
El sol es fuente de luz para todo nuestro sistema planetario. Es fundamental para la vida en la Tierra, entre otros factores, porque proporciona energía para la fotosíntesis en las plantas, ayuda a regular nuestros ciclos circadianos y contribuye además a la producción de vitamina D en el hombre y otros vertebrados.
La utilización de la luz solar con fines terapéuticos tiene una larga historia, que se remonta a civilizaciones antiguas como la egipcia, la griega y la romana. Se sabe que los egipcios utilizaban baños de sol para tratar diversas enfermedades y los griegos promovían actividades al aire libre para fortalecer el cuerpo y la mente.
Hipócrates de Cos, considerado el "Padre de la Medicina", reconocía la importancia del sol para la salud. En su práctica recomendaba la exposición moderada a la luz solar para tratar ciertas enfermedades y promover el bienestar general. Por otra parte, Ibn Sina (latinizado como Avicena), famoso médico persa de la Edad de Oro del Islam, mencionó en su obra “El Canon de Medicina” el uso terapéutico del sol, destacando su utilidad en el tratamiento de afecciones cutáneas y otras dolencias.
A fines del siglo XIX el médico danés Niels Ryberg Finsen, Premio Nobel de Medicina en 1903, fue pionero en el uso de la luz ultravioleta para tratar el lupus vulgar y otras enfermedades dermatológicas. Por otro lado, Augusto Rollier (1874-1954) fue un médico suizo conocido por promover la exposición a la luz solar directa para combatir la tuberculosis ósea y otras afecciones crónicas. Este médico, en una era preantibiótica, estableció clínicas en los Alpes donde los pacientes recibían tratamientos basados en la exposición controlada al sol y aire puro.
El término helioterapia en la actualidad hace referencia a un método que utiliza la luz solar para mejorar la salud o tratar diversas enfermedades. Se basa en la exposición controlada a la radiación solar, aprovechando sus efectos positivos sobre el organismo. Como se precisa, dicha exposición debe ser controlada ya que su empleo también puede implicar efectos negativos, sobre todo cuando no se toman determinadas precauciones.
Dentro de los beneficios que nos proporciona la exposición a la luz del sol están:
- Producción de vitamina D: Quizás sea el mejor documentado de todos los beneficios. La vitamina D es fundamental para la salud ósea, ya que facilita la absorción del calcio y fósforo.
- Mejora del sistema inmunológico: De forma general se plantea que exponerse al sol activa mecanismos que fortalecen las defensas del cuerpo, lo cual redunda en una mayor resistencia frente a agentes infecciosos.
- Favorece la recuperación de lesiones en la piel: En enfermedades dermatológicas como psoriasis, dermatitis, eczemas y vitiligo, la radiación solar contribuye a reducir la inflamación, a acelerar la regeneración o recuperar la pigmentación de la piel, según corresponda.
- Mejora del estado anímico: Al favorecer la producción de melatonina, la exposición a la luz solar ayuda a combatir la depresión y el estrés. De hecho, el trastorno afectivo estacional propio de altas latitudes donde en invierno es muy escasa la luz solar, se relaciona con la baja secreción de melatonina debido a la pobre radiación del sol durante esa época del año.
- Regula los ritmos circadianos: La exposición al sol contribuye a regular los ciclos de sueño y vigilia, mejorando la calidad del descanso y favoreciendo en general una mejor salud mental.
- Disminuye los niveles de bilirrubina en el neonato: En recién nacidos con ictericia neonatal, la exposición al sol resulta una opción terapéutica comúnmente utilizada en el tratamiento de esta enfermedad.
Existen diferentes métodos para aprovecharse de la luz solar en función de la salud. La exposición directa al sol es quizás la forma más común, basada en sesiones breves y graduales al sol, preferiblemente en horarios donde la radiación no sea muy intensa como son temprano en la mañana o cerca del atardecer. Por otro lado, están los baños de sol controlados, que se aplican en sesiones estructuradas sobre todo en instituciones especializadas. Además, se han desarrollado equipos y dispositivos emisores de luz, ya sea similar a la solar o con solo una parte de su espectro, los cuales son empleados necesariamente en escenarios clínicos o centros dedicados al turismo de bienestar y de calidad de vida.
Por supuesto, la exposición descontrolada al sol tiene efectos negativos en nuestra salud. Primero hay que considerar las quemaduras solares, sobre todo cuando no se utiliza protección o la persona se expone por tiempo prolongado. Más a largo plazo están el envejecimiento prematuro de la piel y varios tipos de neoplasias como melanoma, carcinoma basocelular y espinocelular. Finalmente, la radiación solar sin protección puede dañar los ojos, aumentando el riesgo de cataratas y otras enfermedades oculares.
Por supuesto, hay que tener en cuenta un tema ecológico que incide negativamente en el modo en que nos afecta el sol y este es la capa de ozono. Su afectación por el hombre ha favorecido una mayor incidencia de radiación ultravioleta en la superficie terrestre. Aunque se han adoptado medidas a escala global y se considera que se ha venido revirtiendo este daño, todavía se necesitan décadas para la recuperación total de la ozonosfera.
Para que el sol nos resulte beneficioso, se recomienda limitar el tiempo de exposición según tipo de piel y condiciones climáticas, usar protector solar adecuado, evitar las horas de radiación solar intensa (generalmente entre nueve o diez de la mañana y las cuatro de la tarde) y proteger los ojos con gafas de sol. Si la exposición a la luz solar se realiza con el objetivo de tratar una enfermedad específica, siempre debe consultarse con un médico para orientar adecuadamente acerca de cómo proceder.
Aunque quizás en estos tiempos el sol y el calor pueden resultar excesivos en la isla tropical donde vivimos, siempre es necesario recordar que sin la radiación solar no hubiese vida en nuestro planeta. También es bueno conocer que un poco de sol, sin excesos, puede ser de ayuda para cuidarnos la salud… ¡desde lo natural!