
La bailarina cubana, Xiomara Reyes. FOTO: Gabriel Dávalos
En Cuba le llamamos «norte» a la banda de aire frío que llega a nuestras costas durante los tímidos inviernos. Las olas se revientan contra el Malecón; para algunos, no hay Norte que pueda con ese muro, y para otros, no hay muro que impida la realización de los sueños de conocer qué hay del otro lado. Las historias de los nortes y los muros son tan viejas como la misma nación. Algunas de ida; otras de vuelta.
Xiomara Reyes, primera bailarina del American Ballet Theatre (ABT), está de regreso; esta vez, a propósito del 23 Festival Internacional de Ballet de La Habana. Muchos cubanos no le conocíamos hasta hace un par de años cuando, visiblemente emocionada, se presentó aquí junto a las estrellas del ABT.
¿Cuál fue tu comienzo en Cuba?
Siempre viví en la calle 19 entre A y Paseo, en El Vedado. Allí preparaba bailes con mis vecinitas y se los mostrábamos a los adultos. Recuerdo que teníamos un tocadiscos. Cuando mami necesitaba mantenerme tranquila, ponía el disco de Giselle; pasaba horas bailando, imaginando el bosque y las Willis.
Como era una niña inquieta, mis padres decidieron que la danza era una buena manera de aprovechar mi energía y comencé en el psicoballet. El ambiente del teatro me fascinó y desde entonces entendí que existía un lugar real donde el mundo imaginario se convertía en realidad.
¿Tu mundo creativo encontró un camino fácil para crecer como bailarina?
No. Cuando ingresé en la Escuela Nacional de Ballet la historia se complicó. Fue un choque comprender que tenía que hacer ejercicios y fortalecer el cuerpo.
Era la última de la clase. Ese año saqué la nota más baja y consideré dejarlo todo. Con el apoyo de mis padres decidí volver a intentarlo. Mi cuerpo respondió.
Por otro lado, la realidad de nuestra época: mami que nunca amó la cocina tuvo momentos de genio preparando croquetas de pollo con galletas molidas, y col frita en salsa de soya. Con su valentía a pesar de los miedos, y papi con su pasión increíble por el estudio, pusieron semillas en mí. Luego, Laura Alonso fue quien con su pasión por la danza me inspiró a ver las posibilidades de expresión que el baile me brindaba.
¿Cómo descubriste que querías bailar y conocer el mundo con tu propia receta?
En la casa había una gran biblioteca con autores que me invitaban a soñar. Pero un pequeño libro de Richard Bach, Juan Salvador Gaviota, fue quien me invitó a volar. Siempre he sido muy espiritual y este tocó cuerdas que me hacían comprender mis impulsos: esas ganas de explorar qué hay más allá. Puse un fragmento en la pared del cuarto: «Tu cuerpo de extremo a extremo del ala no es más que tu propio pensamiento de una forma en que puedes ver. Rompe las barreras de tus pensamientos y romperás también las barreras de tu cuerpo»; le acompañaba un dibujo de Makarova, un poema de Tagore y la foto de un atardecer. Lo asumí como filosofía de vida: mi baile avanzó y muchas puertas se abrieron.
¿Hubo algún conflicto entre tus recuerdos y costumbres de Cuba y las nuevas experiencias a las que te enfrentabas?
Imagina lo que fue para una joven de 19 años dejarlo todo y aventurarse a otro mundo del que no se tiene idea: un clima muy diferente y una lengua que no dominaba. Pero uno va a donde el impulso lo lleva. Al mismo tiempo tenía muchas cosas que aprender.
El dolor apretó en el pecho. Recuerdo haber aguantado tres meses sin llorar, prohibiéndomelo; luego, no podía parar.
Con los años, después de bailar en muchos teatros, sobre todo en mi adorado Metropolitan, donde la seguridad es tan fuerte, recuerdo cuán abierta se sentía la entrada trasera del Lorca. Cuentan que alguna vez –yo no lo vi–, un gato entró en el medio de una función de Giselle y se paseó entre las Willis. El teatro tenía esa sensación de estar en otro mundo y al mismo tiempo formar parte de la Habana Vieja con todos sus personajes.
Extrañé nuestra forma de ser, tan amante de la vida y de la broma hasta en las dificultades. Hubo momentos duros, y días felices. Al tiempo que crecía profesional y personalmente, esos recuerdos, y el contacto con mi familia que vive en la isla, armaron estos pedazos de memoria que resumo con dos palabras: Cuba y yo.
¿Después de vivir tantos años en el extranjero –dieciocho años sin regresar–, te sientes una cubana diferente?
Haber vivido en tantos lugares no cambia el hecho de que nací aquí. Me siento unida por la historia y la cultura de nuestro pueblo, la intensidad del sol que nos vio crecer, el olor del mar, las experiencias que me formaron como persona y como cubana.
Me identifico con los jóvenes cubanos; pero también con un alemán anciano, o un niño árabe; más allá de las fronteras todos somos seres humanos. Inconscientemente siempre supe que somos expresiones individuales de un todo, cual partes de un rompecabezas.
En otras tierras donde se hablan lenguas que no conozco, los he visto reír y llorar como lo hago yo. Cada lugar donde caminé forma parte de mi historia; hay muchas más cosas que nos unen que las que nos separan.
¿Ir a bailar a una gran compañía extranjera de danza es la única opción de realización profesional?
Para mí significó mi realización; pero quién soy yo para decir que la única opción es viajar. La respuesta está en lo que tu corazón te pida, en tu formación, en tus propósitos personales. En mi caso fue ir y descubrir. Para otros fue, es y será quedarse en el lugar que los vio nacer. No puedo decir que esta sea la ruta, cuando hay miles de caminos; esa es la belleza de estar vivos.
¿Crees que hubieras podido realizarte profesionalmente aquí, a pesar de las limitaciones económicas de las que no escapan el ballet y los bailarines cubanos?
Creo que en Cuba algunos tienden a esconderse detrás de las limitaciones, como justificación a la imposibilidad de realizar sus sueños. Puede sonar fuerte, pero la vida me ha enseñado que cuando uno tiene la valentía de mantener el empeño para lograr sus metas y se impone a los obstáculos, poquito a poquito se abre el camino.
La verdad es que mi vida no es perfecta; pero si hay algo que agradezco a Dios es que siempre he tenido mis sueños en la mirilla y las veces en que no he podido realizarlos es porque mis propias limitaciones han ganado la batalla. Eso sucede así en Cuba, en Estados Unidos y en cualquier parte del mundo.
(Tomado de La Calle del Medio)

La bailarina cubana, Xiomara Reyes. FOTO: Gabriel Dávalos

La bailarina cubana, Xiomara Reyes. FOTO: Gabriel Dávalos

La bailarina cubana, Xiomara Reyes. FOTO: Gabriel Dávalos