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Nuestras manos

Nada se parece más a nuestro corazón que una mano suavemente cerrada en forma de puño. De los alucinantes días infantiles vienen los recuerdos de un criollo contador de historias, quien nos pedía cerrar las manos para seguidamente afirmar con aires de galeno: «Así, del tamaño de tu mano cerrada, es el tamaño de tu corazón…».

Lo cierto es que las manos delatan la naturaleza de sus dueños. Por eso han inspirado a poetas, narradores, pintores -desde el renacentista Alberto Durero con su homenaje trascendental a dos manos marcadas por el esfuerzo; hasta el contemporáneo y querido Guayasamín, para quien esas regiones del cuerpo tenían vida propia-.

En esta Isla ellas suelen ser grandes, tibias, prestas para tenderse al otro, para dar, para amar, para hacer sombras chinescas a los niños, para acercar un sorbo de café salvador, para acariciar a un niño, para hacerlas revolotear y así anunciar al mundo el modo desbordado con que solemos conducirnos los cubanos.

Pocas veces miramos las manos en el discreto discurrir de los días. Es más fácil disfrutarlas, por ejemplo, en gestos sublimes; digamos en los brazos de una bailarina sobre las tablas. Pero ellas pueden ser mapas deslumbrantes de la existencia si de pronto reparamos en cómo se posan sobre los soportes de un ómnibus, allí donde se entremezclan los universos humanos y el viaje sumerge a todos en una suerte de hibernación, de extrañeza mientras las pieles ajenas se tocan por instantes y los destinos más diversos comparten, aunque en ruta breve, igual suerte.

Los ómnibus, metáforas del país en tanto islas móviles que llevan todos nuestros apuros y esperanzas, obran el milagro de la convergencia no imaginada: es allí donde se unen manos de todos los colores, credos, herejías, obsesiones, pasiones, verdades y sueños. Manos que son como corazones abiertos.

Nuestras manos

Nuestras manos

Nuestras manos

Nuestras manos

Nuestras manos

Nuestras manos

Nuestras manos

Nuestras manos

Nuestras manos