Por Javier Montenegro Naranjo, estudiante de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana
Después de subir al Turquino, a nadie le molestó caminar unos kilómetros más en busca de unas pocetas conocidas por su belleza. Siguiendo las indicaciones de los trabajadores del campismo nos lanzamos en su búsqueda. Un valle de piedras formado por la corriente del río se abría paso entre dos montañas, y nosotros junto a él. Después de algunos metros y curvas solo veíamos laderas.
Algunas casas desparramadas por las montañas y fugaces animales que aparecían entre la vegetación eran la única variación en el paisaje. Mientras avanzamos el agua comenzó a crear pequeños riachuelos que hacían un poco más difícil el trayecto; a nuestra derecha surgió una primera poceta absolutamente cristalina, presagio de lo que veríamos luego. Algunos querían detenerse allí, pero el grueso del grupo deseaba continuar.
Otro lugar de gran belleza y profundidad provocó la misma discusión; pero este sí consiguió atrapar a algunos bañistas. Las piedras del camino y el temor a la noche provocaron nuevas discusiones porque nuestro supuesto guía no podía asegurar cuánto faltaba. Por suerte, un campesino de la zona tomó las riendas y nos llevó hasta el lugar. Casi todos se lanzaron al agua, algo incomprensible pues evitaron todo el camino mojarse los pies en los pequeños arroyitos. Las piedras del lugar tenían múltiples colores y si alguien nadaba bajo el agua, podía apreciarse cada movimiento que realizaba; las caídas de agua provocaban una espuma blanquísima y proporcionaban unos deliciosos hidromasajes.
Con otro compañero me adentré en el Río Turquino, uno de los afluentes del río La Mula, en el Parque Nacional Turquino, en plena Sierra Maestra. Fui saltando entre piedras y evitando el agua (por la cámara fotográfica). Solo pude bañarme diez minutos, pues la noche ya daba indicios de su llegada; pero, ¿a quién le importa? Al menos para mí era más importante atrapar estos espacios de la naturaleza.









