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Pedro Luis Lazo: un coloso que tocó el cielo

Pitcher cubano Pedro Luis Lazo

Pitcher cubano Pedro Luis Lazo

Rogelio A. Letusé La O
Tomado de Prensa Latina

El pasado 27 de agosto se presentó en el Parque Central de esta capital el libro "Pedro Luis Lazo: el rascacielos pinareño", del autor Juan A. Martínez de Osaba, ante una inmensa concurrencia.

En el volumen, Osaba no se detiene en la vida del astro, sino que lo toma como paradigma para llevarnos a los orígenes del deporte en Pinar del Río y transportarnos a un largo recorrido desde el atraso ancestral de ese territorio.

Así, se llega al vuelco total, ocurrido con el triunfo revolucionario de 1959, los pininos en la organización y luego la consagración del esfuerzo sostenido, que tuvo su colofón cuando la occidental provincia logró el título nacional de béisbol en 1978.

Dotado de una consistencia envidiable, el lanzador derecho, nacido en Río Feo en 1973, debutó en el campeonato de 1990-91 con el conjunto Forestales y ha logrado 253 victorias hasta la actualidad, una cota que parece inalcanzable para todos los serpentineros cubanos por un tiempo impredecible.

Siempre que veo al estelar pitcher encaramado en el montículo, pienso que si por fin se inaugura el dilatado Salón de la Fama del Béisbol Cubano, él no tendrá cabida en ese augusto recinto porque, al parecer, nunca dejará de lanzar.

Ha sido tal la consistencia de la mole de 6.4 pies de estatura, que muchos se cuestionan cuál es el secreto de tanta longevidad. A ello, el jugador dio una respuesta rotunda en la tertulia de presentación del referido texto: "Nunca dejo de entrenar".

Eso explica porqué, ya a punto de retirarse, con más de tres mil innings lanzados, no tenga ningún tipo de dolencia en su brazo.

Una de sus características distintivas es la gran concentración. Quizás sea por eso que pocos han aguantado con tanta calma, sangre fría y estoicismo espartano, las trompetillas, abucheos e improperios propalados por la bien entrenada banda del entrañable Armandito "el Tintorero" en el Estadio Latinoamericano de La Habana.

Era precisamente en esas condiciones que el coloso aguzaba su brazo al máximo, pues en 35 decisiones frente al equipo insignia de la capital- Industriales-, salió por la puerta ancha 29 veces y sólo lo derrotaron en seis oportunidades.

En cierta ocasión, un furibundo fanático de la capital quien se dolía porque los bateadores de su equipo no podían conectarle al veloz derecho, me comentó casi enfadado no comprender cómo no se le podía batear a ese hombre que parecía tirar con movimientos tan fáciles, sin realizar esfuerzo alguno, para maniatar al rival.

Un toletero industrialista me dijo tras el partido que estuvo a punto de soltar el madero, ir corriendo para el banco, y darse por ponchado después de dos strikes servidos por Lazo a más de 95 millas, que él no había visto pasar.

Finalmente, abanicó la brisa con un slider que no alcanzaba ni con tres bates. En realidad, muchas veces sus adversarios parecían invidentes que se paraban a batear para oírlo pitchear.

Amén de esa velocidad aterradora, el diestro tiene otra facultad que los fanáticos agradecen, no así los bateadores -porque los saca de paso-: la rapidez con que ejecuta un envío tras otro.

Otro punto a su favor es su habilidad para cerrar o iniciar un partido con la misma efectividad. Esa capacidad, añadida al coraje ante cualquier contingencia, ha hecho un fuera de serie a este humilde deportista.

Pese a sus buenos resultados en torneos nacionales, sus actuaciones eran seguidas al dedillo por la afición cubana cuando se trataban de justas internacionales.

En esas ocasiones se convertía en cardiólogo atinado capaz de empuñar en su brazo el corazón de 11 millones de cubanos que claman por el triunfo de su selección en desafíos cruciales y del más alto abolengo en terrenos foráneos.

En realidad, muchos de los títulos archivados por la isla en Juegos Olímpicos, Panamericanos, Campeonatos Mundiales y Copas Intercontinentales se han debido a él.

Sobre los merecimientos del libro, se me antoja urgente e imprescindible porque constituye un homenaje a todo deportista que da lo mejor en la grama y defiende su chamarreta hasta con los dientes.

Esta obra dedicada es igualmente una síntesis laudatoria a la ética de Santiago "Changa" Mederos, el coraje de José Antonio Huelga, la eterna disposición de Braudilio Vinent, la inteligencia de Jesús Guerra, o la ductilidad de Gaspar "Curro" Pérez, todos estrellas del pitcheo cubano.

Igualmente, se rinde homenaje a la bravuconería de Manuel Alarcón ante sus contrarios, la velocidad supersónica de Juan Pérez, la fuerza de voluntad de Félix Núñez y la preparación física de Lázaro de la Torre, porque Lazo está dotado de todos esos atributos.

El libro, bien escrito y de fácil lectura, profundiza en la labor de menos a más del gigantesco monstruo del box y ofrece un fiel reflejo de la fibra competitiva y humana de este múltiple campeón.