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Ivette Cepeda: de las aulas a los auditorios

Ivette Cepeda

Corrían los durísimos días del período especial en Cuba, a mediados de los noventa, cuando la vida de Ivette Cepeda dio un giro radical. Su padre cayó enfermo de cáncer, y ella, entregada por completo a la docencia desde los 14 años con una vocación a toda prueba, sintió que necesitaba un descanso.

Hasta entonces, había seguido con orgullo la tradición familiar (madre, abuela y tías maestras), pero un día sencillamente no pudo más. Estaba agotada física y mentalmente. Tomó la decisión de renunciar en un momento en el que los cubanos aguantaban física hambre por causa del derrumbe de la Unión Soviética y el endurecimiento del embargo estadounidense. Amigos y familiares intentaron convencerla de no dejar el magisterio pero ya no había marcha atrás.

Sin piso económico y padeciendo la crítica situación de la isla, Ivette pasó de ser una maestra con un empleo estable, a lavar cabezas en la peluquería y a vender tamales y croquetas para ganarse la vida. Una alumna que la reconoció llegó a decirle en plena calle: “Ay profe, pero qué pobrecita está usted”. Eran tiempos recios y, cuando menos lo esperaba, la música se atravesó de nuevo en su camino.

Tres canciones

En 1994, un viejo amigo guitarrista y maestro de música con el que había cantado años atrás en un evento del magisterio le pidió acompañarlo a una audición en un hotel. Su padre, al igual que el padre de Ivette, pasaba quebrantos de salud y la situación de ambos hacía casi una obligación quedarse con el trabajo. “Llegamos a un comedor enorme donde había unos 200 turistas almorzando y empezamos a cantar desde un rinconcito las únicas tres canciones que habíamos preparado, porque, la verdad, mi repertorio musical era nulo. Transcurrieron unos minutos y me di cuenta de que el bullicio de las mesas empezaba a silenciarse y toda esa gente, que venía de tan lejos sin entender una gota de español, se quedó en silencio escuchándome. Me puse muy nerviosa pero al mismo tiempo sentí que, por primera vez, mi voz flotaba con una fuerza indescriptible, amplificada únicamente por la acústica de aquel lugar. Al recibir esos aplausos inesperados, entendí que debía volver al canto y asumirlo con toda determinación. Hacía 17 años que lo había abandonado por completo”, recuerda Ivette.

Emocionada e intrigada, una empleada del hotel se acercó y preguntó: “¿Por qué cantas una y otra vez las mismas tres canciones? ¿No podrías incluir otras?”. “Estas nos han quedado tan bonitas que las estamos repitiendo para complacer al público”, improvisó el guitarrista, pero Ivette le salió al paso confesando: “Mire, la verdad es que yo no soy cantante, soy maestra. Vine porque la persona que tenía la audición no pudo presentarse”.

Dispuestos a salir por la puerta de atrás, oyeron la respuesta sorpresiva de aquella mujer: “Eso hay que resolverlo. Este mes necesito que te aprendas cincuenta canciones”, le dijo. Ante semejante oportunidad, y en medio de las lágrimas de gratitud y agradecimiento de su amigo, Ivette regresó a casa y se aprendió más de 100 temas en diferentes idiomas para quedarse con el puesto.

Al poco tiempo pasó a ser la voz femenina del grupo Sello Cubano, dirigido por Orlando ‘Cachaíto’ López, una leyenda de la música cubana, quien, al igual que Ibrahim Ferrer, Pío Leyva, Rubén González y Omara Portuondo, desempolvó su carrera en la madurez de la vida gracias al éxito del Buena Vista Social Club. Algo parecido ha venido pasando con Ivette, quien después de cantar en los más importantes clubes y hoteles habaneros, y de lanzar su tercer álbum titulado País, empieza a cosechar éxitos por fuera de Cuba. En noviembre de 2011, fue invitada al Centro de las Artes de Enghien Les Bains, en París, donde grabó en vivo su álbum Miracle, que rinde homenaje a la cantante francesa Edith Piaf y a Bola de Nieve, ese coloso de Cuba que tanto ha influenciado su carrera.

De La Habana para el mundo

“Nací en Santo Espíritu, en 1963, pero de niña me llevaron a La Habana, donde crecí –recuerda Ivette–. En mi familia siempre hubo algo que se alimentó de la trova tradicional, de la música de Bola de Nieve y de todo lo africano. Luego vendrían otros grandes como Sonia Silvestre, Silvio Rodríguez, y la gran Marta Valdés, a quien considero una de las compositoras más importantes de habla hispana. Siempre me he imaginado a Barbra Streisand buscando cosas nuevas que cantar y estoy segura, querida Barbra, de que es a Marta a quien estás buscando. ¿Te imaginas a Marta cantada por esa superestrella?”, bromea.

No es trovadora, sonera, jazzista ni cantante de boleros. Y lo es al mismo tiempo. Para resumir, podríamos decir que Ivette Cepeda es una cantora a secas, una intérprete que sabe cuánto beber de todas estas fuentes para lograr el sonido que busca. Aunque sus registros vocales sean amplísimos, ella, una perfeccionista incorregible, no canta nada que no transmita un mensaje. “Me aburre, no lo disfruto. Detesto los estribillos repetitivos y sé que por eso estoy condenada a no ser una cantante famosa”, dice entre risas.

Uno de los grandes méritos de su trabajo es haber tendido un puente entre los trovadores de antaño y la canción cubana contemporánea, revisitando clásicos de siempre con arreglos audaces, apartados del lugar común. Es, además, una cantante versátil que ha hecho visible la obra de compositores poco conocidos fuera de Cuba como Noel Nicola, Orlando Vistel y Roly Rivero; y muy a su manera, también nos recuerda a las grandes voces femeninas de la época dorada del bolero filin en temas como Duele de Piloto y Vera, y Sin ir más lejos, de Marta Valdés.

“El descubrimiento de Ivette Cepeda es esperanzador porque con ella está a salvo una gran tradición de cantantes cubanas a las que no pretende copiar, sino más bien reinterpretar con su propio estilo, dotado de una altísima calidad”, comenta César Pagano, periodista e investigador musical.

Para Marta Valdés, quien este año celebra 80 años de vida con plena vigencia en la música de Iberoamérica, “Fuerza y transparencia caracterizan la entrega de Ivette Cepeda. Libre de afeites, ella toma la escena y nuestro tiempo se vuelve suyo. Hoy nos toca estar atentos al arte vivo de esta intérprete, siempre portadora de interrogantes y sorpresas. Al menos para mí, la pretensión de aplicarle moldes o someterla a comparaciones se vuelve una ingratitud”.

Lo que viene

Después de su exitoso concierto en el Miami Dade County Auditorium el pasado 27 de septiembre (cantaron como invitadas especiales Albita Rodríguez, Malena Burke y Aymée Nuviola), y de agotar entradas para sus presentaciones en ‘Hoy como ayer’, reconocido club de la ‘Capital del sol’, donde además rindió un homenaje a Joaquín Sabina, Ivette Cepeda sigue promocionando su nuevo álbum titulado País, grabado hace un año entre Ciudad de Panamá y La Habana.

“Es un trabajo que quiero llevar a Colombia, donde dejé gratísimos recuerdos, y que tiene una línea muy definida: canciones nuevas de autores cubanos que viven o han vivido fuera de Cuba enfrentando circunstancias adversas, las mismas que puede enfrentar cualquier persona que esté lejos de su tierra. Es un disco con alma latina que trae salsa, guaguancó, fusión con aires colombianos, rumba, bolero y conga”.

En sus maneras y en su forma de hablar vive la cadencia y espontaneidad de una hermosa mujer caribe. Pero en la profundidad de sus ojos negros a veces asoma la nostalgia. Silenciosa, deja escapar unas lágrimas al recordar viejas amistades del magisterio. Luego confiesa: “Tengo cincuenta y un años y creo que lo mejor que he hecho en la vida es ser maestra. En la música apenas estoy comenzando y trabajo muy duro para dar todo de mí en un escenario de la misma forma en que lo hacía en un salón de clases cuando era profesora”.

Quienes hemos tenido el gusto de escucharla en vivo sabemos que exagera. Ivette es hoy más cantante que nunca. Y lo es porque en el fondo nunca ha abandonado la mística de la enseñanza, solo pasó de las aulas a los auditorios. Con su voz nos llega, ante todo, la más hermosa lección de vida.

(Tomado de Entretenimiento)