"Son muchos países dentro de un gran país", es una impresión recurrente que no me abandona en este tránsito por Argentina.
Es fácil enamorarse al recorrer estos pagos: de la gente -que en sentido general nos aman a los cubanos-, del paisaje urbano y rural, de la multipluralidad cultural donde el tango, el mate, el asado y el fútbol son solo una parte de muchos sentimientos identitarios.
Pero desgraciadamente también brotan lágrimas. Por ejemplo, suelo vagar asombrado durante todo el día por el gran Buenos Aires. Es una urbe muy fotogénica. Sin embargo atiborra la publicidad. La contaminación visual es fuerte y se cuela a donde enfoco.
Es un fastuoso mundo de carteles, lumínicos y gigantrografías donde todo es risa y felicidad armada con photoshop. Mas, al margen, en el "paraíso" de la realidad, habitan seres que no caben en esas escenas. Son constantemente aplastados.
"¿No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida?", se interroga Mafalda que me la encuentro debajo de la inmensidad de la ciudad, en uno de los túneles del subte (el metro), cuando regreso a casa.










