(En colaboración con Rubén Zardoya)
El babalao José se enorgullece de la complejidad y exactitud del sistema binario utilizado en los ritos adivinatorios de Ifá:
"En Ifá es un puro cálculo matemático, no se habla de números. La computadora usa el mismo sistema binario que usamos nosotros. Porque alguna gente dice: "Nosotros usamos el mismo sistema binario que usa la computadora, el cero y el uno". No, nadie puede decir que el sistema nervioso central usa el lenguaje de la computadora. No, ¡si el sistema nervioso fue antes que la computadora, la cibernética...! El lenguaje binario del cero y el uno se usa en todas las combinaciones en Ifá, y es puro cálculo matemático. Doscientos cincuenta y seis odduns de Ifá. Cero y uno en el écuele, dos a la octava. 2 x 2= 4, cuatro son los cocos que usas. 4 x 4 = 16, el diloggún, que son dieciséis caracoles. 16 x 16 = 256. Y tú multiplicas dos a la ocho, que son las ocho ramas que tiene la cadena adivinatoria de Ifá, y te va a dar 256, que eso es un cálculo matemático, que esos negros lo sabían".
Sin perjuicio de este arte numérico, el babalao refuerza la siguiente idea: "El problema es que el diloggún tiene una expresión de números que en Ifá no se usa. [...] Nosotros no usamos números, usamos letras, que tienen de por sí un profundo cálculo matemático". La diversidad de números que entran en juego en este cálculo matemático no parece guardar relación simbólica alguna con los orichas, salvo, tal vez y de forma muy general, con Orula, poderhabiente de la sabiduría total de Ifá. Pero el asunto es un tanto más complejo y, en nuestra opinión, no abre una brecha tan grande como supone José entre los sistemas oraculares empleados por los santeros, por una parte, y los babalaos, por otra.
La utilización de un sistema numérico en el rito adivinatorio se hace más patente en el caso del oráculo del diloggún del que se sirven los santeros,
"ORÁCULO DEL CARACOL, piedra angular de nuestra religión; porque podríamos aceverar (sic.) que "DILOGGÚN" es la clave principal de esta REGLA [Regla de Ocha]; es el idioma único por excelencia a través del cual se vale el SANTERO u Obra para transmitir el mensaje de los ORISHAS, es en conclución (sic.), la única [forma] o medio de comunicación de los SANTOS, a través de los ODDUN, para hacernos llegar el mensaje esperado". (Tomado de un folleto mimeografiado a inicios de los años 90 del pasado siglo, sin indicación de autor, ciudad ni fecha de publicación.)
El "mensaje" llega gracias a la disposición ("boca arriba - boca abajo") de 16 caracoles sobre la estera, luego de ser arrojados entre rezos y acciones rituales; disposición que sólo puede ser fijada en la forma de una "pluralidad finita" (según la expresión de Aristóteles), de la cantidad limitada y determinada que llamamos número, es decir, de la enumeración.
Cada número determinado señala al oricha o a los orichas que "hablan", que escriben el mensaje, se presenta como un índice de una cualidad trascendente: el oricha. Ahora bien, con esta indicación, en el rito adivinatorio cesa toda relación numérica: la cualidad sobrenatural simbolizada absorbe el número, lo hace desvanecerse, de forma tal que, por ejemplo, los oddun 1, 2, 3 y 4 se consideran "mayores" que los 5, 7, 9 y 11 y "el más chico de los ODDUN es el 5 (OCHE)". Más que de números, pues, parece tratarse de unidades absolutas e independientes las unas de las otras, de símbolos que no pueden ser sumados, restados, multiplicados ni divididos entre sí. La relación mayor-menor, en este caso, nada tiene que ver con la aritmética. Pero, insistimos, a estas entidades simbólicas que no se constituyen, en su sustancia mítica, mediante la adición de unidades, y que sintomáticamente, como hemos visto, los santeros y los babalaos no llaman números sino letras (signos adivinatorios), se ha llegado como resultado de la enumeración, del simple procedimiento de componer un número como resultado de la conjugación de un conjunto de unidades; y este número, ajeno a toda sutileza matemática y presente en la conciencia de los religiosos como una totalidad indivisible e inconmensurable, se erige en representante plenipotenciario de una u otra deidad.
De esta manera, las deidades que expresan sus designios con el concurso de un signo adivinatorio dado -digamos, Oggún, Ochosi y Obatalá a través de Oggunda (3)- son asociadas de forma extrínseca al número correspondiente, aunque la asociación real dependerá de múltiples factores -ante todo, de las tradiciones y de la experiencia religiosa concreta- cuya consideración haría demasiado extensas estas líneas.
En esencia, la lógica bosquejada no es muy diferente de la que opera durante la utilización del oráculo del écuele por los babalaos, sólo que en este caso, la cantidad menor de 8 pedazos de coco (carapachos de jicotea, semillas labradas, etc.) que puede ser abarcada fácilmente con la mirada, se asocia en la representación de forma más directa con la cualidad, con "la diferencia que distingue la esencia", o, en otros términos, con la abstracción de la determinación cuantitativa (numérica). En uno y otro caso, se produce una enumeración y, de inmediato, el número deja de ser una "multitud de unidades", se apaga en la cualidad del oddun, de la sabiduría divina que se trasmite a seres humanos instruidos y elegidos por las deidades.
(Continuará.)