
Caricatura: Acelo Ruiz Villanueva/ Threads.
Desde 1959, cuando la política exterior de Cuba daba un giro de 180 grados, como todo en el país, sus relaciones exteriores se consolidaban como una expresión fehaciente del paradigma revolucionario cubano; y ninguna relación pareció afectarse más que aquella mantenida hasta entonces por los gobiernos de turno de la república cubana mediatizada con la que durante años había sido verdadera capital: Washington.
Durante las décadas que siguieron a los primeros intercambios de Washington con la dirección de la nueva República, nacida el 1ro de enero, aún antes de la declaración del carácter socialista de la Revolución en 1961, las relaciones de Cuba con Estados Unidos se caracterizaron por un deterioro sostenido, con hitos trascendentales directamente vinculados a la política de hostilidad de las administraciones yankis (republicanas y demócratas) con respecto a la Isla, a propósito de lo que las élites estadounidenses consideran que debíamos o no hacer con nuestro propio país.
La retórica de odio, demonización, xenofobia, misoginia, racismo y egocentrismo —tan característica de la ideología imperialista estadounidense, hecha para el despojo y la opresión— siempre ha sido respaldo de esta política de agresividad contra el pueblo de Cuba y sus instituciones. No es de extrañar que hoy este discurso se consolide como uno de los mecanismos sistemáticamente utilizados para justificar todo tipo de presiones económicas, campañas mediáticas de chantaje y difamación y, sí, amenazas de agresión militar también.
Sin embargo, actualmente una agresión militar de Estados Unidos a Cuba sería una apuesta realmente arriesgada y costosa para Washington. Ellos tienen mucho más que perder. Y nosotros tenemos mucho más que defender y ganar.
De realmente optar por tales medidas, ya sea que Washington considere el bloqueo militar, la invasión o el golpe limitado, y aun cuando no renuncien a su tradición de subversión, hostigamiento y el desgaste sistemático, estarían dando un mensaje muy claro al mundo: “estamos desesperados debido a nuestros fracasos en todos los demás conflictos en los que estamos involucrados, y a la pésima imagen de nuestra administración actual, así que vamos a desquitarnos con el vecino infeliz, que es chiquito y pobre, y que se lo está buscando hace rato”.
Ciertamente los militaristas del Pentágono y sus mil y una agencias de “inteligencia” son los que más parecen tener algo que demostrarse a sí mismos, y al mundo. Pero sería un curso de acción de lo más desafortunado.
Estados Unidos: país fracturado, endeudado, sumido en una crisis multidimensional profunda, desmoralizado e infame a los ojos de la comunidad internacional debido a su política sostenida de gendarmería, de bullying, de asesinato y patrocinio de asesinos; un país controlado por élites asquerosamente adineradas, enajenadas de toda realidad y directamente vinculadas con escándalos de corrupción, pedofilia, tráfico de personas, neo-esclavitud, y terrorismo domestico e internacional; un país perdedor de todas las guerras y agresiones directas en las que se ha aventurado, incluida la incursión en Playa Girón: conocida como la primera gran derrota del imperialismo yanki en América Latina; ese país fracasó en Vietnam, en Afganistán, en Irán… y no obtendrá nada de una agresión militar a Cuba que no sea arrepentimiento, reproches y muerte.
En estos días vuelven a estar en juego lo que Martí sintetizó en el Manifiesto de Montecristi (1895), de un lado “el rencor ofensivo de una minoría de amos caída de sus privilegios” y del otro, los que luchamos y estamos dispuestos a caer “por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.
Pues si el día llega, habrá que decir de nuevo que, porque la obligan, “Cuba [Socialista y Pacífica] vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno”. Y los efectivos yankis en tierra, los pilotos de drones en sus cubículos, y sus generales bien guardados en sus bunkers, no tardarán en constatar que desde el 10 de octubre de 1868 y como quedó por escrito en Guáimaro, los cubanos no dudaremos en volver a declararnos ciudadanos soldados de la República de Cuba en Armas.