
La clasificación de Argentina e Inglaterra a una nueva semifinal mundialista alcanzó para reactivar una discusión que en nuestro país desborda cualquier análisis deportivo. Maradona, Malvinas, los excombatientes, México 86, Palestina y el colonialismo reaparecieron en una conversación pública atravesada por las contradicciones de un Mundial profundamente politizado y por un escenario internacional donde se profundizan las guerras, el sufrimiento de los pueblos y las disputas por los recursos estratégicos.
La selección argentina expresa una construcción cultural que excede a sus jugadores, a la Asociación del Fútbol Argentino y al gobierno de turno, porque se formó durante décadas en los clubes de barrio, los potreros, las escuelas públicas, las organizaciones sociales y las familias que hicieron del fútbol una de las experiencias colectivas más persistentes de nuestra historia.
Argentina llega al encuentro en un momento donde la direccionalidad del Estado avanza hacia una subordinación integral a Estados Unidos, el Reino Unido e Israel, acompañada por la entrega de capacidades soberanas, recursos estratégicos e instrumentos de política exterior. Frente a esa orientación, la sociedad conserva referencias nacionales y populares construidas alrededor de Malvinas, la integración latinoamericana, el rechazo al colonialismo y la solidaridad con los pueblos sometidos.
El enfrentamiento con Inglaterra explicita una disputa entre bloques de poder que atraviesa al país y coloca en primer plano la distancia entre el programa de coloniaje 4.0 administrado desde el gobierno -alineado al bloque opresor- y una memoria popular que todavía reconoce la soberanía nacional como parte de su identidad.
El fútbol argentino nunca permaneció separado de la política porque se desarrolló dentro de las mismas instituciones donde se formaron los vínculos comunitarios, las identidades barriales y las primeras experiencias de organización de millones de trabajadores y trabajadoras. Los clubes fueron espacios deportivos, culturales y sociales; los potreros construyeron un lenguaje común entre generaciones; las victorias de la Selección ofrecieron alegrías colectivas en medio de crisis económicas, dictaduras, endeudamiento, desempleo y pérdida de derechos.
Esa capacidad para reunir a una sociedad golpeada por sufrimientos cotidianos explica buena parte de su potencia política y también la necesidad de disputar el sentido de sus símbolos, en lugar de regalarlos a quienes pretenden separar las referencias populares de las luchas históricas que las hicieron posibles.
Maradona condensó esa relación de una forma irrepetible. Los goles contra Inglaterra en 1986 ingresaron en la memoria nacional cuatro años después de una guerra conducida por una dictadura genocida, que utilizó una causa legítima para intentar prolongar su permanencia en el poder y dejó 649 argentinos muertos. Aquella victoria permitió que el pueblo recuperara simbólicamente una causa que las Fuerzas Armadas habían intentado apropiarse y que el colonialismo británico seguía negando.
Diego extendió posteriormente esa posición hacia Cuba, Venezuela y Palestina, inscribiendo su figura dentro de una tradición latinoamericana donde las luchas nacionales se articulan con las resistencias de otros pueblos. El recuerdo de 1986 mantiene su vigencia porque la ocupación iniciada en 1833 continúa y porque los intereses materiales que la sostienen adquirieron una importancia renovada.
Durante las últimas décadas, el Atlántico Sur se convirtió en una pieza estratégica de la reorganización mundial del capitalismo por su riqueza pesquera e hidrocarburífera, su proyección hacia la Antártida y su ubicación sobre corredores marítimos que conectan los océanos Atlántico y Pacífico. La ocupación británica funciona hoy como plataforma militar, energética y logística, respaldada por una arquitectura empresarial donde convergen capitales del Reino Unido e Israel.
En diciembre de 2025, la británica Rockhopper Exploration y la israelí Navitas Petroleum adoptaron la decisión final de inversión para explotar el yacimiento Sea Lion, ubicado al norte de las islas. Navitas posee el 65 por ciento del proyecto, calcula reservas comprobadas y probables por 216 millones de barriles equivalentes de petróleo y proyecta iniciar la producción en 2028.
Sea Lion muestra el funcionamiento concreto del colonialismo contemporáneo. La ocupación militar garantiza la apropiación de recursos, las corporaciones convierten el despojo en un proyecto de inversión internacional y el capital financiero aporta los mecanismos necesarios para asegurar su rentabilidad futura.
El desarrollo contempla una primera fase de alrededor de 170 millones de barriles, una inversión superior a los 2.000 millones de dólares y un esquema de regalías e impuestos destinado a fortalecer la administración británica de las islas, mientras la Argentina queda excluida de la explotación de recursos pertenecientes a su plataforma continental.
El tránsito del patrullero HMS Medway durante los primeros días de julio agregó una imagen precisa de esa relación de fuerzas. La Armada Argentina detectó al buque de guerra británico, asignado de manera permanente al dispositivo militar desplegado en Malvinas, mientras se dirigía hacia el estrecho de Magallanes y Punta Arenas.
Fuentes oficiales argentinas afirmaron que la nave atravesó aguas bajo jurisdicción nacional sin comunicación previa; el Reino Unido sostuvo que había informado su recorrido por los canales correspondientes. La respuesta gubernamental quedó reducida a evaluar un reclamo diplomático, mientras el episodio volvía a exponer la militarización británica del Atlántico Sur y el deterioro de las capacidades argentinas para controlar de manera efectiva sus espacios marítimos.
Estos hechos aportan a la comprensión de una nueva fase del capitalismo financiero-digital (Aguilera, 2023), donde los grandes conglomerados tecnológicos, fondos de inversión, corporaciones energéticas, plataformas de datos y complejos militares articulan una escala de acumulación que atraviesa las fronteras nacionales y subsume a los Estados dentro de sus cadenas de valorización.
El coloniaje 4.0 conserva bases militares y territorios ocupados, mientras incorpora endeudamiento, infraestructura digital, inteligencia artificial, control logístico, apropiación energética y captura de las capacidades regulatorias estatales. La dependencia se organiza mediante gobiernos dispuestos a orientar la política pública según las necesidades de ese entramado de poder mundial.
El programa de Milei constituye la expresión local más acabada de esa transformación. La subordinación a Washington, Londres y Tel Aviv integra la política exterior con un proyecto económico de primarización, financierización y apertura de los bienes comunes al capital global.
El Estado mantiene una intervención activa, aunque modifica radicalmente su dirección: destruye derechos, ingresos y capacidades de protección a las mayorías, mientras ofrece garantías jurídicas, recursos naturales, infraestructura y respaldo diplomático a los sectores que conducen la nueva etapa de acumulación. El viaje presidencial a Israel, la defensa del gobierno de Benjamin Netanyahu durante el genocidio contra el pueblo palestino y la voluntad de incorporar a la Argentina a la arquitectura estratégica promovida por Estados Unidos e Israel forman parte de esa redefinición.
La consolidación de un bloque histórico requiere, además del control del Estado, la construcción de una dirección política, intelectual y moral sobre la sociedad. Allí adquiere centralidad la batalla por la cultura, la memoria y los símbolos populares.
La naturalización de la presencia británica en Malvinas, la presentación de Israel como socio inevitable, la reducción de la soberanía a una consigna antigua y la conversión de los recursos naturales en simples oportunidades de negocios buscan producir una sensibilidad compatible con la subordinación. La historia argentina, sin embargo, dejó una reserva cultural cuya apropiación continúa abierta y que el partido frente a Inglaterra vuelve a movilizar.
Esa reserva tampoco constituye una garantía automática para las fuerzas populares. La memoria nacional debe ser traducida a un mundo radicalmente transformado, donde el poder económico opera desde estructuras financieras y tecnológicas capaces de condicionar simultáneamente a numerosos Estados.
La reconstrucción de una fuerza política y social exige comprender esa nueva arquitectura sin abandonar el bagaje histórico que permitió organizar comunidad, enfrentar derrotas y sostener proyectos colectivos. Malvinas mantiene su centralidad dentro de una disputa más amplia que incluye Palestina, los recursos estratégicos, la soberanía tecnológica, la integración regional y el derecho de los pueblos a decidir su destino.
Argentina e Inglaterra jugarán en un terreno construido por la industria mundial del espectáculo, atravesado por intereses económicos y geopolíticos, pero también sobre una cancha que millones de argentinos y argentinas sienten propia porque el fútbol continúa enraizado en un tejido social que se resiste a desaparecer.
Una victoria deportiva no modificará por sí misma la correlación de fuerzas ni recuperará los territorios ocupados, aunque puede fortalecer una experiencia compartida y recordar que la sociedad argentina conserva capacidades de organización moral que su gobierno no representa. En una época que convierte a los pueblos en mercados, usuarios, deudores y datos, la posibilidad de reconocerse en un nosotrxs, disputar una alegría y robarle una victoria a quienes explotan sus territorios mantiene una potencia política que ningún bloque dominante debería subestimar.