Por Sergio Viamonte
En Viñales el ritual se arraiga cada año. No hay portal que no exhiba su muñecón hecho de harapos, de lo que sobra, porque ya no sirve para nada más como no sea para la tea festiva y vecinal.
El año viejo es casi un paisano que llega y se sienta a esperar que le traigan el buche de café de la comadre, sin imaginar su destino en llamas.
A las 12 de la noche, cuando comienza a transcurrir el próximo, el año viejo es sacrificado, sumarísimamente. En la calle, en el centro de una ronda alocada y feliz, el fuego arde desde esos cuerpos de trapo, yerba y alcohol.
La familia ya ha compartido su carnita asada en sacrosanta ceremonia. El cerdo, puerco, lechón digno de cada cual, en libras y en aliño, completa el espectáculo que toda Cuba se ofrece a sí misma, bailando y cantando, despreocupadamente, como con una fe ciega en que el próximo siempre será mejor.








Fotos y Video: Claudio Peláez
(Tomado de Progreso Semanal)