
Marco Rubio, secretario de Estado de Trump. Foto: AFP.
Hay una palabra en inglés que cada vez usamos más los hispanohablantes, y no es casualidad. Describe algo que demasiada gente —sobre todo mujeres— han vivido en carne propia. Gaslighting. La táctica del abusador que te hace dudar de tu propia realidad. Que niega lo que estás viendo con tus propios ojos. Que te convence de que estás loca cuando señalas el daño. Que termina, encima, culpándote a ti de la violencia que él mismo ejerce.
Y no, el gaslighting no se queda en la pareja. Cambian los actores, cambia la escala, pero el mecanismo es idéntico: provocar el daño, negar que existe, y convencer a la víctima de que ella tiene la culpa de su propio sufrimiento.
Ese mismo patrón se ha convertido en política de Estado contra más de diez millones de cubanas y cubanos, estemos donde estemos: en la Isla, en Miami, en Madrid. Y el agresor tiene nombre y apellido: Marco Rubio.
Vamos por partes. Así funciona el gaslighting en una relación de pareja: el hombre construye, a propósito, un entorno de dependencia y vulnerabilidad para la mujer. Controla el dinero. Le va cerrando el círculo social hasta aislarla. La desacredita frente a su familia y sus amigos, para que cuando ella pida ayuda, nadie termine de creerle la gravedad de lo que está pasando.
Y luego viene lo peor: reescribir la realidad. Niega lo que hizo. Minimiza el daño. Le dice que exagera, que lo recuerda mal, que todo lo hace por su bien. Poco a poco la mujer empieza a dudar de sus propios logros, de su criterio, hasta de su memoria. Porque el objetivo del gaslighting nunca es que la víctima le crea al agresor. Es que deje de creer en sí misma.
Yo solo intento ayudarte. Si he actuado así, es porque tú no me has dejado otra opción. Fueron tus decisiones las que nos trajeron hasta aquí. Ese es siempre el cierre del cuento: la culpa la tienes tú. El agresor no solo ejerce la violencia, consigue algo peor: que ella termine sintiéndose responsable de esa violencia, y convencida de que él es el único que puede sacarla de ahí.
Ahora llevemos esto a lo nuestro. Washington sostiene, desde hace más de sesenta años, el bloqueo más largo de la historia moderna contra un país pequeño. No es una política improvisada: está escrita, admitida, documentada, con un objetivo explícito. En el memorándum Lester Mallory de 1960 —que cualquiera puede buscar— se plantea, con esas palabras, provocar “hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno cubano a través del empobrecimiento deliberado de su población”.
En los últimos años esa presión ha alcanzado niveles criminales. La administración Trump metió a Cuba, dos veces, en la lista de países patrocinadores del terrorismo, una designación que espanta a cualquier posible inversor y le cierra la puerta a Cuba en cualquier banco del mundo.
Ya desde su primer mandato había sumado más de 240 medidas de bloqueo —Biden después mantuvo intactas—, y en este segundo mandato la “máxima presión” incluye, desde enero, un bloqueo energético total, con amenazas directas a cualquier empresa que se atreva a hacer negocios con la Isla. Le están apagando la luz a Cuba. Literal.
¿Y qué dice Marco Rubio cuando aquí no hay electricidad, ni agua, ni transporte porque no hay combustible; cuando los hospitales se las ven negras para conseguir un medicamento? Dice que la culpa es del Gobierno cubano. Que nuestro sistema no funciona. Que el bloqueo no existe. Que todo es “mala administración”, “marxismo”, “los Castro”.
Pero el daño no termina ahí. Como cualquier abusador, no basta con ejercer la violencia: también hay que controlar el relato. Y para eso, año tras año, el gobierno de Estados Unidos destina decenas de millones de dólares del dinero de sus contribuyentes a programas dirigidos específicamente a Cuba, a construir el relato que ellos quieren y necesitan sobre Cuba. Son cifras públicas —no opiniones— aprobadas por el propio gobierno estadounidense.
Porque el primer paso para doblegar a una víctima es convencerla de que siempre estuvo equivocada. Eso es machismo de Estado. Eso es gaslighting geopolítico.
Rubio lo ha dicho con todas las letras: las sanciones se levantarán cuando Cuba haga lo que Washington exige. Eso no es diplomacia. Es lo que hace el machista en su casa: chantaje disfrazado de condición razonable.
La mecánica es siempre la misma: primero te asfixia. Después niega que te esté asfixiando. Luego te culpa a ti por no poder respirar. Y cuando ya casi no te sostienes en pie, se presenta como el único que puede salvarte, siempre y cuando hagas exactamente lo que él diga. No es una salida de tono ni cosa de un solo hombre: es la forma en que Estados Unidos entiende el poder, y lleva décadas aplicándola como política exterior: primero castiga, después promete aliviar el castigo si el otro se rinde a sus condiciones.
El abusador nunca se presenta como tu enemigo, sino como el único capaz de salvarte. Te hago daño porque te quiero. Te controlo porque te cuido. El día que aprendas a comportarte, todo va a estar bien. Esa es la gramática del patriarcado, y Rubio la domina perfectamente, solo que en vez de una mujer, la víctima es un pueblo entero.
Y ahí hay algo particularmente sucio: esta lógica, aplicada a escala, no solo desgasta el cuerpo y la psiquis de la gente con los apagones, la falta de agua, la escasez. También va por la memoria colectiva, por la manera en que nombramos lo que nos está pasando. Porque no basta con castigar a un pueblo, hace falta convencerlo de que se lo merece.
Y si además controlas los medios, los algoritmos, los titulares, controlas el relato completo: que Cuba sufre solo por culpa de su Gobierno, que el bloqueo es un invento, que las sanciones son “medidas legítimas”, y que cualquiera que señale la responsabilidad de Estados Unidos es un propagandista o, peor todavía para cierto Miami, un comunista.
No estoy diciendo que el Gobierno cubano no tenga lo suyo, sus responsabilidades. Las tiene, y aquí lo discutimos entre nosotros con toda la franqueza que el tema merece. Pero una cosa no borra la otra. La pregunta no es si tenemos defectos. Es que, aun teniéndolos, no merecemos que nos asfixien por ellos.
Lo que hace Rubio con su retórica de “libertad” y sus sanciones de castigo colectivo es exactamente lo que hace cualquier abusador cuando lo señalan: niega, desvía, culpa. Convierte al agresor en víctima y a la víctima en culpable. Se presenta como salvador mientras tiene las manos puestas sobre el cuello de quien dice proteger.
Quienes estudian el gaslighting coinciden en algo: el primer paso para resistirlo es nombrarlo. Y eso es lo que tenemos que hacer entre nosotros. No porque al nombrarlo vaya a desaparecer, sino porque le impide al agresor alcanzar su mayor victoria: que más de diez millones de cubanas y cubanos terminemos viendo el mundo con sus ojos y repitiendo su relato.
No está en nuestras manos decidir cuándo se acaba el bloqueo. Pero sí impedir que también nos bloqueen la conciencia. Que no nos convenzan de avergonzarnos de nuestra historia, de lo que hemos construido, de nuestra identidad, de nuestro patriotismo. Que el agresor termine decidiendo quiénes somos.
Porque todo sistema de dominación quiere mucho más que un territorio. Quiere la conciencia. Y mientras un pueblo conserve la suya, nunca habrá sido derrotado del todo.
(Tomado de Diario Red)