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Cuba en Santo Domingo 2026: El oro tiene nombre de mujer

El aire fresco mecía la vegetación del Mirador del Sur aquella mañana del 25 de julio, cuando Santo Domingo despertaba aún con los ecos de una ceremonia de apertura que, pese a lo insólito de su formato, logró conmover a los presentes. La capital dominicana se sacudía la rutina para abrazar los Juegos del Centenario, y en ese escenario un puñado de personas se congregó temprano para presenciar el primer pulso por las medallas: la contrarreloj femenina del ciclismo centroamericano y caribeño.

La prensa cubana, como siempre, miraba hacia la nuestra. Hacia Marlies Mejías. Y ella no defraudó. La pedalista artemiseña firmó una actuación memorable, conquistando la primera medalla de oro para la delegación de la Isla. Emocionada, confesó después que sintió “un poquito de presión” por abrir el medallero. Tres vueltas al circuito: paciencia en la primera, estrategia en la segunda, todo a fondo en la tercera. “Intenté mantener la calma en la primera vuelta para llegar más fuerte a la tercera y no desesperarme en los últimos cinco kilómetros”, explicó. No sería su único metal: cerró con dos títulos y un subtítulo en el omnium, alcanzando su décimo cetro desde Veracruz 2014.

Ese oro tuvo un sabor agridulce. El escenario era el mismo donde, años atrás, perdió la vida su mecánico. “Volver aquí donde pasaron cosas duras es difícil”, admitió con la entereza que distingue a los grandes. “Espero que él nos vea y sepa que pudimos sobreponernos”. No hubo más palabras. No hicieron falta.

Esa medalla fue el primer ladrillo de un muro que las mujeres cubanas levantarían durante los días siguientes. La delegación femenina —226 atletas de un total de 507— se convirtió en protagonista indiscutible de la justa. Los números hablan: 25 títulos individuales y tres en pruebas mixtas. Cifras que adquieren mayor dimensión cuando se recuerda el contexto: las serias dificultades que enfrenta el país, de las que el deporte no escapa, sobre todo en entrenamientos, implementos, alimentación y topes internacionales.

Las que abrieron camino

Marlies Mejías abrió la puerta. Y detrás de ella, otras mujeres fueron cruzando el umbral.

Natalie Morales llegó desde el remo con una verdad: “Muy pocos saben los sacrificios que hemos hecho para llegar hasta aquí”. La remera celebró el oro junto a su compañera tras imponerse a México en la final. No fue un arranque perfecto —los primeros 500 metros no fluyeron al ritmo esperado—, pero supieron levantarlo. “Luego fuimos levantando y salió la victoria sin grandes problemas”, afirmó. El remo cubano, además, amplió su cosecha con una plata en los Cuatro Pares de Remos Cortos, donde Rayma Ortiz, Ana Jiménez, la propia Morales y Loraidis Echevarría firmaron un tiempo de 7:11.81 en una final de infarto.

Desde el tatami, Dali Sentmanat apareció con apenas 19 años para recordar que el futuro ya está aquí. En los 52 kg del judo resolvió el combate final con una autoridad impropia de su edad. Se preparó al cien por ciento desde junio, llegó con la firme convicción de llevarse el oro y conocía al dedillo las estrategias de sus rivales. Las estudió. Las desactivó. Sin aspavientos. Sin estridencias. Un combate que duró lo que ella quiso que durara.

El colchón de la lucha femenina, quizás el más brillante de todos los deportes, se vistió con cuatro oros de los seis posibles. Greili Bencosme en los 50 kg, Laura Herin en los 53, Yaynelis Sanz en los 57 y Milaimys de la Caridad Marín en los 76 subieron a lo más alto del podio, mientras María Santana sumaba un bronce en los 62 para completar una actuación que rozó la perfección.

Laura Herin se convirtió en la única luchadora cubana que repite título en estas justas, tras su victoria en San Salvador 2023. Enfrente tuvo a la venezolana Alexa Álvarez en una final que arrancó cerrada (4-3 en el primer período), pero que en el segundo tiempo se despegó sin contemplaciones.

Dedicó la presea a su entrenadora, a su familia y a sus compañeras: “Hacer las cosas como siempre, gracias a Dios, agradecerle mucho a mi familia, a mis compañeras, a toda Cuba, a mi pareja”, declaró. Su oro tuvo un valor añadido: fue la medalla número 1950 que obtiene Cuba en toda la historia de los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

La fuerza de las campeonas

Arlettys Acosta, desde el taekwondo, sumó su tercera corona centroamericana desde Barranquilla 2018. Pero esta fue distinta. “La más trabajada”, confesó agotada, emocionada, casi sin aliento: “No sé ni lo que estoy hablando. Estoy súper cansada”. Reconoció que su rival era joven, con calidad, “una de las mejores del área a nivel mundial”. Sin embargo, Acosta, con su experiencia y oficio —ese que solo dan los años y las batallas— encontró la fórmula para imponerse en un combate que se le fue haciendo cuesta arriba, pero que terminó inclinándose de su lado.

Taymara Oropesa, en el bádminton, tuvo que remar contra la corriente. Un primer set adverso. Una rival desconocida. “Nunca me había topado con ella en eventos internacionales. Creo que tiene muy buen nivel”, explicó. En esos casos, la cabeza juega más que la raqueta. El primer set fue para observar, estudiar y descifrar el código. “El segundo y el tercero fueron a morirme y a darlo todo para ganarla”. Así, sin más. Y llegó el oro, después de una remontada que habla más de carácter que de técnica.

Desde la canoa, Yarisleidys Cirilo, la fenomenal deportista de Guantánamo, aportó tres oros a la cosecha. Tres pruebas, tres oros. Sin discusión.

En el boxeo, Dayira Mesa se coronó en los 70 kg, derrotando por decisión dividida a la puertorriqueña Stephanie Piñeiro en una final cerrada y emocionante que mantuvo en vilo al público hasta el último asalto. La hazaña de Mesa, quién había cambiado el florete por los guantes, constituyó el primer título centroamericano de una boxeadora cubana en un deporte que apenas comienza a dar sus primeros pasos.

Y en el atletismo, la pista del hermoso Estadio Olímpico Félix Sánchez fue un hervidero de victorias. Dailys Cooper se llevó dos títulos en 800 y 1500 metros, estableciendo además récord centroamericano. Yanisleidis Ochoa, “la polaca”, se colgó dos oros en 5000 m y 3000 obstáculos, más una plata en 1500. La abanderada Leyanis Pérez, con el peso de portar la bandera en la ceremonia inaugural, respondió con un triple salto que ganó sin mayores sobresaltos. Aslin Quiala se impuso en la pértiga y Silinda Morales en el disco.

El broche de oro de la comitiva antillana lo puso Marifélix Sarría, la cienfueguera subcampeona mundial del envión, cerrando la participación cubana con un cetro que supo a redención, tras lo ocurrido en San Salvador 2023.

La fuerza de lo colectivo

No todo fue individual. Los deportes colectivos ofrecieron lecciones de juego y de vida que merecen un capítulo aparte. El balonmano femenino dio una cátedra de cómo se juega cuando el equipo es más que la suma de sus partes. Las antillanas llegaron a la final tras vencer a Puerto Rico en una batalla no menos emocionante, cerrando las semifinales con un ajustado triunfo que las colocó frente al anfitrión, República Dominicana. Meses atrás, en ese mismo escenario durante la Copa del Caribe, ambos conjuntos habían dividido victorias, pero las quisqueyanas se habían alzado con el título en una final cerrada. Esta vez, el guion fue radicalmente distinto.

El ensordecedor estruendo de las vuvuzelas que colmó el coliseo del Parque del Este fue apagándose gradualmente con la exhibición cubana. Las dirigidas por Jorge Coll pasaron por encima de las dominicanas con una abultada pizarra de 35-17. Las locales lograron resistir en el primer tiempo —se fueron al descanso abajo por un digerible 8-12—, pero el complemento resultó un paseo cubano. Apoyadas en una defensa hermética por el centro, que propició pérdidas constantes en el ataque rival, las cubanas desataron transiciones relampagueantes. El parcial de la segunda mitad fue aplastante: 23 goles para Cuba por apenas nueve de las anfitrionas. Una goleada en toda regla. Una declaración de principios.

El hockey sobre césped femenino, por su parte, ofreció otra historia de superación. La veteranía de muchas de sus jugadoras, las serias dificultades en la preparación y el nulo fogueo internacional desde San Salvador 2023 —dos años sin competir contra rivales de nivel— no fueron obstáculo. El equipo avanzó a la disputa del cetro tras derrotar 6-0 a Venezuela, con dos tantos de Cheila Darias y Yuraima Vera, y uno per cápita de Yulitza Martínez y Yolaine Tamayo. Enfrente estaban las mexicanas, campeonas anteriores, un equipo con rodaje y confianza. El partido se definió en una emocionante lotería de penales, y ahí la portera cubana se agigantó, parando todo entre los tres palos. No fue casualidad: reflejos entrenados, pero también corazón. Mucho corazón.

El voleibol femenino, en cambio, no pudo sonreír en la sala. Las cubanas dijeron adiós a sus aspiraciones al ser superadas en semifinales por Colombia, un golpe duro para un equipo que siempre ha sido potencia en la región. Sin embargo, en la modalidad de playa, la dupla de Kailin Garrido y Maykelin Cardona llegó a la final tras vencer a las mexicanas que las habían superado en el circuito Norceca. Esta vez fueron demasiado para las aztecas, imponiéndose en el tie break con un contundente 15-7.

La memoria de los récords

Hay cifras que invitan a la reflexión. La medalla de oro 1950 de la historia de Cuba en Juegos Centroamericanos y del Caribe, conseguida por Laura Herin, no es un número menor. Es el testimonio de décadas de sacrificio, de una escuela deportiva que ha sabido mantenerse a flote en medio de tormentas que hundirían a cualquier otro proyecto. 1950 títulos. Casi dos mil veces que un atleta cubano ha subido a un podio en esta región.  Tras Santo Domingo 2026, Cuba acumula 1970, quedándose a solo 30 primeros lugares para alcanzar ese hito. Detrás de cada una de ellas hay una historia, un entrenador, una familia, un sueño.

Pero también hay cifras que invitan a la reflexión. El deporte no vive solo de épica. Vive también de planificación, de inversión, de condiciones. Y las nuestras, en Santo Domingo, demostraron que pueden ganar. Pero también demostraron que lo hacen con una mochila más pesada que la de sus rivales. Eso no les resta mérito. Al contrario. Lo agiganta.

Ellas fueron la columna vertebral de la delegación cubana. Ellas pusieron los números. Ellas dieron las alegrías más grandes. Y lo hicieron con una naturalidad que a veces oculta el esfuerzo titánico que hay detrás.

Son producto del esfuerzo, de la tradición, de una escuela deportiva que, pese a todo, sigue formando atletas de alto nivel. Pero también son producto de la resiliencia, esa palabra tan usada y tan cierta cuando se habla de Cuba.

Estos Juegos dejaron algo más que medallas. Dejaron la certeza de que, a pesar de las dificultades, el deporte femenino cubano sigue siendo una potencia regional. No solo por la cantidad de oros, sino por la calidad de las actuaciones, por la forma en que se ganaron, por la solidez mostrada en momentos de presión, por la capacidad de sobreponerse a la adversidad.

Cuando el último himno se apagó y las banderas se guardaron, quedó la sensación de que algo importante había ocurrido. No solo por las medallas, sino por lo que representan. En un país donde las dificultades son muchas, estas mujeres demostraron que el esfuerzo —individual y colectivo— puede poner a Cuba en lo más alto.

El oro, en estos Juegos del Centenario, tuvo nombre de mujer. Y no es un título menor. Es el reconocimiento a una generación que, pese a todo, sigue creyendo que vale la pena competir. Que vale la pena ganar. Que vale la pena representar a un país, que sigue siendo su razón de ser.