
Foto: Cubadebate.
En este aniversario del Ministerio del Interior recordemos que, aunque algunos dicen que los Órganos de la Seguridad del Estado nacieron para defender a la Revolución, en realidad fueron creados, de conjunto con los Órganos del Orden Interior, para cuidar algo aún más grande: la vida de todos los cubanos.
Porque las bombas no preguntan por el color político de sus víctimas, ni los terroristas piden el carné del partido antes de tirotear la costa desde una lancha rápida, y tampoco los mosquitos de la epidemia de dengue hemorrágico de 1981 distinguieron entre hijos de revolucionarios o contrarrevolucionarios cuando segaron la vida de 101 niños y 57 adultos. Esa verdad sencilla, dolorosa y luminosa a la vez, es la mejor clave para comprender el significado de la Seguridad del Estado.
Para ella, como en la mejor medicina, lo más importante es la prevención. Se puede juzgar terroristas y enfrentar bandidos, se pueden mostrar pruebas y pronunciar condenas; pero la verdadera grandeza del G‑2, llamado así con cariño por el pueblo y con miedo por sus enemigos, está en ese territorio invisible de lo que no llegó a pasar.
Nunca sabremos cuántos funerales no se celebraron, cuántas familias no vistieron de luto, cuántas fábricas no quedaron reducidas a cenizas, cuántos niños siguieron jugando en los parques gracias a un dato a tiempo, a una información trasladada a riesgo de la vida, a una penetración paciente que desmontó una bomba antes de que apareciera en los titulares.
La historia oficial recoge las grandes cifras (más de seiscientos atentados planeados contra Fidel, innumerables planes contra otros dirigentes y contra objetivos civiles), pero no puede recoger todas las vidas concretas que se salvaron porque el enemigo no logró sorprendernos.
El G‑2 no es solo una sigla, es la suma de miles de historias mínimas donde alguien alertó, alguien se infiltró, alguien arriesgó su vida para que el resto pudiéramos seguir viviendo la nuestra como si nada. Lo que no ocurrió gracias a ellos, pesa más que cualquier listado de actos consumados.
“Amado”
La historia de Francisco Castillo López, con el seudónimo “Amado”, parece salida de una novela. Sucedió en los días más duros de la lucha contra el terrorismo mercenario. Comenzó a colaborar con los Órganos de la Seguridad del Estado a los 18 años, en 1961, y penetró con resultados relevantes varias organizaciones, tan contrarrevolucionarias como agresivas, destacándose el Movimiento 30 de Noviembre, el Ejército de Liberación Nacional, el Directorio Revolucionario Estudiantil, la Unión Nacional de Integración Revolucionaria y el llamado Gobierno Interno de Liberación Anticomunista.
En 1962, sus jefes en esta última organización (conocida también como GILA) prepararon un plan que revelaba la catadura moral de su odio: colocar una bomba en los palcos de los carnavales de Tunas de Zaza, Sancti Spíritus.
Esos festejos no eran un asunto de ideología, mucho menos un objetivo militar: se trataba de familias divirtiéndose, de jóvenes bailando al son de una orquesta, de un pueblo celebrando. “Amado” logró convencer a los cabecillas de que él era el indicado para ejecutar aquel despiadado acto, pero, por supuesto, no colocó explosivo alguno.
Quizás nunca sepamos cuántas vidas exactas salvó con esa decisión, pero sí sabemos lo esencial: si la bomba hubiera llegado a estallar, hoy hablaríamos de muertos, de mutilados, de una comunidad marcada para siempre por la sangre, de una efeméride triste. En cambio, gracias a un agente joven, silencioso y valiente, lo que quedó en la memoria de Tunas de Zaza fue un carnaval más.
“Bala”
Otro rostro: Desidero Castellanos Alcurnia. Seudónimo: “Bala”. Era un campesino capaz de moverse con naturalidad en el entorno donde operaban la banda de Oliverio “Chano” Ibáñez y las de los hermanos Blas y Benjamín “Pangüín” Tardío.
En julio de 1961, gracias a la información proporcionada por “Bala”, se conoció el plan de Blas Tardío de emboscar y atacar los camiones que transportarían a más de seis mil becados de la Escuela Formadora de Maestros de Topes de Collantes cuando estos salieran de pase. Seis mil adolescentes, muchachos y muchachas que volvían a casa cargados de sueños, podían haberse convertido en blanco de una masacre indiscriminada.
El plan fue frustrado: los camiones fueron escoltados por un batallón de milicianos y la emboscada no logró materializarse. La valentía de los bandidos no alcanzó para tanto.
Los jóvenes llegaron a sus hogares, compartieron anécdotas, tal vez se quejaron de la demora por la espera a que llegara la escolta militar; sin saber que, gracias a un agente campesino y a unos milicianos en alerta, ese día ocurrió solo eso, un viaje demorado de regreso.
“El Arrepentido”
También en los montes del Escambray, otro agente, conocido por su seudónimo, “El Arrepentido”, se infiltró en las redes del cabecilla de bandidos Jesús del Real Hernández, “Realito”. En determinado momento, el agente supo de un plan con funestos propósitos: el asesinato del campesino Rafael Díaz y su esposa Coralia Hernández, residentes en la zona de Cuatro Vientos.
“El Arrepentido” informó del inminente envío de cinco bandidos a la casa de este matrimonio de revolucionarios por parte de Realito, lo que permitió organizar una emboscada y evitar el crimen; no solo se salvaron sus vidas, sino que fueron capturados los asesinos.
“Ernesto”
El G-2 no se limita a impedir asesinatos o atentados terroristas; también protege la economía, que es, al final, la fuente de nuestro pan diario. Harlen Olegario Valdés Pérez, “Ernesto” para la Seguridad del Estado, comenzó desde los 18 años a penetrar organizaciones contrarrevolucionarias, incluyendo la anteriormente mencionada GILA.
En 1967, su trabajo permitió impedir la completa paralización de la Fábrica de Leche Condensada “Río Zaza”, en Sancti Spíritus. Los contrarrevolucionarios solo lograron quemar un motor y causar atrasos en la producción, pero no detener el suministro de un alimento clave para miles de niños y familias. Como ejemplo del sacrificio silencioso que estos hombres y mujeres asumen, “Ernesto” fue condenado a prisión por sabotaje junto a los otros implicados, manteniendo, incluso desde la cárcel, su vínculo con la defensa de todos.
Su historia recuerda otra dimensión de la Seguridad del Estado: la de quienes aceptan cargar públicamente con una culpa que no les pertenece, para no descubrir una operación, para no poner en riesgo a otros agentes, para poder seguir protegiendo desde las sombras a un pueblo que quizá, por desconocer la verdad, despreciará sus nombres.
Un homenaje desde la gratitud
Este aniversario del Ministerio del Interior no es solo una fecha en el calendario institucional; es, o debería ser, un día de gratitud nacional. Gratitud por lo que se hizo, por lo que se hace, pero sobre todo por lo que no se ha permitido que nos hagan.
El pueblo bautizó cariñosamente como G‑2 a un cuerpo profesional que ha sabido combinar rigor, preparación, sacrificio y, sobre todo, una profunda identificación con la gente a la que protege. Sus enemigos, dentro y fuera de Cuba, le temen precisamente porque saben de su eficacia, de su capacidad para desmontar planes, desnudar mentiras y demostrar, una y otra vez, que la Isla no está sola frente al odio.
En nombre de los niños que no murieron en un carnaval, de los seis mil becados que llegaron sanos a su casa, de las familias campesinas que no fueron asesinadas en sus hogares, de los obreros que no perdieron su fábrica, de todos esos que para recuerdos tienen fotos y no cicatrices, este texto quiere decir algo sencillo y merecido: gracias.
Gracias a los Cinco y a los muchos; gracias a “Amado”, “Bala”, “El Arrepentido”, “Ernesto”; gracias a los analistas, investigadores, oficiales, agentes, colaboradores; gracias a tantos otros desconocidos, hombres y mujeres, cubanos y extranjeros, jóvenes y viejos, que eligieron y eligen vivir en silencio para que Cuba pueda seguir viviendo en voz alta.
A todos ustedes, gracias.