de 2011, e incluso –vaya memoria oscura- de aquel corring suicida de Edmonton en el 81, con la carrera del empate en los spikes. Sin embargo, en la vida hay quienes ven la luz, y se acuerdan del jugador todo carácter que tanto y tantísimo pesó en los triunfos de Pinar y del país.
(Personalmente, nunca lo respeté más que cuando le ganó dos veces al mismísimo team Cuba dirigiendo a la frágil Panamá. Primero en los Juegos del ALBA, después en el continental de Río de Janeiro 2007. “Soy cubano, pero en el fondo tenemos que mantener la ética, el profesionalismo y salir a ganar en cualquier circunstancia”, dijo a la prensa Urquiola en clase magistral de hidalguía y decencia humanas).
Puede que Alfonso Urquiola Crespo no haya sido el mejor segunda base de este béisbol, título que mayoritariamente le conceden –yo entre ellos- al Capitán de Capitanes, Antonio Pacheco. Pero siempre he pensado que en Urquiola, como en ningún otro camarero nacional, está la síntesis de lo mejor de cada uno de los otros. Esto es, la velocidad de Tony Taylor, el guante de Cookie Rojas, el brazo de Telemaco, la vista de Urbano, el pivoteo de Isasi, la viveza de Anglada, la singularidad de Padilla, el bateo de Alexander Ramos, la durabilidad de Enrique Díaz y, sobre todas las cosas, el liderazgo de Pacheco.
En el libro que esta mañana presentamos –otro más con la firma del buenazo de Juan Antonio Martínez de Osaba- está Urquiola pintado de cuerpo completo. Desde la inopia de la infancia hasta la gloria de la madurez. Desde la irreverencia hasta el asentamiento de la personalidad. Desde la A inicial de Alfonso hasta la A final de Urquiola.
Hasta aquí escribo yo, que enseguida lo dejo con un par de fragmentos divertidos de este texto que no solo merecía Alfonso Urquiola, sino también nosotros.
Refiriéndose al extraordinario Lázaro Madera, narró el “8”:
Triunfó por la constancia, ya que al verlo en el terreno nadie podía pensar que iba a ser quien fue. Tenía problemas a la defensa y en el pensamiento táctico, tanto es así que un día se robó la almohadilla con Casanova en segunda; aquello fue un show. Madera se tiró a los pies del Capirro, por poco lo corta, miró para arriba como sorprendido y Casanova le dijo: -Ahora te quedas tú aquí, que yo me voy.
Mientras tanto, contó esto sobre Girardo Iglesias:
Uno de los mejores primeros bate que he visto en esta pelota, pero a la defensa era malo, bueno, para qué contarte. Una vez se le pasó a un fly, él por un lado y la pelota por otro, y estaba repleto el Nelson Fernández de San José de las Lajas. Bueno, el juego lo perdimos. Cuando nos tocó la otra vuelta en San José, él salió por la mañana temprano, desayunó y se sentó a ver el estadio. Entonces se fue para el home, saltó sobre él y gritó mirando para el cielo: -Estadio de San José, aquí tengo una espina clavada, pero vengo a sacármela. Al escuchar aquello, pensamos que en esa subserie iba a acabar con los pitchers y a cogerlas todas, que haría cosas grandes. Por la noche, recién comenzado el juego, conectaron para allá una de esas líneas bombeadas que son difíciles de verdad. Él se posicionó para capturarla, pero no se sabe dónde se metió aquella pelota, como que se le escondió, porque le pasó entre el guante y la frente, para caerle atrás. ¡Alabao sea el Santísimo! Cuando Girardo entró el dugout, dijo ente furioso y resignado: -San José, vine a sacarme una espina y me he clavado otra más grande todavía. Entonces, con la sonrisa en los labios, salió Pineda: -¡No, tú lo que no vas a jugar más en este estadio!
Estas cosas, y más, podrá gozarlas en “Alfonso Urquiola. Caballero del Diamante”.
Maferefún Urquiola.