Por Gisella Ronquillo
Extraño a La Habana. Y sé que tengo que regresar –no se cómo ni cuándo ni con quién o con qué plata- porque esa ciudad ha echado sobre mí un conjuro irreversible y de consecuencias impredecibles para mi corazón.
Quiero volver a visitar los callejones empedrados de La Habana Vieja, fotografiarme con las iglesias antiguas y los vestigios de su muralla y meterme a sus portales a regatear con los comerciantes bronceados el precio de los llaveros, los imanes para refrigerador y las postales del Che Guevara.
Debo volver a caminar sobre la calle 23, tomarme un helado de sabor desconocido en el Coppelia y jugar a: quién cuenta más bustos de yeso del apóstol cubano José Martí en las esquinas.
Y necesito recorrer pausadamente el Malecón para sentir en mi rostro la brisa del mar e imaginar que nada, nada, nada, es imposible mientras las olas caribeñas me impulsen y me protejan de todo y de todos, incluso de mi misma.
Quiero, debo y necesito, sobre todo, mirar a los ojos a su gente. A los amigos que dejé allá, habaneros o “palestinos”, con los que compartía días, tardes y noches intentando rescatar el periodismo de las garras de los grupos de poder “hegemónico” y “burgués” (palabritas esotéricas que sigo sin comprender) y de nuestros propios egos de seres infalibles.
En ellos –sus ojos- hallé la transparencia y la fortaleza que solo generan el compromiso con las causas nobles (digan lo que digan las izquierdas o las derechas, o sus variantes incoherentes) y la solidaridad con sus iguales. Hallé la alegría de vivir el día a día con la certeza de que las cosas van a mejorar (aunque no sea cierto) y la paz de los que creen que hacen lo correcto.
Junto a ellos, transitando por la Habana Vieja, la 23 o el Malecón, los extranjeros descubrimos a la Cuba de verdad, no a la que nos venden esos poderes a los que se alude usando palabras esotéricas, ni la “prensa corrupta” como dice por ahí un presidente, que ha ido un par de veces a La Habana pero que no la extrañará jamás como yo…
(Tomado del blog Letra Joven)