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Perros habaneros

El perro callejero cubano bien pudo ser el prototipo empleado por Walt Disney para desempeñar el protagónico masculino de La dama y el vagabundo; más que perro, el tipo es ligero y astuto como un lince; se las sabe todas. Es amante hasta las últimas consecuencias… se conoce de animales que han trepado paredes para satisfacer a la perra de sus sueños. Es el que hace maromas para agenciarse de un pedazo de pan, el que sabe dónde cobijarse cuando llueve, el que se dispone a robarle el frío a las estrellas para ganarle una noche más al calor… Ese es el perro que usted ve muy dispuesto, gallardo, por las calles de La Habana. Ahora bien, ¿cómo se llama?

Mientras que los nombres de niñas y niños se hacen en Cuba cada vez más complejos e impronunciables, las mascotas, en especial, los perros, reciben nombres de persona. Lejos están los tiempos en que los falderos se llamaban Pluto, León, Lobo… A nadie llama ya la atención de que respondan por Dalí, Frida, Loipa, Mateo, Lucas, Samuel, Bruno o Tanya. Una destacada escritora cubana se remontó a Sófocles y a Eurípides y llamó Electra a su salchicha. No queda atrás el cronista. Tuvo un perro que murió de viejo, viejísimo —19 años— que no solo tenía nombre, sino también apellido, José Cemí, como el protagonista de Paradiso, la célebre novela de Lezama Lima, y tiene ahora un gato que responde por Aparicio; una madrugada entró en la casa sin que nadie lo invitara y lo hizo para quedarse.

Cemí fue un perro recogido en la calle o, más exactamente, en un basurero y, como Aparicio, ganó el premio gordo de su nueva vida. Perro sin raza, mestizo, como se dice ahora, que va siendo ya toda una excepción en lo que a mascotas se refiere. De un tiempo a esta parte los perros “finos” se pusieron de moda, aunque a veces no sean legítimos del todo. En los años 70 el boom del pastor alemán fue el preludio. Llegaron así los lebreles afganos y el pachón inglés y el braco francés para caer en el doberman, el chow-chow y el galgo siberiano. Familias hay en La Habana que invierten una pequeña fortuna en perros como esos, sin tener en cuenta que ninguno es más fiel y cariñoso que el sato.

El afamado poeta Miguel Barnet, autor de Biografía de un cimarrón, es el feliz dueño de trece perros chihuahuas, descendientes casi todos de un ejemplar que fue campeón de su raza en un certamen en la República Dominicana. El notable pintor Arturo Montoto llegó a duplicar esa cantidad. Por humanidad dio en su casa atención y cobijo a 26 perros, mestizos en su mayoría, convencido como estaba de que cuanto más indefensa se halla una criatura, más derecho tiene a que el hombre la proteja de la crueldad del hombre. Nadie supera en esto a la poetisa Dulce María Loynaz, Premio Miguel de Cervantes. La autora de Jardín mantuvo sin ayuda de nadie un asilo canino en su finca La Misericordia, en las afueras de La Habana, y calladamente creó un paraíso para los perros callejeros.

Desconoce el cronista si se trata de una celebración universal, pero el 10 de abril es el día del perro. Así lo anuncia la Asociación Cubana para la Protección de Animales y Plantas. Todo el año debe ser, sin embargo, el día del perro, del propio y del ajeno y de ese que anda por ahí abandonado a su suerte. No basta con proporcionarles un techo y el alimento suficiente. También es importante hacerles sentir que son queridos, que se les toma en cuenta. Captan y comparten nuestros estados de ánimo y entienden todo lo que les decimos. Y son capaces de respondernos y de decirnos lo que quieren. Preste, si no, atención a los ladridos y gruñidos de su mascota. Nunca son iguales. Hay uno para cada ocasión. No son ellos culpables de que, lerdos como somos, no siempre los entendamos.

Algo más. El perro callejero habanero es políglota. Hábleles en cualquier idioma y verá.